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14 Marzo 2008

Capítulo 40 – Me voy contigo – 1ª parte (…y ahora me callo yo, yo no respiro, no…)

Categoría: Capítulo 40, Memorias, Novela Blog — Nes Oliver @ 3:48



La separación en la lejanía es muy difícil de poder llevar. Rectifico, a pesar de no ser sabio. Dependiendo del carácter de cada uno, la distancia puede hacer mucha mella en las relaciones. En nuestro caso, la personalidad de ambos era del tipo en que los estragos eran harto patentes. Porque eran estragos, las cosas como son. Los ataques de celos injustificados se sucedían con incongruencia entre los dos miembros de la pareja llegando a la falta del respeto en más de una ocasión. ¿Qué conseguíamos con ello? La nada absoluta. Cero. Debió ser una forma de aliviar las tensiones frustrantes del no poder convivir. Las infidelidades se borraron de mi conciencia rotundamente.

Ideó, no creo que con exagerada malicia (pero tampoco me atrevería a asegurarlo), un ataque sugestivo y obsesionante para lograr mi rendición a la evidencia de la necesidad de vivir juntos. Estuve en su casa para celebrar con ella mi cumpleaños y pasamos cuatro días sin enfados, sin broncas, sin problemáticas. Días después, yo ya en Barcelona, así, de buenas a primeras me soltó:

- Plantéatelo, Nes, cariño. Esto no puede seguir así. Te lo planteaste tú en Bilbao y ahora lo hago yo -. Puñalada trapera. Pero intuí que la cosa era muy seria y elegí callar, escuchar y analizar -. Nos casamos por amor pero llevamos más de medio año en la misma situación. Necesitamos pensar, recapacitar, sin prerrogativas. Miro el espejo de nuestra relación y el reflejo me da pena. No somos nosotros los que matamos un bello sentimiento, unas bellas posibilidades de realización amorosa, sino las circunstancias. Es contigo con quien tenía que ser la mujer más dichosa del mundo, pero los mil doscientos kilómetros, el caos de los celos irreductibles, el no tenerte para colmarme, me crea un vacío que no logro superar - sólo putos suspiros -, que hace que me falte el aire para poder respirar. Esto no es un ultimátum pero, o estamos juntos o lo olvidamos. Piénsalo bien, es importante para nuestra relación. Necesitamos unos días. Ya hablaremos. Por favor, no me llames durante unos días. Necesito estar sola… Ya te llamaré yo…

No pude, ni siquiera, llevarle la réplica. Me colgó vilmente. Llamé de nuevo. El teléfono está apagado o fuera de cobertura en estos momentos. ¡Mierda! Nes, no te rayes la cabeza, por favor, no te la rayes. Igual se quedó sin batería justo en ese instante. Intenta hablar con ella más tarde. No pasa nada, sus palabras no son meditadas, son fruto de haberse dejado llevar. Llamará disculpándose. Estate tranquilo. Pero yo sabía cuánto me estaba autoengañando, y no podía evitar que me comiera el pensamiento.

Proseguí con el trabajo sin atinar en lo que llevaba entre manos, a la vez que intentaba controlar la respiración ante el alterado traqueteo cardiaco. Continué probando el contacto, pero no variaba la indisponibilidad. Los intentos de localización se repetían cada vez con intervalos de tiempo más escasos. Mientras, la desesperación se adueñaba de mi razón y todo se nublaba alrededor. Como tampoco era capaz de trabajar ordenadamente, delegué toda la burocracia en mi secretaria, recogí de casa una mochila con algo de ropa y directo a buscar a Mery, de punta a punta de la península para poder hablar con mi pareja, dejando todo tirado, incluido el trabajo. Era tal la obsesión que ni las responsabilidades pudieron atarme. Por el camino no pude restablecer la comunicación e ideas inmundas brotaban de mi enajenada imaginación. ¿Qué hará? ¿Con quién estará? ¿Por qué no enciende el puto móvil? ¿Por qué no quiere hablar conmigo? En pocas ocasiones me he encontrado ante un miedo equivalente, ante una ansiedad semejante. Me veo lloriqueando como un idiota poseso mientras el coche se dirigía solo, como con piloto automático. Ni siquiera el subconsciente era capaz de dirigirme, sólo dieciséis válvulas y cuatro círculos de caucho, más anchos que mi polla erecta, que habían memorizado ya el trayecto, velaban por la seguridad. Los metros se recorrían a cámara lenta mientras el estómago se anudaba y retorcía y el corazón se aceleraba gravitacionalmente a punto de salir de la caja torácica y adquirir total libertad de bombeo, independiente de mi persona. Me falta aire y el aire entraba por la ventanilla, feroz, despeinándome y azotándome en la cara, pero no me importaba. Sólo me importaba llegar y verla.

