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19 Marzo 2008

Capítulo 42 – Amores caducos – 2ª parte (…ya de nada valen las palabras…)

Categoría: Capítulo 42, Memorias, Novela Blog — Nes Oliver @ 0:26


Llegó una carta del Juzgado a casa reclamando mi presencia cierto día de febrero para ultimar unas aclaraciones sobre el delito que no cometí durante el fin de semana del cumpleaños de Sonia, año y pico atrás, y del que finalmente se me culpabilizaría en diciembre de 2002, pero algo ya os conté. El hecho es que si no aparecía para la vista oral se me podían caer las greñas. Sin coche y sin ningún puto avión disponible, dada la premura de tiempo, tuve que volver en tren. No os aconsejo que imitéis ese viaje terrible, interminable, duro, transiberiano. Da pena el transporte público en este país de mierda. Catorce horas de trance agotador y apaleamiento de huesos, cartílagos, músculos y ligamentos… ¡Qué horror!

Apenas estuve en casa de mis padres. Me instalé en casa de mi amigo y socio de fraudes aseguradores. Era dificultoso poder ver a mi gente los días de diario, por lo que pensé en quedarme hasta acabado el fin de semana. Menos mal que Christian andaba esos días también en paro y podíamos hacernos mutua compañía todo el puto día. Mery no quiso entenderme y me presionó para que volviese lo antes posible, no podía pasar tantos días fuera de casa. Yo aprovechaba, en teoría, para solucionar papeles del banco, además de mi réplica en el Juzgado de Instrucción número dos de Mollet del Vallés.

Christian pasaba de la farlopa pero aceptaba mi vicio, siempre con ciertas recriminaciones. Tiempo después, mucho después de abandonar a Mery, eso cambiaría y nos distanciamos por dos motivos fundamentales: una mujer (que al final, a pesar de los intentos en contra y a escondidas por su parte y por la de otros, sucedió lo que tenía que suceder, que fuese mía, porque ya estaba escrito en mis venas y en mi corazón encabronado) y por la dichosa droga. Olvidó que en una ocasión me pidió que le consiguiera coca para contentar a una viciosilla que conoció en un chat. Cuando vi que la Memory Card sólo le servía cuando a él le interesaba, cambió mi concepción de nuestra amistad. Ya tocará el momento de hablar de ello…

Pero bueno, hablábamos de aquel reencuentro que me permitió desquitarme del duro mes y pico de abstinencia (consumí mucho en aquellas pocas horas, pero mucho), además de emborracharnos y fumar porros hasta perder el sentido mientras Mery y sus niñas celebraban carnavales, y las niñas celebraban, además, mi ausencia y el disfrute de la Mery amiga como de solteras.

Hace poco que hablaba con Silvia detalles de aquellos días con mi amigo. Como en mi locura huidora no me había despedido de nadie y las presiones conyugales me empezaban a agobiar y tocaba pirar de nuevo, decidí grabar un vídeo de despedida en clave de humor, para Silvia, para Carol, para Nisi… Al final, después de media hora de risas y payasadas, cambiaba mi tono a la seriedad que exige el adiós. Silvia recordó cómo lloró de pena ante la sinceridad de mi dolor por alejarme de ellos. No era justo que Mery no entendiese mi necesidad de pasar unos días más con mis amigos, a los que perdía por la distancia, prima hermana del olvido, sólo por querer estar con ella. Pero me dejé manipular y volví. Volví herido de muerte. Dicen los cazadores que el peor animal herido es el búfalo. Si no se le mata va a muerte contra el cazador hasta que uno de los dos acaba con el otro, pase el tiempo que pase. La memoria olfativa es la más retentiva. Sobre todo cuando se videncia la muerte, cuando se evidencia como un fatal augurio. Así comencé a sentirme como un búfalo al que no se le ha matado del primer disparo. Y me restaban balazos no letales que recibir.

A pesar de que el primer mes de convivencia había sido celestial, entramos en la espiral del principio del final de nuestra etapa de conjunción físico-espiritual. La situación de planear juntos la vida cotidiana nos había llenado con nuevas alegrías que no duraron excesivamente. Cuando uno se disfraza en carnavales y no se quita el disfraz corriendo al llegar a casa, se le cambia la personalidad, quedándose como dominante la del disfraz, una mujer fatal en su caso. No hay exorcismos para estas posesiones. Y hay que reconocer que ese anómalo amor nuestro provenía de algún tipo de pasión incontenible, pero no del conocimiento real del otro. En realidad nuestra relación había sido relativamente corta en el tiempo. Nunca habíamos tenido una relación típica de las normales, menos aún del día a día. Menos aún…

