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14 Marzo 2008

Capítulo 40 – Me voy contigo – 2ª parte (…me falta el aire pá poder respirar…)

Categoría: Capítulo 40, Memorias, Novela Blog — Nes Oliver @ 12:57


Muchas veces nos agarramos a piedras ardiendo, a clavos que queman… Las cosas no andaban bien, ese era el resumen. Todo aclarado, todo con cierta lógica para ella. Lo que previamente le había ocurrido a Myriam cuando creó presiones por sus necesidades, paseaba por encima de nosotros ahora. Y, por más que me costase, hasta las vacaciones de Navidad no nos volveríamos a ver. Me costó lo mío, no creáis. No supe, no obstante, recortar la cantidad de llamadas diarias, la maldita sinrazón me lo impedía. Claro que así, de esa guisa, la renta per cápita de recriminaciones por desconfianzas y exigencias de mimos subieron unas cuantas décimas. Unos cuantos puntos.

Era consciente de que debía actuar de otra manera, controlándome, pero supongo que la tensión de la obligación me llevaba a comportarme del revés. Por fin, para infortunio degenerativo, padecía lo que durante unos pocos años había hecho padecer a cuantas chicas me habían amado. Los días eran largos, incinerando minutos en cigarrillos, a pesar de volcarme en labores profesionales como si en ello fuese mi vida, como nunca antes lo hice. Si mis ánimos hubieran estado altos, los resultados hubiesen superado la barrera de lo insuperable, cosa que no obstante ya hicieron. Premios económicos por magnificación de objetivos, fama dentro de la empresa, corbata diseñada en exclusiva para mí (con el mierdoso logo de la empresa impreso), Montblanc de colección, la roja, de mi color preferido, pero dolor nocturno que no se atenuaba ni entizando mi nariz ni introduciendo billetes enrollados por ella, menos aún respirando ron, vomitando demasiadas veces por excesos… de tristeza también, por supuesto. La melancolía y yo nos apretábamos fuerte de las manos y tropezábamos mareados sobre el helado cemento del frío asfalto, mientras la nieve perforaba mi tabique sin evitar lágrimas incandescentes que no conseguían nunca que entrase en calor. Debía ser por los cubitos de hielo de los millones de copas con las que defenestré mi maltratado hígado. Por mi mente no cesaba de girar Mery, de una u otra forma. Hablar con ella me ahogaba, y si no hablaba con ella me ahogaba. ¿Cambiarían los horribles presagios si abandonaba todo por ella, o la tónica última era la que nos envenenaría de amargura y quinina? ¿Y mi trabajo, por el que tanto había luchado? ¿Y mis amistades, y mi familia…? Pero, ¿era ella la mujer que me pertocaba, la destinada, la elegida…? ¿O no? Vacilaba…

La locura intransitoria de sentirme desvalido por vez primera en aspectos sentimentales me llevaba a moverme con indecisión, más aún, incorrectamente, a casi destruirme física y mentalmente. Ni en la separación definitiva me flagelé tanto. Secuestrado de mi personalidad diferenciadora sin que nadie pagase el rescate, sin que me salieran alas, fallaban las fuerzas, no respondían las piernas… Menos aún la cabeza.

Tardaron semanas interminables en aterrizar las vacaciones navideñas. El viernes 21 de diciembre era un día de tránsito laboral. La noche anterior anduve con Xavi, como la gran parte de las noches de castigo; a él tampoco le iban muy bien las cosas con Marta. No había intenciones de tanta juerga, pero la cocaína y el puntazo copero las crearon. Me pudo el que al día siguiente debía ver a Mery y no sabía bien con qué me encontraría. Como Xavi y yo íbamos a pasar los días de fiesta con las respectivas parejas, ambas antidrogas, decidimos proveernos de cantidad de droga y llevarla escondida para subsistir a hurtadillas los duros días de racionamiento farmacológicos.

Durmiendo apenas una hora, llegué a la oficina. Aguanté allí hasta el mediodía, ultimando el papeleo del fin de la campaña de la guía de Mollet del Vallés que, estimando por lo alto las caídas de clientes que pudiesen acontecer, me colocaba de sobras como el jefe con mejores resultados. Antes de la hora de comer ya estaba todo enviado por valija, y los subalternos camino de sus hogares. Yo, con las maletas ya en el coche, inicié mi peregrinación hacia Lugo.

Sabiendo de la insalubridad de la casa de Noe, Isa, otra amiga de Mery, con refinada amabilidad, nos prestó el piso donde después de fiestas tenía previsto marchar a vivir con su novio. El piso precioso, reformado y totalmente montado, con parking inclusive. Mayor comodidad imposible. Disponía de algo más de un par de semanas para cambiar el rumbo de la relación y solucionar nuestras desavenencias. In nomine pater…

Se conjuntaron toda una serie de factores decisivos para crear de nuevo los lazos de indivisibilidad. Uno de ellos fue el poder compartir bastantes horas diarias en un hogar tan acogedor. Otro el buen rollo que mantuve con todas sus amistades. Y el que hubo con su familia, mucho más receptiva hacia mí. Comenzaron a ver seriedad en el noviazgo a pesar de lejanías, y se dejaron contagiar del espíritu navideño.

Estar juntos calmaba los nervios de la soledad y eso connotaba que nuestro amor, a pesar de vagar a la deriva en ciertos factores, aún tenía fuerzas para seguir nadando y salir a flote. Sólo nos faltaba el viento propicio que nos llevase en la dirección correcta.

