Novela Blog, Blog Novela, novelablog, blognovela

15 Enero 2008

Capítulo 2 - Mery - 1ª parte (…no tengas miedo de perderte, no…)

Categoría: Memorias, 2º Capítulo, Novela Blog — Nes Oliver @ 3:11



Mery. No sé porqué pero desde hace un tiempo te paseas espontáneamente por mis recuerdos. Quizás una canción que escuché cualquier día sin darme cuenta; quizás una frase que tuvo relación contigo; quizás que no hace mucho leí una de tus cartas. Los caminos que llevan a las impresiones almacenadas son extraños e inescrutables, como los del Señor. El hecho es que tantos días pensando en ti me han llevado finalmente a decidir que tú debes ser la gran protagonista de la parte del pasado del primer volumen de mis escritos. Por algo has sido una de las personas más importantes en mi vida y, a nivel de pareja, la única mujer que supo hacer que desease vivir con ella, compartir todos mis días y mis noches, toda mi vida. Por lo menos esa fue la intención.

Mery. Mi pequeña niña triste y melancólica, tan delicada de salud. Mi preciosidad de dibujos animados japoneses, de largos cabellos rubios, dorados, de inmensos y bellos ojos verdes. Verdes como con pequeñas perlas azules y grises que variaban de color dependiendo del día, como el violento Cantábrico o el Atlántico de tu no menos bella tierra galega, de mi amada Galicia. Con aquel acento no escondías de donde provenías, más aún, lo exaltabas con tremendo orgullo. Soy gallegona, decías con el desparpajo que sólo pueden tener las mujeres guapas, inteligentes y extrovertidas como tú, seguras de que son guapas, inteligentes y extrovertidas. Con una bella voz que ponía a prueba todas mis sensibilidades, cada vez que me susurrabas al oído. Alta, con el cuerpo que deben tener las diosas del Paraíso de la religión más sexual que exista. Los labios carnosos. Cómo me gustaste la primera vez que te vi y cómo no pude menos que rendirme a tu belleza y a tus encantos, que nunca fueron pocos…

Recuerdo una época de mi vida en que tanto os bicos como els petons eran besos que nos dábamos en un Hotel de California, ¿o fue en Santiago de Compostela? Sí, hombre, sí, cuando Metallica cantaba para nosotros y no había nada más que importase y Apocalliptica versionaba nuestro sentimiento con cuatro violonchelos, también para nuestro deleite. Una época en que fui deliciosamente feliz, una época en que los dos fuimos ociosamente felices. Una época en la que el mundo moría en llamaradas y nosotros huíamos cogidos de la mano y el único fuego que nos incendiaba era el de nuestras miradas. Aunque después llegaran tiempos en que ambos seríamos dolorosamente desgraciados, desdichados en una unión que nos despeñó por los barrancos de nuestras miserias. En una separación propiciada por ambos. Y eso que éramos el uno para el otro y eso que vivíamos el uno para el otro y eso que el I Ching había dictaminado que seríamos por siempre uno.

¿Recuerdas cómo nos conocimos? Te conocí como se conoce a todas las personas en esta vida, de pura casualidad. Pero de una pura casualidad mística, misteriosa. Y es que es caprichoso el azar… Voy a explicar yo como fue, si me permites que cuente a los lectores la historia. ¿Sí? Pues vamos allá.

