Con estas, intentando sobrellevar las jornadas laborales de la mejor manera posible, el todopoderoso Rolex nos giró las manecillas para aproximar el verano. En los tres meses que sucedieron desde la boda al advenimiento de las nuevas holidays, si no fallan mis cálculos, me vi con Mery unas cinco veces, todas menos una en su provincia. La sensación de soledad desoladora era inconsecuente con mis principios vitales, pero la sentía horriblemente. Las esperas para poder compartir unos días eran terribles, ordinarias, asesinas, violadoras. Me faltaba como nunca me faltó nadie. Y eso que, como os comenté antes, las veces diarias que gracias a la línea móvil de directivo nos permitíamos hablar eran muchas. Excesivas, generalmente. Muchas veces, las que más, por el simple hecho de sentir la voz amada por el pequeño altavoz ensordecedor de orejas (normalmente de la oreja derecha que a veces hasta me escocía). Hora y media o dos horas diarias de charla en total. Otras muchas veces las llamadas servían de control. Sobre todo cuando uno de los dos, bueno, o los dos, anduvíamos de copeteo. Lo poco bueno, aparte de recibir el calor, aunque desde gran lejanía, era el favorecer el diálogo entre nosotros y el darnos cuenta de que siempre teníamos tema para hablar. Lo más importante en una pareja debe ser el diálogo. Qué lástima que, en cuanto perdíamos la racionalidad, el entendimiento entre nosotros desaparecía fulminado por el ardor irracional y la rabia de nuestras propias frustraciones.
Apareció para estar conmigo diez días en los previos a exámenes. La metí en el nido familiar, no era una extraña, era mi esposa. Mis padres llegaron a adorarla, suele pasar, incluso por delante de mí. Mientras yo trabajaba lo mínimo posible, peleando con la burocracia y escaqueándome con el objetivo de estar con ella, ella hacía compañía a mi madre, incluso iban juntas de compras. Mery ha sido para mi madre la hija que nunca tuvo, aunque encontrada algo mayorcita ya. Con diferencias, pero lo que es ahora su nieta Meritxell (¿casualidad el parecido de los nombres?). Congenió de manera admirable en casa, a pesar de que mis padres también tienen sus cosillas, sus manías, sus costumbres. Pero no con ella. Transmitía paz al nido familiar. Incluso con mi cuñada Nerea hizo buenas migas, a pesar de las patentes diferencias socioculturales que, saltaba a la vista, había entre ellas…
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