11 Abril 2008

Capítulo 46 – Madrugones y sinsentidos - 3ª parte (…pues, estuve ahí y vi lo que hiciste: lo vi con mis propios ojos…)


Principio de las mentiras, exageraciones y el “todo vale”
Los buenos comerciales conjugan un punto intermedio entre instinto y técnica, entre psicología y teórica, entre garra y servicio. Los malos comerciales no. Dentro de las grandes cagadas de sus visitas, cada vez van empeorando la situación, quedándose con un esquema repetitivo y mierdoso en el que no queda lugar para el análisis y la solución porque sus auto-excusas borran cualquier alternativa de posible mejoría.

Pero como las visitas pasan y los contratos no llegan, en un momento determinado de una visita a un cliente “comprador” (ese que te grita sin palabras que va a comprarte), sin notar las señales que éste envía gesticularmente, y animándose la escenita con un cliente dicharachero (porque hay quien quiere comprar y quien no sabe cerrar), empiezan las primeras mentiras, exageraciones y llega una compra. ¡Coño, qué he vendido! El mal comercial atribuye a la trola la compra, por lo que en cada visita se empieza a crecer más con ellas, a aprendérselas de memoria, a magnificarlas, a dar mayor importancia a las falsedades que a la verdad. En esa espiral tramposa el cliente pasa de ser un ser al que respetar, atender y asesorar lo mejor que se pueda, a un enemigo al que vencer al precio que sea… Ya nada importa más que arrastrar una mano inerte hacia un folio auto-copia de contrato. La victoria es una transacción comercial, y por esa patética comisión muchos son capaces de timar, literalmente, a un cliente.

Podría relataros miles de anécdotas relacionadas con esas mentiras y que los comerciales, tan acostumbrados a ellas, han soltado en mi presencia cuando he realizado acompañamientos, pero eso ya sería rizar el rizo de unos fragmentos de capítulo que pueden llegar a ser harto aburridos…
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8 Abril 2008

Capítulo 46 – Madrugones y sinsentidos - 2ª parte (…he visto tu rostro antes, amigo mío, pero no sé si sabes quién soy…)


Y en estas empezaron a llegar los comerciales. No eran demasiados, un grupito de seis o siete, la mayoría de ellos extranjeros, y no se podía decir que irradiasen motivación por los poros de su piel, ni que tuviesen una imagen adecuada para el negocio. Más que una oficina comercial aquello parecía una convención de lerdos. Mis augurios no eran positivos que dijéramos. No sabía si sentirme bien porque sabía a ciencia cierta que era superior con diferencia a todos ellos o ponerme a llorar porque había poco futuro… ¿Por qué demonios una empresa americana invertía en aquel proyecto con este personal tan chungo? ¿O es qué yo lo veía todo tan negro porque no tenía ni putas ganas de empezar de nuevo de cero? Aunque realmente me lo merecía, por haber sido tan cabestro con la pasta y haberme arruinado de tan malas maneras…

Pero estaba criticando al tristísimo equipo comercial, ¿no? Durante mis años de experiencia como comercial, y posteriormente como directivo, había visto docenas de personas sin aptitudes que iban vagando de una empresa a otra sin servir para ninguna. Al haber tanta demanda de vendedores en tantos sectores, siempre cabe la posibilidad de que una persona negada pueda ir rotando y saltando de empresa en empresa durante un periodo casi indefinido de tiempo, sin tener que pasar por las penurias del paro, aunque cobrando sólo los misérrimos sueldos fijos. Apto esto para personas sin demasiadas aspiraciones, claro. Pero van sobreviviendo hasta que alguien se da cuenta de los escasos resultados, les cita en un despacho y, con las mejores palabras que puede, les despide sin más. Vuelta a casa a encender el ordenador (o al cyber o a casa de un amigo si no se dispone) y nuevamente a iniciar el proceso de visitas en Infojobs y demás, unos cuantos envíos de currículums, unas entrevistas y de nuevo a la rueda…
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7 Abril 2008

Capítulo 46 – Madrugones y sinsentidos - 1ª parte (…si me dijeras que te estabas ahogando no te echaría una mano…)



Primer día de trabajo, y lejos de estar feliz y contento como sería lógico, padecía cierto amargamiento, cierta desgana. En parte por tener madrugar, en parte por el malestar de meterme en un tren durante un huevo de rato y en parte por la caminata de diez minutos que me esperaba para rematar la faena. Nunca había cogido el tren para ir a trabajar y nunca había caminado para ello. Pero mi jodida economía estaba tan raquítica que no me podía ni plantear el hecho de meterme en el coche, porque no tenía pasta con qué llenarle el depósito. Y, seguramente, con los atascos de hora punta para entrar en Barcelona, tardaría mucho más tiempo en llegar. Lo de los atascos me lo intentaba creer yo mismo para aliviar un poco más la mala hostia que todo eso me producía. El ser humano es un ser de costumbres, de rutinas, y mi rutina no era, para nada, la de venderme de esas malas maneras. Que yo tuviera que trabajar y madrugar era tanta putada como que el pobre Phil Collins se haya quedado sordo. Las heridas que no se muestran siguen creciendo en silencio, todo el mundo lo sabe. ¡Joder, cómo me tocaba los huevos tener que volverme a poner el puto traje!

Llegué a la oficina fatigado del paseíto. Me esperaba el director, Antonio. Este era conocido de Albert, y en una quedada de negocios le comentó que necesitaba a alguien con experiencia para ayudarle a dirigir el proyecto. Albert me había llamado y me dijo que tenía un trabajo para mí y que ya me podía espabilar y pillarlo, tal y como estaba mi situación. El tal Antonio era pequeñajo y feo, muy feo, hijadeputamente feo, y se iba jactando de saberlo todo sobre ventas y de la cantidad de empresas importantes para las que había trabajado. En seguida la intuición me avisó, estaba delante de un gran gilipollas: si has trabajado en tantos sitios es porque te han despedido de casi todos por no conseguir los objetivos marcados, ¿qué coño de moto me quieres vender, tío? ¿Cómo coño van a caer contratos contigo dirigiendo…?
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