Me acosté un sábado, concretamente el 15 de enero de 2000, con el milenio hacía poco estrenado. Al día siguiente debía recorrer mil y pico largos kilómetros por motivos laborales. Tocaba trabajar durante dos semanas en Santiago de Compostela. Entonces me ganaba la vida como comercial de una multinacional noruega asociada a la primera empresa catalana dentro del sector publicitario, visitando a profesionales y empresas con el objetivo de contratarles y crearles publicidad en toda una serie de guías telefónicas locales (siempre en localidades con una cierta importancia). En aquellos días la única competencia era Páginas Amarillas y QDQ. El negocio necesitaba de buenos vendedores y yo era uno de los mejores, modestia aparte. En Santiago, la Jefe de Oficina Comercial había tenido problemas con ciertos empleados y había acabado por quedarse con un muy reducido grupo. Necesitaba apoyo, y allá nos enviaron a David (alias Uannai por no recuerdo qué tontería y también alias El Boig de la ciutat, en castellano El Loco de la ciudad, por una canción de Sopa de Cabra; os podéis imaginar, con ese mote como era mi amigo y compañero), a Alfonso y a mí. Nos mandaron previa consulta, claro está. Corrijo: nos lo comentaron y nos ofrecimos voluntarios. Yo estaba un poco hasta los huevos de Barcelona, de mi pareja, de todo, y necesitaba un cambio de aires, por lo que la opción me venía como anillo al dedo. A Myriam, novia entonces, le conté que me enviaban a Santiago obligado. Me creyó.

Esa noche dormí con ella. Hicimos el amor, yo con ligera desidia. Cansado de la relación. Cigarro y a dormir, mañana tengo un viaje larguísimo que hacer en coche. Yo dos semanas de morirme por tu lejanía, Nes. Le esperaban sufrimientos.

Soñé con Salvador Dalí. Lo recuerdo nítidamente, con lo difícil que es recordar así, con tanta luminosidad, un sueño. La fantasía poseía un realismo sorprendente. El artista y yo andábamos juntos de copas, borrachos ya, cogidos de los hombros en pleno ardor fraternal, en actitud ebria de la dulce exaltación de la amistad, paseando por la Calle de los Borrachos de Girona. Que yo te quiero mucho. Y yo a ti más. Qué va, yo mucho más. Esto en catalán, claro. A veces tengo hasta sueños bilingües. En estas, Salvador Dalí, cerrando sus dedos y haciendo dos círculos con pulgares e índices, los colocó delante de sus ojos, a modo de improvisados y falsos prismáticos. Y observó los alrededores, envuelto en un aura de misterio. Parecía que buscaba algo o alguien en concreto. Después de unos minutos de mirar a través de sus dedos me dijo que estaba viendo a mi mujer.

- Si ya sabes que no estoy casado, Salva.

- ¿No? Pues entonces, ¿a quién estoy viendo ahora mismo, mentecato? Recuerda a Nietzsche. ¡Esta vida ya la viviste!

Entendí que se refería a la Teoría del Eterno Retorno y seguí pendiente de él, pendiente de lo que pudiese hacer o decir, sumido en la curiosidad en la que me sumían sus extravagancias, porque yo tenía plena consciencia de ser amigos desde hacía eternidades. Colocó sus improvisados prismáticos en mis ojos y entonces vi una figura en la lejanía. ¡Vaya, y yo que me reía! Si resultaba que eran prismáticos más reales que los que usaba mi padre para ver un trozo de una curva del Circuito de Montmeló desde el balcón de su casa y no pagar la entrada al circuito. Advertí entonces que la figura estaba pintando un cuadro. El cuadro yo no lo veía, pero tenía la clara certeza que era un Matisse. No sé porqué, pero yo lo sabía. De ella sólo vi que era rubia, de cabello larguísimo, y que a pesar de la distancia parecía extraordinariamente guapa. Dalí me arrancó del trance con un “¡Ei!”. Abrí la mano para aguantar al surrealista una cámara de fotos que me acercaba, una cámara con forma de cráneo humano muy pequeño, reducido, y volviendo a poner los dedos en posición prismáticos, me dijo que ya que ella pintaba, yo le fotografiase a él, al gran pintor. Mira a través de los ojos, que son el objetivo, me informó. Le hice la foto de pose y… Punto y final. Se acabó. Sonaba el despertador. Siempre he odiado los despertadores. ¿Lo he contado antes, no? Son antinaturales, y a ciencia cierta dañinos para la salud nerviosa. Millones de depresiones, alteraciones psico-nerviosas y problemas coronarios son producidos por los malditos despertadores. Deberían llevar etiquetas informando de lo perjudiciales que son para la salud, y no el tabaco, coño.

