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20 Marzo 2008

Capítulo 42 – Amores caducos – 3ª parte (…tienes que partir, muy lejos de aquí, de regreso a tu país…)

Categoría: Capítulo 42, Memorias, Novela Blog — Nes Oliver @ 3:40


De noche, recorriendo bares, reflejábamos alegría paradisiaca o enfado demoníaco, sin puntos intermedios. Juntar dos personalidades tan pasionales y viscerales como las nuestras es lo que tiene. Narcisito se percataba y daba el coñazo. En cuanto nos veía por ahí comenzaba con las series de llamadas de horario intempestivo, lo que me desquiciaba, extremadamente si estaba borracho, algo que era ya a diario… Y sin farla que aliviase heridas de lo cotidiano. Pero apareció otro personaje mediocre a enturbiar mi aparatosa existencia.

Javi era amigo de Carol. Lo conocimos una de las pocas tardes de buen ambiente con las niñas. El tipo era inteligente, hay que reconocerlo, pero feo, alopécico (sí, otro más…) y estropeado en demasía para sus treinta recién cumplidos. En cuanto vio a Mery se encaprichó de ella, cómo no, y se dedicó a intentar buscar mis defectos y hacerlos patentes ante público. De profesión funcionario de Hacienda, por ello debía ser lo de la paciencia destructiva de aquel madrileño emigrado por las bajas notas de las oposiciones. Con habilidad y maestría sacaba temas en los que yo podía nadar con total desenvoltura y demostrarle que mis capacidades estaban muy por encima de las suyas. Pero, lo que son las cosas, lo que la gente veía en esas conversaciones era a un Nes egocéntrico y desalmado que, sin miramientos, vapuleaba a alguien que no dominaba tanto los temas de su especialidad, con el propósito de erigirse como el triunfador en la feria de las vanidades. La modestia no me ha acompañado nunca. Ahora intento aprender la virtud de la humildad, pero entonces me sentía mejor que los demás, me sabía mejor que los demás, era mejor que ciertos demases, y me enfadaba mucho que un cretino pretendiese sobrepasarme, ni siquiera planteárselo. A mí nadie me cabalga las barbas. Por eso aún me cebaba más con él. Y también para pagar mis complejos de infelicidad. De alguna forma tenía que sacar toda la rabia que se me acumulaba, no quería que me provocase úlceras estomacales. Pero claro, él, más listo que yo, que no inteligente, iba de mártir por el mundo. Guerreaba con sus pocas armas, pero muy certeramente…

Pero retornando a Mery, tantas discusiones no llevaban a nada, nos separaban, nos distanciaban. En el odioso momento en que comenzó a añorar su antigua situación de soltera, empezó a achacarme la culpa de que la amistad con sus amigas no fuese como la de antaño. Son las técnicas de defensa de la mente humana para acusar a quien menos daño hace como culpable. Ella no podía autoinculparse, y cualquier juicio contra sus amigas, por otra parte totalmente objetivo, hubiera sido dramático para poder retomar la amistad. Está claro que esto me pesaba. Sobre mí colgaba la katana del hilo de la sinrazón y el agobio y las esperanzas se agotaban por inanición.

Una noche, en un pequeño concierto de un grupito de Blues, conseguí meterme una raya. Cada tres o cuatro temas, los tañedores de la guitarra y la armónica escapaban juntos al baño, para regresar con alucinante electrificación y con las facciones tensadas. Al tercer viaje me fui tras ellos. Mientras estaban encerrados en uno de los baños, escuché las potentes aspiraciones. Se me hizo la nariz agua. Si antes no había tenido dudas de la adicción de los jóvenes músicos, ya estaban todas las pruebas sobre la taza del váter. Advertí que con los restos que dejaron de polvo podía materializar un nada despreciable y suculento rayote para mí. Y lo hice. La euforia se apoderó de mi ser después de muchas semanas sin probar la rica sustancia ilegal y hasta el estado del humor se me transfiguró. De las pocas noches cercanas al fin en que disfrutamos y nos divertimos juntos. Para mí representó una pequeña alegría, un dulce entre tanta hiel, un a-tomar-por-culo-todo y que esta noche sea lo que dios quiera que sea, porque ya veo que mi puta capacidad para decidir no vale una puta mierda.