Se unieron decenas, docenas, centenas, millares de incompatibilidades sobrevolando en círculo, como buitres, nuestra fisión y peleando contra nuestras virtudes conjuntas, minando poco a poco los sentimientos. ¡Maldito Damocles en el cabecero del lecho matrimonial! Cada uno de esos factores influía en los demás incrementándolos. Millones de causas y efectos con los que el amor no podía luchar. No penséis que fue de golpe y porrazo, no. Fue poco a poco, añadiendo un poco de peso cada día. Hasta que nos dimos cuenta: ya no éramos felices juntos. Cuando uno no es capaz de, con absoluta franqueza, con frialdad, saber si ama u odia a su pareja, cuando no sabe si molestarse por hacerla feliz o molestarse por la presencia de ésta, cuando hay más insultos que te quieros, cuando uno se siente perdido en soledad en presencia de esa persona, cuando uno se vuelve tan agresivo como para ir a joder al otro sin más motivo que el odio de la ausencia de motivos, cuando uno se para en el amargo camino para observar y ve todo eso, advierte que es el final. Y el nuestro lo marcábamos con trazo más grueso cada día en una pizarra vieja que ponía la carne de gallina y producía dentera al pasar sobre ella la puta tiza que rechinaba.

Quedaban brasas de celos y resquemores que saldrían a colación muchas más veces de las aceptables para la buena salud mental, además de crearnos otros muchos nuevos argumentos de enfado. Que a ella le llamase un amigo o a mí una amiga era motivo suficiente para una discusión en toda regla. Y para echarnos en cara a sonias, myriams, narcisitos y salvavidas de clubes náuticos. No sé cómo nos lo montábamos, pero siempre acabábamos hablando con antipática rabia de nuestro pasado sexual.

El cuatrimestre y los exámenes ya habían acabado y en esa ocasión si tenía prácticas en el hospital o alguna clase por las tardes. Yo tenía tiempo para pensar, no trabajaba ni hacía nada productivo, ni mucho menos. Tenía pasta en el bolsillo pero demasiado tiempo para pensar. Para entretenerme incluso pensé en trabajar, mira tú por dónde, y entonces envié algún currículum a alguna empresa que buscaba director comercial y que no tenía en absoluto que ver con el sector vetado, pero que sólo me uniese a Galicia una mujer no era argumento sostenible para los empresarios, que querían a alguien con más garantías para puestos de tan alta alcurnia. Quizás ellos supiesen más que yo en aquellos momentos y era de conocimiento público que me quedaba poco de estar en tierra ajena.

En casa no vivíamos solos, como antes escribí. Carol y Elvira estaban con nosotros. Hasta que no acabase el curso no podríamos vivir solitos. No era cuestión de que sus niñas o nosotros buscásemos otro piso en una ciudad universitaria atestada en plenos meses de curso, algo realmente imposible e impensable, y además así el alquiler para los cuatro sería más barato. A nosotros nos sobraba la pasta, pero estaba muy preocupada por los gastos de sus amiguitas.

Así que vivimos los cuatro juntitos, no hubo vuelta de hoja. Después de exámenes, mientras ellas estaban en clase, yo me encargaba, dada mi forzada inactividad, de bastantes faenas del hogar, así como de las compras. Pero ellas llevaban tres años viviendo juntas con una serie de costumbres que variaban por mi presencia. Además de, en cierta forma, monopolizarles a Mery. Si antes disponían de muchas horas diarias para invertir en su intimidad, el estar yo allí lo impedía. Yo era una más de ellas en el momento en que dormíamos bajo el mismo techo y que mi mujer así lo quería. Pero ellas siempre me vieron como un usurpador. El egoísmo de querer a Meriña para ellas, un tipo de celos enfermizos y envidiosos, las llevó a crear nuevas formas de tortura mental y a unirse en una cruzada contra la paz casera. Parecía como si perteneciéramos a dos grupos radicales enemigos que debían llevarse bien por condiciones éticas y de buenos modos, pero que a la vez pugnaban por herir al otro, contrario a sus ideas. Israel y Palestina no estaban en Oriente Próximo durante esos meses sino muy cerca del Monte do Gozo. El terrorismo infantil estaba a la orden del día en pequeños detalles casi sin importancia pero que, sumados, eran cientos de pequeñas putadas dolorosas. El clima en el piso era tenso y Mery no me culpabilizaba abiertamente a mí, pero en su fuero interno anhelaba la situación de antaño, sobre todo con Carol, a la que estimaba en grado superlativo.

