3 Junio 2008

Capítulo 50 – Bye, bye, Alexandra – 6ª parte (…habla, dime qué piensas, dime qué te pasa, yo quiero escuchar tu voz…)


Y es que vivir una relación tiene múltiples parecidos con vivir en una dictadura. Se tiene que obedecer de forma ciega lo instaurado porque no hay valor suficiente para intentar romper el sistema por uno mismo, y esa misma frustración nos hace defender ciegamente el régimen para no sentirnos mal con nuestro propio ego. Añadiendo el factor “costumbre”, que nos impiden cambios que puedan ser importantes en nuestra rutina cotidiana. Somos animales de hábitos, necesitamos una cierta seguridad, aunque no sea satisfactoria, aunque de tanto en tanto tengamos que salir de casa a encontrar lo que compense nuestras carencias, aunque vivamos en una mentira, aunque hagamos que los demás vivan en una mentira, aunque alimentemos la mentira haciendo que ésta pase a ser esencia propia. Y cuando hay que plantar la cara, nos acojonamos, puta moral cristiana, y apretamos fuerte el culito para no cagarnos encima, y nos decimos en nuestros sucios adentros que nos sabe mal hacer daño a nuestra pareja. Lo que nos sabe mal es ser tan egoístas por sentir que no nos importan los demás como creemos que nosotros les importamos, y por ello aún somos más ingratos, viviendo dobles vidas y mentiras. La vida es un inmenso barrizal lleno de charcos de mierda en los que vamos saltando y salpicando a los demás, mientras los demás esparcen sus lodazales en nuestras narices, boñigas líquidas salpicadas, esparcidas, y todo apesta a heces putrefactas, como hiede nuestro interior malévolo en tantas ocasiones.

Y como no quería que mis aledaños se viciasen del mal olor de mis excrementos psíquicos y que ello me estropease el fabuloso sexto ron de la jornada, me armé de valor, me apreté el cinturón un agujero más para que las pelotas estuvieran mejor cogidas y me dispuse al ataque. ¿Cómo? Pues como un gilipollas puede desarrollar una situación de este tipo, buscando el conflicto facilón, esbozándolo según respondiese mi oponente y proyectándolo a la enésima potencia de la irracionalidad. Que San Cacique Cola me asista…
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31 Mayo 2008

Capítulo 50 – Bye, bye, Alexandra – 5ª parte (…no abres la boca ni para decirme qué te conviene, dime, ¿qué piensas?…)


Ya estaba hasta los cojones de andar por casa, por lo que no me esperé a que Alexandra pasase a recogerme. Mi hermano pequeño se estaba arreglando para pirarse y le dije que me acercase a Mollet. Vale. Llamé a Angelito, estaba medio adormilado, tirado en su enorme cama. Ahora me paso. Saqué de un cajón un collar y una pulsera que a mi hermano le gustaban mucho y se los intenté vender. Te doy sesenta si me das también tus Levi´s blancos, que nunca te los pones. Un par de camisas que ya no me gustaban fueron añadidas al pack y le levanté cien eurazos. Una sonrisa tatuada de dos billetes de cincuenta euros es tan bonita como la sonrisa de un niño con Playstation nueva.

En aquel momento cien euros eran todo un tesoro para mí. Y eso que hasta antes de mi ruina no era capaz de salir a la calle con menos de trescientos en el bolsillo. Pensé que no me lo podía gastar todo, que no era lógico, que la semana que viene tocaba volver a trabajar, a comprar tarjeta para mis viajes en transporte público, comprar tabaco, poderme tomar alguna cervecilla al salir del trabajo sin tener que buscar la invitación fácil y sin tener que pedir el favor, tomarme algún café cuando el sueño después de comer un bocata en un parque me atacase. Bien mirado, para poco daban los cien euracos, pero en comparación con cero eran infinitamente más. El universo se expande por cien euros y se retrae con cero…
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21 Mayo 2008

Capítulo 50 – Bye, bye, Alexandra – 4ª parte (…¿por qué no lloras? Parece que no entiendes nada…)


Ocho y media de la mañana. El día anterior ya había decidido tajantemente que no iría a trabajar, pero por si acaso me lo recordé antes de cabrearme por haberme quedado dormido. Ah, claro, no puse el despertador por eso.