Con todo el malestar, el odio y la rabia que la visceralidad más negativa de un despertar violentado puede crear en mí, salté a la ducha, me duché (evidentemente), me calmé, me sequé, me vestí y me despedí de Myriam y de sus alucinantes vaticinios.

- Seguro que conocerás a alguien y me serás infiel - me reventaba cuando se ponía tan mártir.

- ¿Cómo puedes pensar eso de mí? ¿Esa es la confianza que me tienes…? Anda cuídate mucho estos días. Prometo llamarte mil veces diarias. Sigue durmiendo, que aún es pronto. No olvides cuánto te amo.

La besé y salí de su casa, dirigiéndome primero a mi hogar, donde había quedado con David El Loco para que me llevase la maleta. En mi flamante Mazda MX-5 rojo no cabía. Son los inconvenientes de conducir un deportivo descapotable biplaza (roadsteers se les llama): la falta de espacio. Más para una Samsonite de talla gigante para almacenar ropa para muchas jornadas.

Así que, cada uno con su coche, iniciamos el viaje. Nos pagaban todos los kilómetros a recorrer, no solo el del viaje, no, se incluía además el que se efectuase trabajando, a 30 de las pesetas de entonces (unos 18 céntimos de euro, aunque metimos como gastos uno 1.500 kilómetros, cuando no llegaba la distancia a 1.100); más peajes y unas suculentas dietas de 4.000 pesetas diarias (24 €), y claro, el hotel. Además de un plus de 60.000 pesetas (360 €) por vivir tan lejos de casa. Todo sin contar nuestro sueldo y las comisiones que generásemos, que podían ser muchas. Se anticipaban unos días de vivir a cuerpo de rey a costa de la empresa, de salir mucho y de trabajar poco. Días de vino y rosas.

David y yo teníamos más o menos la misma edad (la seguimos teniendo) y las mismas ganas de juerga. Después de más de medio año compartiendo salidas nocturnas en las ciudades donde hasta ahora habíamos vivido por el trabajo (Benalmádena, Girona y Olot), tanto él como yo teníamos bien claro que escogeríamos los justos clientes para hacer ventas suficientes, y rellenaríamos los reportes de actividad con visitas ficticias para hacer ver que habíamos trabajado mucho más, como cabrones. Cuando vendes por encima de los límites de los objetivos nadie comprueba tu reporte, pero quedas genial si además lo tienes bien repleto de visitas. Aunque repito, lo que realmente cuenta son las cifras, el beneficio que se proporciona a la empresa.

Durante gran parte del viaje hablé con Myriam por teléfono. Casi todas las veces era ella la que me llamaba. Bueno, mejor dicho, me hacía llamadas perdidas para que yo la llamase: mi móvil era de empresa y de esa forma salían gratuitas las conexiones.

Ya hacía unos meses que no era feliz a su lado. Me faltaba algo. Y me sobraban celos, lazos de posesión, intentos de control… por su parte. Sobraba también mi maldito y jodido sentimiento de culpabilidad, que hacía que me sintiese fatal; padecía remordimientos de conciencia por no quererla como ella me quería a mí, como ella merecía que la quisiese, como yo creía que ella merecía que la quisiese después de lo que habíamos sido el uno para el otro. Y sin embargo no podía quererla así, pero me sentía, de alguna inexplicable y muy dolorosa manera, en deuda con ella. Sí, ya sé: entonces estaba muy confundido. De los errores se aprende. Bueno, dicen que en eso consiste el madurar.

Después de unas once horas y casi mil doscientos kilómetros, llegamos a la lluviosa y fría Galicia, a Santiago. Sin dar excesivas vueltas por la ciudad, suerte, encontramos nuestro hotel, situado en Área Central, una enorme macrosuperficie comercial donde también había viviendas. En el dos mil era el único en toda España de ese estilo. Y uno de los más grandes de Europa. Una veintena de edificios que como vistas, creedme, tenían la sección de congelados de Alcampo. O las luces de los multicines. O la tintorería… Nunca vi nada parecido.

Aparqué la maleta en la habitación y guardé la ropa en los armarios para que no se arrugase más de lo que ya estaba. En recepción nos dijeron que Alfonso había llegado poco antes que nosotros y fuimos a buscarle a su cuarto.