Pero el fin estaba escrito, quizás oculto por el Mar Muerto y en alfabeto fallecido e indescifrable, pero escrito. La última vez en que nos acostamos juntos, la postrera vez en que hicimos el amor, fue un 30 de abril. Aquel treinta de abril lo recuerdo perfectamente, aquella víspera de la fiesta del trabajador. Hacía dos días que debíamos haber renovado los votos matrimoniales, y el no haberlo realizado era señalador de la muerte de nuestra conjunción. El no actualizarlos era la aceptación de esperar a que la agonía acabase desangrándonos con el mínimo dolor posible, acostumbrados como ya estábamos a él. Ya sin batalla, sin luces en los ambulatorios, sin salas de espera en las urgencias hospitalarias, sin nitroglicerina para los infartos, sin adrenalina para las sobredosis… Aquella tarde hicimos el amor entre sollozos, me mojó con su llanto, me empapó de su frustración. ¿Por qué la última vez en que he gozado la carne de las mujeres imprescindibles de mi vida ellas han terminado llorando? Con lo bonito que sería que perdurase el orgasmo, o el cuerpo sensual, desnudo, entregado. Pues no, resiste impresa la desesperación del anticipo de sobrevenir los títulos de crédito, me cago en Dios…

- Esto no puede seguir así por más tiempo -, me decía secándose densos chorros de lava de los lagrimales -. Ya no te siento como antes, Nes, con lo que llegado a sentir por ti. Estás matándome poco a poco y arruinando mi vida. Apenas me quedan cosas propias de mi etapa anterior a ti. Deberías llenarme con lo que has podido llegar a aportarme, y no haces más que vaciarme, secarme, evaporarme. Me has hecho muy feliz siempre que me has dado tu interior, cariño, pero ya hace tiempo que olvidaste que tienes que cuidarme como yo intento hacerlo contigo. No estoy dispuesta a llorar más por tonterías, ¿de acuerdo? O vuelve a ser todo como antes o lo dejamos… o me moriré… o me moriré…

¡Qué cuchilladas en la aorta me propinaba cuándo utilizaba la muerte para metaforizar nuestro desastre bipartito! Tanto como cuando en los broncazos me relataba el horror de la violación para hacerme sentir fatal. No sabía qué hacer. Yo pensaba lo mismo, pero culpabilizándola a ella, claro. Nuevamente la estancia del coche en el taller me frenó de perder el oremus y borrar todo de un guantazo, de un terrible hostión que le daría a cualquiera para aplacar mi ira. Decidí entonces mantener la calma, serenarme. Una vez conseguido el reto, volví a poner los píes en tierra y cambió mi actitud por una mucho más amorosa. Si yo la amaba, si yo la necesitaba a mi lado, ¿por qué cojones la destruía sin piedad cada vez que surgía cualquier historia que no me gustase, independientemente de que fuese culpa suya o no?

Fuimos a cenar y nos prodigamos en cientos de arrumacos de cariño. El alcohol nos fue aromatizando de sus particulares efectos. En el antro de Carliños la cosa iba de fenómenos hasta que apareció Javier. Venía solo. Sin ningún tipo de permiso se sentaron en nuestra mesa él y su amabilidad. Se podía haber metido su sonrisa y la silla en el culo y sentarse bien lejos, o irse a tocar las pelotas a Groenlandia o a descapullar pingüinos, pero no, tuvo que llegar a alterar mi forzada parsimonia. Nos invitó a su casa (no vivía muy lejos) a fumar unos porros, y aunque yo no quería ir, me bajé del orgullo de crío de pañal para no darle otro disgusto a mi pareja, aunque hubiera sido mejor dárselo, visto lo que nos habría de acontecer. Eso creo. Como nunca se me dio bien lo de leer los posos del café y tardo siglos en leer las cartas del Tarot, no sabía que esa noche era de las que deciden la historia de la humanidad. Por lo menos nuestra historia singularmente humana. Y el I Ching hay que interpretarlo, con la simple lectura no se saca nada en claro.

