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18 Enero 2008

Capítulo 4. Mery y Compostela - 1ª parte (…he de encontrar una senda que me lleve a un lugar…)

Categoría: Memorias, 4º Capítulo, Novela Blog — Nes Oliver @ 3:35



Prosigamos conjugando en pretérito, que hoy estoy harto de sandeces y falta algo de amor. Sí bemol. Lunes 17 de enero de 2000. Después de dormir no creo que llegase a una hora, ducha fugaz, desayuno, y agobiante encierro en una de las salas del hotel con la Jefe de Zona y sus comerciales. Ninguno de ellos vivía en Santiago de Compostela (la oficina gallega se hallaba en Vigo) y como no era cuestión de conducir todos los días cien kilómetros de ida y otros cien de vuelta, “vivían” todos con nosotros en el mismo hotel. De oficina utilizábamos una de las salas de reuniones, que para los pocos que éramos ya bastaba.

A la jefa, Sonia no-se-qué-apellido-gallego-de-aldea, ya la conocíamos de una convención de tres días celebrada en Conil de la Frontera, Cádiz, a finales del octubre anterior. Tenía la fama que su más que impactante y deseable físico y su cara de viciosa argumentaban. Fama de devora-hombres, claro está. Se suele poner famas a las personas sin apenas argumentos, pero con Sonia los comentarios tenían tintes de ser verídicos. Ya se sabe que a veces cuando el río suena… Recuerdo verla bailar con minifalda y sin bragas (bello espectáculo, por cierto) durante el transcurso de alguna de las juergas de alguna de esas convenciones, mientras uno de mis compañeros perdía los papeles con semejante declaración de principios a mi oído tras vislumbrar la ausencia de ropa interior:

- Madre de Dios, si no fuese una de las jefas, si no fuese uno de los peces gordos… ¡Lo que intentaría…! Esta noche me la follaba. Si es que va sin bragas, la muy puta. ¡Será zorrón! ¡Será calientapollas! ¡Le iba a dar yo, joder, le iba a dar yo! ¡Ay, qué a gusto me la follaba!

- Sí, claro. Si no fuese uno de los peces gordos… - dándole la razón como a los tontos. En realidad mi cabeza pensaba otra frase: ¡Imbécil, mírala y mírate! Aunque no fuese una de los jefes, ella tampoco querría nada contigo. Y apestas a alcohol, capullo…

A buen seguro que alguno lo intentaría. Pero no aquel baboso. Quizás otro de los peces gordos, quizás J., nuestro Jefe de Ventas. Al hombre, esto lo he podido comprobar a lo largo de mi bagaje personal y profesional, le suele intimidar una mujer con más poder que él mismo. Sin embargo, a la mujer le suele gustar, le da morbo. Ya pude dar buena cuenta de ello cuando también llegué a ser Jefe de Oficina Comercial, año y poco más tarde. Por los excelentes resultados se hablaba de mí en las diferentes Delegaciones. En el ámbito comercial se lleva mucho eso de:

- Mirad los resultados que ha conseguido Fulanito, de la provincia X. Se va a llevar este mes un pastón de la hostia. Y es el cuarto mes que lo hace. Ah, si él lo hace, también puede hacerlo cualquiera de vosotros.

Y te pican con estas cosas. Y hacen las listas de los mejores vendedores y la de los mejores jefes, y hacen que te piques todavía más, porque tú quieres salir en ella. Lavados de cerebro del mundillo comercial. Pero bueno, en mi pasado fui uno de esos ejemplos. Con diferencia el jefe más joven de toda España. Y de los más jóvenes del total de los más de trescientos y pico trabajadores. Las comerciales más jovencitas rondaban mi edad. Querían conocerme y yo dejarme conocer. Aunque digan que no hay que mezclar el trabajo y el placer y se reciten refranes de ollas y miembros viriles que no conjugan, a veces es inevitable.

Pero volvamos a enero de 2000. Nos encerramos en la pseudo-oficina y Sonia hizo las oportunas presentaciones. Únicamente tres comerciales. Dos tíos que además de novatos, así serían, pasaron totalmente inadvertidos a mi memoria. Ni los visualizo. Nada. Unos don nadie con los que poca relación tuve aquellos días; si los volviese a ver, aunque me torturasen para sonsacarme si los conocía, a buen seguro acabarían con mi vida porque sería incapaz de soltar prenda. La chica era una mujer de treinta y pocos, venezolana y loca como ella sola, de cuyo nombre, a pesar del buen rollo no consigo acordarme. La llamaré Srta. X. por poder denominarla de alguna forma. También estaba Alfonso, pero él siempre iba a lo suyo.