Alfonso. Siempre impecablemente vestido, pañuelo al cuello y gemelos, con su enorme BMW que había embargado a un antiguo cliente moroso, era la viva imagen del caballero educado y complaciente, del dandy maduro. Alto y aún con cierto atractivo, tenía todo el interés de una persona cercana a los sesenta años. Era de la antigua escuela de las ventas, y posiblemente la persona con menos vergüenza que jamás me eché a la cara. Gallego de nacimiento, había hecho el camino por su cuenta, a su ritmo, aprovechando el fin de semana entero para visitar familiares en un pueblo de la costa lucense.

Buscamos dónde cenar, pero siendo casi las doce quedaba poco más abierto que Mc. Donald’s. De tripas corazón. En aquel entonces mi estómago, no obstante, era mucho menos selectivo y mucho más fuerte, por descontado. Hoy, dependiendo del día, sé que cualquier especialidad de fast-food puede destrozarme la digestión en un santiamén.

Ya ingeríamos colesterol en dosis dañinas cuando cuatro chicas se sentaron justo en la mesa de enfrente. Una de ellas, obvio, era Mery. No hay emoción que valga todavía, querido lector. Yo estaba de espaldas, pero un chispazo intuitivo en lo más recóndito de la parte más antigua de mi cerebro me obligó a girarme involuntariamente, sin capacidad propia para haberlo decidido de antemano. El espíritu guió al cuerpo para que pudiese contemplarla. Gracias a aquella fuerza primitiva y espiritual que me hizo volverme hacia ella, la vi. Un estruendo al corazón, latidos a cámara lenta. ¿Qué hubiera sido mi futuro sin ese apabullamiento extrasensorial?

Posiblemente la mujer más bella que hasta aquel momento hubiera admirado. Mejor aún. Decía Kandinsky (¿seguro que fue él?) que lo bello es bello-para-mí, o sea, que subjetivo, que cada uno encontrará bello lo que él sienta como bello; lo sublime es bello-en-sí, porque su belleza es tal que objetiva, es belleza para todos, universal. Con esto quiero decir que Mery despuntaba por una belleza sublime; nadie, por hombre muy avezado en las lindes amatorias que se creyese, sería capaz ni por una fracción de segundo de pensar que no era sublimemente bellísima. Preciosísima. Una belleza salvaje, felina, vital, enérgica, exótica, electrizante. Irremediablemente quedé prendado de ella. Inevitablemente.

Comentaban sobre una película que habían ido a ver en los multicines del Centro Comercial, pero no llegaron a la sesión por cuestión de horarios de las sesiones. Como nosotros, acabaron en la hamburguesería. Vislumbro en mis archivos de memoria como sonreía (¡Dios, que sonrisa!, pensaba yo para mis adentros), y que su mirada era impactante (¡Dios, que ojos!, ¡que mirada!). Decidí que aquellos jugosos y carnosos labios (¡Dios, que labios!) tenían que ser besados por los míos. Y surgió una casual confusión que nos llevó a conocernos…

Nadie ha dejado sus estupefacientes »

Aún no hay comentarios.

Suscripción RSS a los comentarios de la entrada. | TrackBack URI

Deje un comentario

Me encantaría saber qué opinas, pero no te flipes con insultos, spam, contenidos promocionales o ilegales, o me veré obligado a borrar tu comentario, darte un par de collejas, placa, placa y eructar en tu oído canciones de Camilo Sesto... Además, está explícitamente prohibido hablar mal de cualquier madre (incluso de la mía), mentir exclamando que la tienes más grande que yo, y/o utilizar este espacio para hacer "trapis", discernir sobre los errores ontológicos de la Biblia o la sífilis de Nietzsche y/o anunciar tus servicios sexuales. Y por supuesto, escribir en lenguaje de SMS, ¡que esto es un blog, no un Nokia, hostias!

XHTML (Utiliza algo de html si te sale de las narices):
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <code> <em> <i> <strike> <strong> .