Intuitivo y con las miras bien puestas en lo que quería conseguir, es decir, en Mery, el puto Javier se puso a monologar, dando un sermón eclesiástico sobre los deberes de los cónyuges, y que si no se es dichoso con una persona es mejor rendirse y esperar a encontrar a otra, que de seguro será mejor, y que normalmente está más cerca de lo que uno piensa. Era muy fácil adivinar en nuestras caras que habíamos discutido. Más fácil leer en la suya que el tostón iba dirigido a nosotros. Mis arterias cargadas de veneno destilado comenzaron a fabricar testosterona para disponerme a saltar a su yugular en el momento en que sonó Calle Melancolía, una de las canciones preferidas de Mery y que el muy hijo de puta había puesto porque lo sabía por una charla de días anteriores. Hizo sonar la canción como intento subliminal de ganarse a mi Meriña. Me sacó de todos los quicios habidos y por haber.

- Claro, si ella no es feliz conmigo que me deje, claro… ¿Para qué, cabronazo de mierda, para qué? ¿Para acabar con alguien que está más cerca de lo que ella imagina, alguien que sea mejor? ¿Contigo quizá? - Mery me pedía que parase, que dejase de chillar, que nos fuéramos, con una mezcla de odio, repugnancia, pena y vergüenza. Pero la presión esquizoide y paranoica pudo más que yo, y a pesar de creer a píes juntillas en la no-violencia, agarré a Javier del cuello -. No tienes huevos a dar la cara. Ya sé que estás loco por ella, imbécil, se te ve en la mirada de pervertido que pones cada vez que la miras, cada vez que la desnudas con los ojos. Pero da la cara y no vayas jodiendo mi relación por lo bajo. Sería capaz de matarte, mamón, sería capaz de matarte ahora mismo, joputa… - y levanté el puño amenazadoramente. Mery berreaba y mi acobardado contrincante también. Desperté como de un sueño y fui entonces consciente de lo que estaba a punto de hacer. Solté un puñetazo, pero en el último momento pude variar su trayectoria para que fuese a estrellarse contra la pared. Tanta tensión muscular prohibió a los centros del dolor actuar por el momento. Preso de la locura transitoria lo hubiera asesinado.

Lo liberé antes de ahogarlo y, llorando esa vez yo, cogí mi chaqueta y salí corriendo a la calle. Paré un taxi y le indiqué la dirección de casa para que me llevase. No quise esperarla. Me debería haber dado el gustazo de pegarle a alguien por primera vez en mi vida, pero mira tú por dónde. La pobre pared no me debía nada. Menos aún mis nudillos y escafoides…

4 Comentarios Estupefacientes »

  1. Me gusta… mucho…

    Comentario por D encubierta — 20 Marzo 2008 @ 8:15

  2. Hoy soy incapaz de seguir coherentemente la lectura, pero con el tçitulo me basta. Y será un hasta nunca.

    Comentario por Ana — 20 Marzo 2008 @ 14:23

  3. Pues D encubierta, me alegra… mucho… que te guste… mucho… Pero no dejes de pasarte por aquí ahora que parece que esto está a punto de acabar, porque no ha hecho nada más que empezar. Tengo cuerda para rato, juajuajuá…

    Que pases una feliz Semana Santa!

    Comentario por Nes — 20 Marzo 2008 @ 17:05

  4. Ay, Ana, a mí también me cuesta leer hoy coherentemente… Imagino que lo que quieres decir es que el título del capítulo te dice que llega el acabose, ¿no? Quedan sólo dos entradas más para que esta primera parte de la novela acabe y desde las dedicatorias se habla de ello, jejejé…
    No obstante, tu comentario también lo puedo interpretar como que has llegado a este post de no-se-qué-extraña-forma y el título en sí de la novela no ta ha gustado y no vas a volver a nunca más por aquí… Estoy muy espeso, ayyyyy…

    No obstante, sea lo que sea, te deseo unas felices mini-vacaciones de Semana Santa…

    Comentario por Nes — 20 Marzo 2008 @ 17:05

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