David y yo, cada uno con sus cosas pero en perfecta sintonización bipartita, preparamos los planos de la ciudad, listados de clientes potenciales y situación de estos. (Los potenciales en nuestro argot eran los profesionales que aún no eran clientes; nuestra misión era que entrasen a formar parte de la cartera de clientes de la empresa, es decir, venderles cualquier inserción publicitaria en nuestras guías telefónicas).

Efectuamos decenas de llamadas para concertar citas. La estrategia Nes-David era concertarlas a partir de las diez de la mañana, así podíamos quedarnos en el hotel simulando hacer llamadas y preparar papeleo sin que resultase excesivamente sospechoso el aprovechar un rato más de sueño. La segunda parte del plan era visitar el máximo número posible de clientes potenciales entre las diez y la una y, tercera parte, asegurarnos de volver con un contrato superior a las 60000 pesetas (360€), que era nuestro objetivo diario de entonces. Si hacíamos ventas por encima de esa cantidad o más de un contrato, lo guardábamos para otro día para disponer siempre de un comodín escondido. Por la tarde se debían concertar citas, nuestro horario de trabajo así lo exigía, pero nosotros sólo lo haríamos entre las cuatro y las seis como mucho. Eso si lo hacíamos, porque si habíamos vendido de sobras durante la mañana seguramente pospondríamos esas entrevistas para el día siguiente con cualquier excusa, una avería del coche, un gran retraso, el accidente de un compañero, una enfermedad repentina o una falsa entrevista con posibilidades de gran venta pero en una siguiente visita con otros ficticios socios. Si era necesario dejábamos colgados a los posibles clientes con los que nos habíamos citado. Teníamos ensayado un atractivo arsenal de excusas preparadas y argumentadas para saltarnos citas concertadas a placer y reconcertarlas para otro día sin enfados de los potenciales. El trabajo, con una pizca de suerte y otra de profesionalidad, permitía bastante tiempo para uno mismo. Verdad es que, eso sí, lejos de casa. En mi caso era perfecto, me sentía libre, con dinero y con ganas de divertirme sin una novia coñazo controlándome.

Durante la mañana llamé a Myriam, acompañado de un asfixiante sentimiento de culpabilidad, sentando ya las bases de una coartada para evitar la consabida llamada nocturna: esa noche la jefa y los compañeros nos habían preparado una cena de bienvenida. Maldita la gracia que me hacía, pero debía asistir. Convincente. Esa mentirijilla me aseguraba unas horas de cierta tranquilidad sin tener que estar excesivamente pendiente del dichoso Nokia rojo.

Aquella tarde salimos un rato, más que a vender a centrarnos un poco en cada una de nuestras zonas. Aprender a llegar conduciendo y situar las calles (aún no teníamos GPS). Es, en principio, una pérdida de tiempo, pero luego se ve recompensada por la mejor organización del tiempo laboral. Pero claro, finalmente, resultado del día: ¡0! Nuestro objetivo, por tanto, ya no era de 60000 pelas, sino de 66667 (400,68€). Se nos había olvidado contar con ello. Primera jornada totalmente improductiva. No era para morirse pero se nos ponía un poquito más cuesta arriba. De peores plazas de toros nos habían sacado a hombros.

Hacia las cinco recibí el acuse de recibo del mensaje de la madrugada, lo que significaba que Mery había encendido el móvil. No era cuestión de llamar corriendo, se notarían las enormes ansias de hablar con ella que me asaltaban. Minutos después, con gran sorpresa, recibí un mensaje de texto suyo, que no olvidase que teníamos una cita muy importante esa noche, que no era con un cliente y que iría al mercado a comprar marisco para la cena. ¡Umh! Con lo que a mí me gusta el marisco. Y hablamos del gallego, el mejor del mundo. Ahora ya tenía oportunidad para llamar, ella ya había hecho por contactar conmigo. Y claro, rebusqué en la agenda su sencillo número. Mery, seis-siete-seis…

- Buenos días, ¿ya te levantaste? - Tono de voz muy edulcorado.