Aún dándole vueltas a mi encuentro onírico con Lou Reed me arrastré descalzo hasta el comedor. Apenas entraba claridad a través de las rendijas de las enormes persianas y a pesar del doble vidrio (que refugiaba al hogar del ruido de una autovía cercana y del Circuito de Montmeló, que no veas el ruidaco que pegan los coches o las motos de competi a un kilómetro de distancia) unos leves tintineos de gotas me informaban que fuera aún diluviaba. La fiebre me estaba dando unas molestas collejas y casi tiré la base del inalámbrico. Marqué el número y llamé a Antonio…

- Antonio… sí, sé que aún es pronto… sí… pero es que… sí… no, hombre, no, Antonio… es que con la lluvia de ayer me he puesto enfermo… sí… ¿pero tú no viste la que cayó?… Antonio, coño, que no me estoy pegando ningún rollo, que estoy a treinta y nueve de fiebre de verdad… Sí, ya sé lo del movimiento, lo sé, pero ¿qué quieres qué haga? Ayer llovía un huevo, me empapé y me he resfriado y no voy a salir hoy, haciendo un día tan malo como el de ayer… Antonio, joder, estoy enfermo y no puedo hacer nada, espero ponerme bien para el lunes… Nos vemos la semana que viene… ¡Un saludo!

¿Un saludo? Una piedra al cuello le hubiera puesto al maldito hijoputa. Imagino que suponéis la parte de conversación chorra y omitida del personajillo, ¿no? Hale, al lío.
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17 Mayo 2008

Capítulo 50 – Bye, bye, Alexandra – 3ª parte (…y que sepa llorar cuando todo esto cambie…)


Si a alguien se le ha venido a la mente la palabra “ruin” que se la borre inmediatamente o que la cambie por “justiciero”, porque está claro que no era justo que aquel retrasado ocupase un puesto que yo merecía claramente, más cuando él pensaba utilizarme en su beneficio y yo sólo pretendía largarlo de allá sin mayores males. Él no tendría grandes problemas, ya estaba harto acostumbrado a las labores de dirigir nuevos equipos comerciales de nuevas compañías cada tres por cuatro doce y a los procesos seleccionadores. Aunque quede mal decirlo, el futuro de aquella guía telefónica estaba en mis manos y no me podía andar con remilgos dada mi apurada situación económica. Visto desde fuera o analizado desde mi actual momento, perfectamente podía haber dimitido de un cargo aún no saboreado, pero cuando vamos por la vida con los ojos entornados sólo advertimos lo inmediatamente próximo, lo que abarcan los brazos. Y mi debilidad y cobardía me agujereaban con miles de alfileres para que los centros del dolor chivasen al hipotálamo que la opción truculenta pero efectiva de despachar a un jefe más que mediocre y menos que válido era dictamen natural, lógico y necesario.

Junto a mis generales engalonados desplegamos un enorme plano sucio y arrugado, de puntas roídas, sobre la mesa. Movimos varias figuritas por encima, planteando las posibilidades estratégicas y decidimos cómo hacerlo, cuál era el camino certero hacia la victoria. La maniobra táctica era muy sencilla, si firmaba algo no lo iba a pasar, lo iba a guardar el máximo de tiempo posible para que las cosas se desencadenasen a mi favor. Aún sufriría el síndrome de la puerta fría, pero el placer de forzar el despido del Antoñito por falta de ventas salivaba en mi boca, hasta se me caía la baba. Dos días con mis compañeros de trabajo ya me eran suficiente como para ver que no eran realmente comerciales, sino mierdecillas que habían acabado de vendedores y vendedoras. Tenía claro que todavía me faltaba push para salir a la calle a empapelarla de contratos, pero eso no quitaba que mi instinto comercial me llevase a ver lo que se cocía cerca de mí, para saber aún analizar a un currelas y saber si era un crack o un paquete. Yo estaba muy por encima de todos aquellos indignos, segurísimo. De una patada hubiera roto el sol de la vulgaridad en aquel mismo instante, ¿para qué esperar a que los sucesos se abalanzasen sobre nosotros si yo ya había marcado el destino? Quizás para degustarlo como un buen vino, despacio después de dejarlo su media hora correspondiente respirando. Decidí conservar la calma y armarme de paciencia hasta los dientes, ningún detector de metales iba a detectar que cargaba esas armas con las que degollaría a quien se pusiese entre mí y mi cargo, ese buen as en la manga que guardé. Antonio y todos los demás estaban ya predestinados a llevar mi cruz hasta su sepultura. Amén…
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13 Mayo 2008

