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18 Marzo 2008

Capítulo 42 – Amores caducos – 1ª parte (…sé que para nuestro amor llegó el final…)

Categoría: Capítulo 42, Memorias, Novela Blog — Nes Oliver @ 2:23



El último viaje que hice en coche a Santiago de Compostela, siguiendo la misma ruta peregrina de siempre, me costó lo mío. Las morriñas se me saltaron nada más leer Comunidad Autónoma de Aragón y me despedí de mi tierra, pensando Eternament et portaré dins el meu cor (Eternamente te llevaré en mi corazón), mientras escupía mi bilis rabiosa y resacosa por la ventanilla. Lo bueno de las tierras de nacimiento es que siempre te vuelven a recibir, por más que las pisotees o las abandones, por más que las trates como a furcias baratas. Pero vaya que la añoraría.

Continué el camino bastante despistado desde ese cruce de comunidades. Lleida me quedaba muy atrás y me acercaba a la ciudad de la Pilarica escuchando unas versiones en directo de mi grupo preferido en catalán. Me contaban historias harto conocidas, y Siset, un borrachuzo que pasaba las monas al lado del río Ter, me hacía rememorar que ir al Infierno no interesa hasta más tarde, que mola más la preciosidad del Empordà. Recordé a Gerard Quintana, cómo me emocionaba con la canción de un Mr. Tambourine Man que había matado sin querer al loco del pueblo (en Catalunya no se mata por apetencias como en Reno) y los jueces, por ello, le condenaron a sustituirlo. Así es que canta, para soportar el dolor de la soledad y de ser diferente. Cercando Burgos, mi voz se había roto de cantar, del vacío de mi aislamiento y del frío de la glaciación de la Meseta, igual que al personaje del Dylan de Girona. No puedo conducir con la calefacción conectada: me adormece. La temperatura no mejoró en León, menos entrando en Galicia. Y así, una madrugada perversamente congelada, justo dos años después de aquel primer viaje, me planté en casa de Mery, ya también la mía… y la de las niñas. Estaba hambriento pero con el estómago cerrado, agotado pero ni pizca de sueño, triste pero ilusionado. Y bastante acojonado por la responsabilidad y por los cambios, vale, también. Pero con las ideas claras (o eso consideraba) como para llevar la relación a buen puerto. Lo había dejado, literalmente, todo por estar con ella…

El primer mes de convivencia fue excepcional. Todo lo que habíamos vuelto a engendrar en las navidades lucenses persistía con valentía, y parecía que era imposible modificarlo, se priorizaba felicidad. Una apisonadora de amor chafaba lo dañino de nuestro alrededor, así de maravillosos son los inicios. La sinopsis de aquellos días gloriosos se podría concentrar en un único vocablo, juntos. ¿Por qué? Porque lo hacíamos prácticamente todo juntos, lo decidíamos todo juntos, al súper juntos, de copas, nos metíamos a la cama a dormir a la misma hora y nos levantábamos juntos, nos duchábamos a la vez, todo juntos. Menos las clases y los exámenes, claro. Y la intimidad de cagar. Pero yo la ayudaba a estudiar, que conste. Muy pocas oportunidades tuvimos de enfadarnos, si mi memoria no se ha transmutado en la de un pez.

En aquel cuatrimestre no tenía prácticas, por lo que muy pocas tardes tenía clases, aunque sí las mañanas. Yo me entretenía preparando papeles y tontadas típicas que se tienen que preparar en estos casos. Abrí una cuenta en Caixa Galicia (aún la debo tener, por cierto, creo que no la di de baja), me empadroné para poder gestionar el paro, que me reportaba, además, 800 y pico euracos extras al mes por no trabajar. Un rollo bien contado a la chica de la oficina de empleo para que no me martirizasen enviándome a entrevistas para puestos que no pensaba coger y me sentí más libre. Aunque, a decir verdad, siempre me ha tocado mucho la polla perder horas de colas y de ventanilla en ventanilla para absurdas burocracias estatales. Y pasé a ser una cifra más en las estadísticas nacionales sobre parados. Qué más me daba, era un parado, pero un parado feliz. La primera vez que estaba en esa situación desde los 15 años en que comencé a trabajar y más alegre que unas castañuelas.

