En uno de los garitos sonaba Nothing else matters de Metallica, uno de nuestros temas preferidos. Sin decirle nada, por intentar sorprenderla, me las apañé para que me trajesen una guitarra el día posterior, para tocar y cantarle tan eternamente genial tema, uno de los que por siempre le pertenecerán en mis recuerdos. Desde el 28 de abril de 2001, cada vez que escucho dicha canción, más aún si voy pedo, suelo decir: Esa es la canción que canté y toqué el día de mi boda. Recuerdos bonitos.
Con cada segundo desaparecía parte de mi ayer en el gélido glacial de aquellas noches. Sin embargo mi amor se encendía y se acrecentaba. De mi sucia alma enfermiza, de mis antiguas inseguridades y dudas, de mi incapacidad para amar puramente, ¿qué se había hecho? Me costaba concebir un amor para siempre, hasta la rendición, hasta la muerte, pero dentro de mí lo sentía. Nos gusta dejarnos seducir por ensueños, más aún si son tan bellos como el que se me ofrecía. Con total carencia de matices, sin puntos intermedios, sólo con blancos y negros, con graves y agudos, como siempre, con todo o nada, me lanzaba de nuevo en pos del amor, en aras de la ausencia de condicionantes prohibitivos. Todo lo que giraba a mi alrededor, no sólo lo que giraba por el enorme mareo borrachuzo, repito, todo lo que giraba a mi alrededor eran señales inconfundibles de que Mery y yo teníamos una ligazón espiritual mágica. Se nos había concebido dentro de una burbuja ajena al hombre, unidos por un cordón umbilical por el que nos comunicábamos y alimentábamos de amor. Y nadamos en el líquido amniótico de la felicidad durante siglos enteros antes de caer a la tierra. En la caída nos perdimos el uno del otro y llevábamos siglos vagando y como único destino y objetivo volver a estar juntos. Las dos mitades del ser andrógino se habían reencontrado y podían volverse a unir con valor prometeíco hasta el fin de los días de los hombres y de la madre Gaia. Fuese cierto o no obligué a mi alma a aceptarlo y a creerlo, aún a contracorriente, y a sentirlo como tal. Ella también obligó a su alma. No recuerdo más hasta la resaca al despertar el día de la boda…
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