Capítulo 50 – Bye, bye, Alexandra – 2ª parte (…con alguien que me escuche y me pueda hablar…)


En la infancia las cosas son simples, sencillas. Por ejemplo, medir el status social de cada uno estaba chupado. Cuando yo era pequeño, tu “clase social escolar” se cotizaba en relación a tu calzado deportivo, a tus bambas, como se dice en mi tierra. Los de clase alta eran los que calzaban Nike, Adidas, Reebok o Converse. Después de ellos, en el centro de la pirámide los que lucían sus Puma, Paredes, Kelme, Fila. Y los sans-culotte sólo podían permitirse cubrir sus pezuñas con Golfitos o Victorias. ¡Qué triste era que te regalasen unas Golfitos! Llegaba mi madre feliz del mercado (la economía familiar no fue pudiente hasta mi entrada en el instituto), mira qué bonitas, y yo no podía mirar más que la marca, fuesen bonitas o feas realmente, la esencia estaba en un puto logotipo que otorgaba el valor intrínseco… ¿De qué marca son, de qué marca son?, chorreando inocencia e ilusión infantil. Mierda… mierda…, son unas putas Golfitos, me cago en la hostia puta, unas jodidas Golfitos, pensaba en mis adentros, y el mundo se hacía muy grande y yo muy pequeño, y sabía que los asquerosos y crueles compañeros se volverían a reír por esas patéticas bambas y por ese horrible pantalón con tachuelas en la pernera que mi madre consideraba tan moderno y que a mí me producía profundas ganas de vomitar. ¡Maldito consumismo que nos engancha desde pequeños, malditos niños crueles que se escudan en una falsa ausencia de maldad y ejecutan su ultra-violencia destructiva esbozando una sonrisa…!
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8 Mayo 2008

Capítulo 50 – Bye, bye, Alexandra – 1ª parte (…no tengo tiempo de esperar, puedo tener esto en otro lugar…)


Sonar el despertador y cagarme en dios todo es uno siempre, como una suerte de causa-efecto cansina. Snooze, cinco minutos más, necesito cinco minutos más. Cinco minutos más que nunca se duermen plenamente pero que saben a gloria bendita, cinco minutos más de los que parte se desperdician pensando que podemos llegar tarde. Y vuelve a sonar una endiablada melodía despabiladora, ayyy, otros cinco minutos más, hoy correré un poco más. Y sabes de sobras que llevas el tiempo justo, que puedes perder el tren o sumergirte en un atasco de la hostia por esos miserables cinco minutos, que no desayunarás por esos patéticos cinco minutos, pero los vuelves a dormir, siempre los vuelves a dormir y siempre la vuelves a cagar y siempre vuelves a correr como un poseso, porque claro, siempre te levantas tarde. Todo a cámara rápida, ducharse, vestirse, coger el maletín y un bocata que ya tenía preparado de la noche anterior, guardado en la nevera envuelto en su papel de aluminio, papel de plata que le llaman las abuelas, ponerme la corona de espinas y salir de casa con el turbo puesto y cargando la cruz de mi agonía laboral que ya me dolía.

Un tren repleto de olores matutinos, de gentes que habían apurado más el reloj que yo y no habían tenido tiempo o ganas de ducharse, y de tristes chicas que se levantan dos horas antes para poder pasar por el taller de plancha y pintura y poder salir a la calle con la imagen que quieren dar a los demás de sí mismas, unas con más fortuna que otras, unas que recibieron mayor generosidad por parte de la naturaleza que otras. Pestes machaconas y olor a rimmel y perfume por un igual, metáfora de la mierda que es la vida a veces y que nos intentan maquillar para que borregueemos apaciblemente, alegoría de lo tristemente indecente que es madrugar, empezar el día cuando el sol no ha nacido aún, parábola de la diferencia entre tener o no tener, mezquindad del azar y los posibles…
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