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7 Marzo 2008

Capítulo 35 – Vacaciones de frialdad – 2ª parte (…porque a mí me atormenta en el alma…)

Categoría: Capítulo 35, Memorias, Novela Blog — Nes Oliver @ 0:30


Cambio de plano, las siete y media, llego tarde a mi cita con Alex, joder, pero es que ahora estoy inspirado. Lugo. Insistí pesadamente en marchar fuera, huir del influjo guardián de su familia, ser libres unos días y pegar polvos nocturnos para después dormir abrazados, coño, lo que hacen todas las parejas normales. Los polvos de siesta me estaban llevando a unas digestiones duras y cierta acidez estomacal. Surgió la idea entonces de hacer una escapadilla de unos días a Sanxenxo, aunque sin las llaves del chalet de veraneo familiar, por acojone de ella, no quería pedírsela a los padres. Da igual, joder, me suda el pitorro dónde dormir, lo que nos cueste, pero yo quiero dormir contigo. Problemas de pasta no tenemos, el mundo es nuestro. La suave brisa del atlántico se fue convirtiendo en tenaz viento a medida que nos íbamos acercando. La carretera despertaba mis bajos instintos y los de mi Mazda, y su motor rugía felicidad al son de guitarras, bajos y baterías infernales. El airecillo de la capacidad de autodeterminación nos despeinaba descapotados. No me preocupaba, lo gozaba, yo sólo pensaba en llegar y pegar un polvo de tres pares de cojones y salir de fiesta después.

Mery conocía perfectamente la villa, veraneaba desde pequeña en ella. Pero como nunca había tenido la necesidad de buscar alojamiento allí en pleno mes de agosto, no tenía ni pajolera idea de dónde buscarlo. Horas perdidas preguntando en hoteles, hostales y demás, todo lleno, hasta que, por fin, dimos de bruces con una casona donde alquilaban preciosas habitaciones dotadas de baño y bañera. Perfecto. Un pequeño calambre me recorrió la espina dorsal. Todo se parecía bastante a los días pasados en Bilbao, intenta no preocuparte, Nes, coño, casualidades…

Salimos ya a cenar. Sanxenxo era como cualquiera de las ciudades turísticas de mar de la Costa Brava de mi tierra, por las que tantas veces había ido a tomar copas en verano, pero en vez de estar empetada de ingleses, alemanes e ingleses con granos y gritos de guerra ebrios, lo estaba de portugueses y madrileños, pero era exactamente igual. Música de mierda en la mayor parte de locales, pero dimos con alguno decente después de cenar. Como la suerte no iba a estar de nuestro lado más de doce minutos continuados, esos días fueron de puro desastre. Con mucho amor recuperado, ves, eso sí. No todo iba a ser malo. Pero las fuerzas de la Naturaleza se aliaron en nuestra contra, quizá por el afecto recobrado, mi intuición no erraba. En la lonxa debieron darnos algo en mal estado que, porco dio, sólo me afectó a mí, a pesar de ser apátrida e hijo del mar. Una fulminante intoxicación debida al marisco me tuvo fuera de combate, inmerso en fiebres delirantes. Sentí la necesidad de vomitar, mierda de lavabo infecto de un garito infecto, y adquirí consciencia de lo mal que me encontraba. Yo nunca vomito. Por testarudo no quise ir al hospital (prefiero morir en mi cama dignamente), pero las pasé canutas, va en serio. Se me escapaba la vida a cada arcada, a cada subida de temperatura, deliré incluso en sueños. Pero de la flaqueza surgen las fuerzas mejor intencionadas, y a pesar de las desavenencias de los elementos para conmigo, tuvimos un encierro desvelador de nuevas zonas erógenas y de capacidades que se creían limitadas.

Recuperado pero debilitado, volvimos unos días a Lugo, obligaciones familiares, que no se pensasen que el hippie había raptado a la heredera. Dos días por allí, ya conocí los mejores lugares de copas, noches de risas y rocanrol en El Diablo inolvidables. Pensaba que los catalanes no teníais ni puta idea de música. Pues ya ves que estabas equivocado, joder… Anda, ponme ahora a los Enemigos, coño… Oh, razas de Caín

Volvimos a marchar, esta vez ya con visado para poder volver al final de mis vacaciones. Comida con su familia y tercer grado, luces en la cara y electrocución incluida. Suerte de poseer una cultura exquisita y ningún pinchazo en los brazos.