Mery seguía sin atreverse a pedir a su madre, tan chapada en el conservadurismo, el permiso para poder dormir conmigo. Por lo menos esa vez sólo me abandonaba unas pocas horas, las justas para que la viesen dormir un ratito en casa. Horas de descanso insuficientes que se complementaban con largas siestas, abrazada a mí, después de incomparables e incendiarias sesiones de combustión sexual. También comíamos y cenábamos juntos. Incluso contaban conmigo los de su clan los días de reunión familiar.

Con lo bien que nos encontrábamos en nuestro nidito de amor de préstamo aprendimos a quedarnos alguna noche en casa, preparando opíparas cenas y viendo tele, películas, escuchando música, haciendo el amor, practicando fabulosos sesentaynueves, setentas y ochentas que aún conservo en el disco duro de un Petabyte que es mi cráneo… Lo que fuese. El resto de noches salíamos. No podíamos, a pesar de las comodidades, luchar contra nuestra tremenda obstinación por ir de copas, sobre todo después de calentarnos el morro bebiendo y tapeando cuando andábamos de vinos.

Ciertos días tocaba salir con su grupito de gente. En mi afán por reconquistar lo positivo de la pareja, no sólo evité cualquier tipo de discusión, sino que me ponía a su favor en temas que, o bien no me interesaban una puta mierda, o bien los concebía de manera diferente. Por suerte eran las menos veces. Hacía lo necesario para tenerla a mi lado, y más que hubiera hecho de haber sido necesario. Este es el mayor error que se puede cometer. Cuando te excedes en dar por la pareja, bien para conservarla, bien para seducirla, después no se puede cambiar y dar menos. Es inconcebible. No se puede ser un puto calzonazos y luego sacar carácter. O sigues siendo un faldero o tu pareja no querrá que le des caña y te abandonará vilmente. Pero cuando uno vela su mirada obstinándose en estar con alguien, se ciega y punto. Como me sucedía a mí.

En Fin de Año era tradición acudir al Círculo das Artes, un club privado de la gente de postín lucense que apenas servía para poder lucirse en sociedad esa víspera señalada e intentar, más ellas, ser la mejor vestida, la mejor peinada y la mejor acompañada de todas. El resto del año era un bingo para bisabuelas centenarias.

El vestido para la ocasión fue un regalo mío, para nada inesperado. Ella lo había fichado en el escaparate de cualquier establecimiento franquiciado de Inditex y lo quería. ¿Qué hace en esos casos un novio tonto del culo como lo era yo? Descalabrarse comprándoselo, obvio. Ah, eso sí, el vestido era una cucada negra de tirantes que le quedaba pegado al cuerpo como pintado, como una puta segunda piel. No permitía llevar sujetador y con cualquier movimiento brusco tenía cierta tendencia a hacer asomar algún pezón, cosa que no me hacía ni puñetera gracia. Actualmente me encanta que los tíos observen a la chica que está conmigo, que se la follen visualmente, pero en aquellos momentos el permitirle el desnudo o el ir enseñando las tetas a la mínima no entraba dentro de las cosas que estaba dispuesto a hacer por conservarla a mi lado. Vaya cabreos me pillé. Eso sí, ¡qué estupendamente le quedaba el dichoso vestido, vive Dios!

Tampoco me hacía ni pizca de gracia tener que ir de traje corbata durante la última gran fiesta del año, porque para mí era ir de uniforme de trabajo, de uniforme de trabajo del que pasaba generalmente, pero claro que me lo tragué y me resigné y no di doce campanazos sorpresa para no poner a Mery en ningún apuro ni evidencia. Me tocó gastarme un pastón en un traje nuevo para poder ir conjuntado con ella, obvio. No quedaba muy serio ir con los Levi’s destrozados, ¿no? Me hubiese condenado a muerte, me apuesto un blues y dos rocanroles. Si me hubiera comentado antes la necesidad de traje hubiera traído alguno de casa. Que para estas cosas los hombres somos más despegados y no tenemos la obsesionante necesidad de ir de estreno para enterrar el año. Vale pues, de riguroso negro, soportando el luto de la libertad fallecida en silencio…

2 Comentarios Estupefacientes »

  1. Capitulo 40 y sigo enganchado como cuando lei aventurillas con Nadia, glorias y padeciemientos con Myriam, escenas de Sexo con Sonia, y lei un monton de lineas asi como las que Nes esnifo, Nes que quiero pediros una entrevista, para mi trabajo del psicoanalisis literario, sera posible?.

    Salud y Vida.

    Pd: Que eso es lo mejor que he leido en mi vida, y espero que los lectores sigan siendo mas y que alcanzes el exito y fama que mereces por tan exlente texto.

    Comentario por Mélomano♫ — 23 Agosto 2009 @ 20:12

  2. De verdad que me llena de placer, no sólo que inhales con ganas los párrafos (me gustó lo de las líneas que escribiste, jajjá) y que me comentes tus impresiones, sino los halagos, Melómano. Por supuesto que estoy a tu disposición para la entrevista, faltaría más. Ya te queda muy poquito para finalizar y espero que esa sensación se mantenga al acabar la primera parte.

    No obstante, a lo de la fama, te diré que la fama es lo que cada uno considere. Para mí la fama es haberme convertido en un gran profesional en los nichos de mercado en los que trabajan mis empresas, fama consiste en haber levantado de la nada (miento, de la nada negativa) mis negocios y disfrutar trabajando, y fama es haber publicado mi novela de la forma en que me ha apetecido, sólo por placer. Me llena más de orgullo un solo lector como tú, que me muestre su placer en la lectura que un millón de lectores mudos.

    Comentario por Nes Oliver — 24 Agosto 2009 @ 7:06

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