Respirando como un can llegué antes de naufragar y hundirme en mi navío colorado. En casa no había nadie, me harté de intentar quemar el timbre, por lo que únicamente me quedaban dos opciones antes de desfallecer infartado: o esperaba en la puerta o me iba de bares con las esperanzas depositadas en encontrarla. Esperar se me podía hacer eterno y no me quedaban uñas que morder ni venas que desangrar, por lo que abjuré de mi ateísmo y me bauticé con mi propio sudor para adoptar momentáneamente la fe cristiana, fundiéndola en un cosmos de estadística y probabilidad. Total, si ya era un indigno perdedor de papeles e integridad, ¿qué mierdas importaba arrastrarse un poco más por los suelos y barrizales y perder el orgullo cómo un miserable? El daño que había lanzado a las mujeres durante mis siglos de vida vampírica se había transformado en un boomerang que me era devuelto junto, unido, sumado, de una sola vez. La encontré a la primera, menos mal, en el Dado-Dadá.

Su cara era la antítesis de la mía. Mientras yo andaba como un zombi, desfigurado, roto por dentro, tristeza palpable, ella insultaba con tranquilidad en su faz. Hablaba con Carol, esa es la instantánea que queda grabada. Absorbí por completo la ola de frío polar que auguró el hombre del tiempo. La escena cambió cuando me vieron, cuando comprobaron que el extraño que se acercaba era yo, sorpresa cuando me senté, luchando por dominar el ahogo de hiperventilación ansiosa. Ni un beso ni nada. Qué va. En todo caso rechazo. ¿Qué haces por aquí?, simplemente. Carol se levantó, se disculpó y se marchó, sin darme siquiera la oportunidad de reaccionar para despedirme. Mery esquivaba la mirada evadiéndose de mí y claro que también de la conversación pendiente. Y yo perdiendo los nervios por momentos. Situación tensa que vino Carliños a cortar sirviendo una copa, la mía, aunque percatándose de cómo estaba la cosa, se olía, se palpaba, incendiaba el ambiente hasta enrarecerlo, marchó abandonándome a mi cruel suerte, al cruel destino del Mesías condenado.

- Tenemos algo de qué hablar, ¿no?

- Sí, claro. Te dije que me dejases unos días sola, sin hablar, sin vernos, por supuesto… y te presentas aquí. ¿Por qué coño has venido…?

4 Comentarios Estupefacientes »

  1. Todo pensado y bien pensado. Si yo digo… entonces él dirá… si cuelgo… entonces él hará… Una piensa y piensa en lo que puede pasar, en las reacciones que puede generar una palabra, una frase, hasta un silencio. Así somos, nos comemos la cabeza con cientos de posibilidades, pero la mayoría de las veces reaccionáis de manera previsible. Claro que el chantaje emocional es muy efectivo…
    Qué mayor estoy! jajajaja jajajaj

    Comentario por Lunera — 14 Marzo 2008 @ 9:27

  2. Claro, Lunera, se reacciona de manera previsible cuando uno ama… Y si la otra persona no reacciona, pues se da la vuelta a la situación y punto. Sólo en la pelis americanas uno de los dos se cabrea y se pira y el otro no reacciona yendo detrás. ¿Qué no haríamos por amor?

    Comentario por Nes — 14 Marzo 2008 @ 13:12

  3. Chavalote! no te había pasado esto antes ya? El amor es esa roca en el camino en la que te estampas una y otra sin aprendértela.

    Comentario por Javier — 26 Mayo 2008 @ 14:04

  4. En relación a tu segundo comentario, sobre el amor y los tropiezos una y otra vez, tienes toda la razón, somos como burritos y nos vamos dando de bruces siempre con él. Supongo que madurar consiste, entre otras cosas, en intentar no cometer esos mismos errores eternamente, ¿no? O quizás la vida al completo sea un eterno retorno sobre los mismos errores, una y otra vez…
    ¿Qué opináis vosotros?

    Comentario por Nes Oliver — 26 Mayo 2008 @ 14:24

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