A medida que las niñas se iban imbecilizando contra nosotros, me iba sintiendo más solitario y añorante de lo que había abandonado en mi Cataluña natal. Claro, si no había buen rollo con ellas y Mery pasaba tardes entre obligaciones estudiantiles, mis carencias eran patentes y constantes. Mi estrecho círculo social gallego se veía reducido a nadie, a un puto equipo de música de mierda y a tardes enteras con un sr. Chinarro que nunca respondía a mis preguntas, agujeros sin rosquillas. Teniendo en cuenta que los padres de Mery no podían saber que vivíamos juntos y que ella los visitaba con cierta asiduidad, un fin de semana cada dos o tres semanas, resulta que quedaba completamente abandonado durante días enteros. Como un lobo solitario. Me desfogaba con la guitarra, tanto que sufríamos los dos. Se rompían sus cuerdas y mis dedos de uñas roídas, así que era común verme con tiritas en los apéndices. En todos. Y eso que procuraba no hacer demasiado ruido, por las niñas y por los vecinos. Es patético tocar una guitarra con auriculares, lamentable, triste y patético.

Los condicionantes negativos que antes iban mellando muy poco a poco, ahora iban acelerando el hundimiento de nuestro Titanic sentimental como un enorme iceberg contra el que cualquier cosa que navegase alrededor debía estrellarse inevitablemente, por muchos esfuerzos que se pusiesen en evitar el impacto. El tedio, el aburrimiento, el no tener una ocupación digna de mis aptitudes para entretenerme, el mal advenimiento incesante con Carol y Elvira, los celos, el no encontrar en Mery aquello que yo esperaba y necesitaba, etc., me abatía y ensombrecía. Apatía incesante. No obstante, aún quedaban horas de tierna alegría, de unión, de confiar en que ella seguía siendo la mujer de mi vida, pero esas horas, con cierto decrecimiento, se iban mezclando con las horas de los conflictos. Si un día me sumergía en la melancolía, al día siguiente nos sorprendía el amor más visceral y sincero. Supongo que mi pareja tenía las mismas cavilaciones y terrores que yo. Por un lado iba el no recibir lo que se necesitaba y por el otro creer que no había nada en el mundo estando separados. No sabíamos amarnos en el momento en que más sencillo hubiera sido amarnos y sobrevivir juntos en el desorden de la nada social, cuando habíamos tenido todos los puntos necesarios, incluso de sobras, para llegar a la dulce ataraxia en común.

Se me iluminó la bombilla y pensé en montar mi propio negocio en Santiago, un local de copas, evidentemente. Y le llamaremos La Bohème, qué te parece, cariño. Genial. Pasé semanas enteras buscando locales dispuestos por la buena zona de copas, leí todas las secciones de clasificados de cualquier cosa que llegase a mis manos, visité todos y cada uno de los garitos que se ofertaban, pero todo se alejaba indecentemente de mi presupuesto. La ley de la oferta y la demanda hacía que las propiedades inmobiliarias y ciertos negocios fuesen muy solicitados por motivos lógicos en aquella ciudad orientada a turistas y estudiantes con ganas de pasarlo bien. Y no se puede abrir un negocio sin tener cash para mantener meses de gastos hasta que el negocio rinda. En el Inem me pidieron que realizase un plan de empresa para poder optar a capitalizar parte de mi subvención, pero ni con eso llegaba. Y con la buena vida que siempre me había pegado no había pensado nunca en ahorrar. Con menos de 200.000 euros no iba a ningún lado, y ella no quiso explicarle a sus padres la situación para que sirvieran de avalistas para aportar ella el capital faltante en un proyecto que, hasta el momento de comentar la posibilidad paterna, le había ilusionado tanto como a mí. Ese momento de cobardía lo asimilé en silencio, pero fue peor que cualquier ofensa; a esas alturas ya no entendía todavía el miedo y el secretismo hacia sus padres. ¿Cuál era ahora mi objetivo en Santiago, si no podía hacer nada? ¿Qué negocio podía montar si me sentía totalmente aislado, sin apoyo por ninguna parte?

Muchos días fantaseé con pegarme el piro, con volver a mi hogar, con desaparecer, pero el coche en el taller me servía de argumento para quedarme, y vive dios que, entre los problemas con la aseguradora y la exclusividad del coche, la reparación se alargaba indecentemente…

3 Comentarios Estupefacientes »

  1. ganar dinero…

    Estoy totalmente de acuerdo con lo dicho,tambien existen formas de emprender tu negocio que que se explican muy bien donde indico.Veras que internet ofrece muchas posibilidades de las que se puede sacar partido,siempre y cuando te dediques a ello….

    Trackbacks por ganar dinero — 28 Febrero 2009 @ 14:11

  2. No hay nada mas anti musical que tocar un guitarra electrica que gruñe de distorción con unos putos audifonos, comprendo la frustacion de vivir como un aguila enjaulada que añora volver a volar, Joder que por unos meses dominaron al Nes libertario y Libertino

    Comentario por Mélomano♫ — 25 Agosto 2009 @ 3:21

  3. Y en esto también tengo que darte la razón. Una guitarra debe sonar por su ampli como una poseída, no por unos malditos auriculares. Debería estar prohibido que los amplis tuvieran conexión para auriculares.

    Comentario por Nes Oliver — 25 Agosto 2009 @ 6:32

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