No sé dónde vimos una publicidad de un festival celta, y para allí fuimos de cabeza, a hacer noche en Bretoña, una aldeíta perdida en la montaña donde se celebra cada año un festival, acontecimiento relativamente popular por aquellos lares. Pero allí nos encontramos que era exagerado el merchandising que se hacía de la ceremonia del enlace céltico, quizás porque una soplapollas cantante de subnormalidades de baúles de los 70 no hacía mucho que había celebrado su unión mierdo-mediático. Nos sentimos especiales al haberlo vivido de una manera tan íntima como lo hicimos, tan especial, tan auténtica.

Mucho folclore, muchas queimadas, mucha carne grasa cocinada en fogatas, mucha música, mucha gaita con banderín negro y mucho frío. Mucho, aún siendo agosto. La veo apoyada en mí, besándome, arropados bajo una manta que alguien nos prestó. De aquel día conservo un regalo muy especial, una flauta artesana que, entre bromas, el vendedor aseguró haber sido construida por unos duendecillos, por eso era mágica. Si fuese mágica podría tocarla y soy incapaz de coordinar armónicamente más de tres silbidos seguidos. Pero es preciosa. Ya hablé de ella anteriormente, ¿no?

La moneda del azar, la cara a la derecha y la cruz a la izquierda en los cruces de caminos, nos adentró por la costa lucense otros pocos días. Caballos en las laderas de los montes. Cuando es la fecha, en la Rapa das Bestas, las empujan hacia el pueblo y allí se les corta las crines como metáfora del dominio del hombre hacia la naturaleza. De la violencia del hombre con su medio, querrás decir, ¿no? Tuvimos un ligero descenso en la presión del amórmetro, ya que ella veía constantemente señales diabólicas de Narcisito. No sólo eso, qué va, que además éste estuvo dando el coñazo con llamaditas. Llamadas que ella no contestaba pero que me llevaban a poner puntos a las jotas de las broncas, joder. Me hervían los hematíes, me llenaba de mala folla por la cara, puto subnormal. Yo la culpaba a ella en mi irracionalidad, ni que fuese ella la que le llamaba. Y tenía bien claro que el muy cerdo lo hacía para jodernos la tranquilidad y la paz, para que no pudiéramos disfrutar plenamente de nuestra merecida albedrío.

Una noche, en Vivero, montamos un follón gracioso de necesidad, haciendo amigos. Acabó la noche con unas muñeiras bailadas mano a mano sobre la barra del último bar que vimos abierto (tiempo después, curiosamente, el dueño de aquel local me reconoció en el bar farlopero; había dejado Galicia y vivía en La Llagosta). Más alcoholismo y carencia importante de inhalaciones. Mi estado de ánimo persistía en el decaimiento. Ella lo achacó a la debilidad física post-intoxicación marisquera. Me faltaba farlopa, qué pollas, más claro que el agua…

No obstante, el sexo de primera división, de Copa de Europa, ganándome ella por goleada en orgasmos (mágico atributo femenino el de la multiplicidad de orgasmos y ausencia de tiempo de reposo entre uno y otro), reversionando todas las posturas que conocíamos, ensayándolas en otras tonalidades para encontrar exactamente la que se adaptaba con suma perfección a nuestros sexos ávidos de placer. En clave de mi menor. Ceremonias nupciales entre vahos etílicos y luego ella dormida abrazada a mi lado. Era feliz, pero me costaba dormir más que a Mery, no sé si por síndrome de abstinencia o porque algo no me acababa de cuadrar, algo malo veía avecinarse aún… Y soñaba con serpientes todas esas madrugadas de insomnio y agotamiento.

Se agotaban los días antes de mi vuelta a Barcelona y la suya a estudiar previo a exámenes. ¿Por qué no vamos a Ponferrada a ver a Anxo y a Carol? Vale, porqué no, me parece buena idea…

Nadie ha dejado sus estupefacientes »

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