Noches magníficas de risas, humo y amor, como aquella magnífica noche que pudimos compartir con un Javier Krahe de concierto en nuestro Jazz-Club favorito. Como clientes VIP que éramos nos presentaron, le pedí un autógrafo para David, porque lo idolatraba (firmó “Por David” en lugar de “Para David” y dibujó una copa de cava), nos dedicó algún tema y se sentó en el descando y al final en nuestra mesa. Hablamos de la vida y las canciones, nos ocupamos del mar, del alcohol y los amoríos y los ojos verdes como aceitunas de Mery lo eclipsaron. O aquella noche de sombras a la luz de la luna en que coincidimos con Mike Oldfield en A Coruña, pero no lo reconocimos hasta que ya hacía que charlábamos con él y nos pedían autógrafos entre chupito y chupito, Miguelito le llamaba yo, ¿recuerdas?, y le pasaba el brazo sobre el hombro. ¿Eres Mike Oldfield? ¿Coño, por qué no me lo has dicho? Me encantas, tío… Otro chupito para mí y Miguelito, joder… Ostia, Mike, cómo eres…

Pocos días después del primer mes de estar viviendo en Compostela, fuimos de copas y me llevé la Telecaster (en su sonido más guarrindongo se nota menos mi carencia de técnica que con la limpieza gibsoniana). En el Modus actuaba un conocido suyo y acabé tocando con él, versionando clásicos. Diversión y clímax poderosísimo. Clímax por tocar por y para mi esposa, que me admiraba en deleite orgiástico. Era lujo sentir aquel maremágnum de sensaciones electrizadas. Pink Floyd deseó nuestra compañía, se tiene que educar fuera de los muros. Del gustazo llegó una noche de borrachera para nosotros y lluvia atroz para el asfalto.

Montados en el coche en busca de otro lugar donde seguir la fiesta, jugamos imprudentemente, ya que ella guiaba el cambio de marchas. De golpe y porrazo, una curva en cuesta abajo con giro pronunciado a la derecha. Mery, cielo, reduce a segunda, mientras yo comenzaba a frenar. Se equivocó y metió cuarta, me quede sin apenas tracción, propulsados violentamente sin agarre, golpe de timón para no comerme el muro, y entramos en un perpetuo trompo de vueltas y vueltas, golpeando en uno y otro lado sin poder variar la trayectoria que destrozaba en cada golpe las vestiduras de mi pobre coche hasta que nos detuvimos. ¡Putos irresponsables que fuimos! Aún me estremezco al pensar lo que podía haber llegado a pasar. Tuve mucho miedo. Miedo a perder a Mery por temerario y conducir con las facultades mermadas. Su medicina, la Tiroxina, es una sustancia que frena la capacidad coagulante de la sangre, por lo que un mínimo corte puede tener consecuencias harto dramáticas. Mientras luchaba a volantazos por dominar el vehículo, se me aparecieron miles de imágenes de mi vida y de la de ella a velocidad de 32x, y pedí al primer dios que me escuchase, que Mery no sufra ningún daño, por favor. En verdad sólo me quedaba la esperanza en esas milésimas de segundo pasmosas que tanto duraron y que tan rápido pasaron. Después de ver que los dos sobrevivimos intactos, lloré de tranquilidad por ello. Y una vez pasado el susto lloré por la costosa reparación que me venía encima, que a simple vista eran tres diálisis semanales, una riñonada.

Hacía una semana escasa que había decidido variar el seguro a todo riesgo por uno a terceros porque llevaba años sin tener un golpe conduciendo yo, por lo que la compañía aseguradora no me pagaría el piñazo. A pesar del destrozo pude llevarlo a casa e idear un plan. Inventé una historia incuestionable. Por no involucrar a ninguno de los amigos de Mery, metí en medio a Christian (todavía amigos) y, a distancia, mentimos en un parte en el cual él se admitía culpable, por lo que la responsable subsidiaria de los gastos del siniestro automáticamente era su propia compañía. ¿Para qué pagar por algo que te puede salir gratis? Eso nos costó hasta una investigación detectivesca en toda regla de la que salimos bien parados. Investigación por la rareza de un accidente en Galicia de dos coches con matrícula de Barcelona y empadronados en la misma provincia. El cuento era que el vehículo de Christian había impactado ligeramente contra el mío, empujándome en una carretera mojada y resbaladiza hasta chocar con el muro de un túnel y, dando trompos, golpear dos o tres veces más, del muro a la pared y viceversa. A la realidad se le añadió como único aderezo la presencia ocasionante de mi amigo. La factura pasó de 8.000 euros, ni más ni menos.

El coche permaneció en el taller hasta días antes de mi marcha, por lo que mermó la calidad de vida y de movimientos. Ya no contábamos con medio de transporte autónomo. La de pateadas que me esperan. Y la de ratos de espera para montar en repletos autobuses, la de veces que se me durmió la mano en alto al intentar parar un taxi. Sin Pimientito yo ya no era nadie, palabra…

2 Comentarios Estupefacientes »

  1. Joder que no hay nada como el extasis nirvanesco de tocar, de interpretar un instrumento es para mi un orgasmo musical esa sensacion de tener todos los pelos del cuerpo erizados y escucahr a la gente corear las canciones o simplemente gritar cuando empiezas a tocar un tema que todos conocen.

    Comentario por Mélomano♫ — 25 Agosto 2009 @ 3:03

  2. Tengo que darte la total razón en lo que dices, no hay nada que se asemeje, ni siquiera el mejor sexo.

    Comentario por Nes Oliver — 25 Agosto 2009 @ 6:30

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