- Sí, claro, por supuesto; y hace ya rato -. No tenía voz de dormida. Sí de caramelo a través de las ondas digitales. Esta era la primera de las millones de veces que hablaríamos por teléfono.

- Yo estoy destruido, ni te lo imaginas. Apenas he dormido una hora. Y el día laboral ha sido sufrido. Pero tranquila, que esta noche no nos lo perdemos.

- ¿Estás con David? -. La voz hizo que sospechase que mi amigo había hecho de las suyas.

- No, estoy solo. Quedamos en llamarnos luego. Yo estoy ahora de observación por mi zona de trabajo, para conocerme las calles y no perder tanto tiempo. Él andará haciendo lo mismo.

- ¡Ah! Nada, nada. Es que cuando encendí el móvil tenía un mensaje tuyo, pero cinco o seis suyos. Parece que quiere algo conmigo, pero yo no con él.- Mi amigo y compañero anhelaba lo mismo que yo, ya estaba claro. No debía preocuparme, ella lo había eliminado directamente de la lucha. Mi camino seguía abierto. Por cierto, ¿cómo coño había conseguido el número el mamonazo? En realidad no me importaba demasiado, no. Me sobraba la humanidad imaginándola en mis brazos. Aquella voz me enganchaba, me hipnotizaba, me evadía de todo, me hacía olvidarlo todo.

La conversación se prolongó durante hora y pico, charlando sobre música (una enamorada como yo y con gustos semejantes), de arte (¡fascinante! dominaba bastante, sobretodo de pintura; ¿su pintor preferido?, Dalí, toma ya), y no sé, de muchísimas cosas. Podía hablar con ella de cualquier tema. Creo que tuve que utilizar la llamada en espera bastantes veces, tanto por llamadas de clientes de Catalunya, como por mi jefe desde Badalona, como por la jefa gallega, como por David, con el que finalmente quedé sobre las siete en el hotel para tomar café, comprar el vino y arreglarnos para la cita. Mery aguardaba al otro lado de la línea móvil a que finalizase todas las conversaciones. Me encantaba, me gustaba, cada vez más, cada vez más… Más y más por momentos… Por momentos. La caída pierde altura por momentos. Y las atracciones ganan terreno. Más en los espacios cortos.

Me despedí de ella conduciendo camino al hotel. Sí, ya sé que puede ser motivo de multa, pero no por ello iba a cortar la voz de ángel del otro lado. Fui a buscar a El Loco para tomar el café restaurador prometido. Un sorbo y entramos en el Alcampo de Área Central a comprar tres botellas de un buen vino del Penedés (no doy para tanto, ¿era Blanc Pescador?), y volando cada uno a su dormitorio a intentar resucitar bajo el chorro de agua calentita de la ducha reparadora, aunque no viniese Cristo a decirme Nes, dúchate y anda…

Cambié el traje del trabajo por una vestimenta más acorde a mi estilo hippie-pijo, conjuntado con pelo largo y barba siempre perfectamente recortada, como de cuatro días. Tejanos, botas y camiseta ajustada negra de manga larga. No por marcar, porque soy delgado, sino más bien por comodidad. Odio la ropa ancha, quizás por eso odie el hip-hop, las gorras, los monopatines y las pintadas. Como el sol se había ocultado podía dejar sobre la mesilla las pequeñas gafas de sol Armani de vidrios azulados. Demasiada poca ropa para el frío que puede llegar a hacer en Santiago en invierno, pensé. Pero me siento atrapado si llevo muchas mangas; imagino que soy una cebolla con tantas pieles. Opté por ponerme el chaquetón largo de piel negra. Sería lo que me resguardaría del frío glacial.

David, impaciente, apareció en mi habitación metiéndome prisa obsesiva. Como luego se profetizaba el ir de copas, y en total sumábamos seis personas, llevamos los dos coches.

De camino telefoneé a Myriam. Estaba excesivamente triste. Su percepción extrasensorial le avisaba de que, aunque todo era creíble y hasta lógico, no debía fiarse. Me hizo prometer mil veces que no le sería infiel y que llegaría prontísimo.

- Cariño, estoy cansado, no aguantaré mucho. Si no tengo ni putas ganas de asistir a esa cena, no creas. En cuanto pueda me largo a dormir.

No quiso colgar sin antes hacerme prometer que llegase a la hora que llegase la llamaría para que se quedase tranquila. No era un afán de preocupación lo que la movía, más bien el de tener la certeza de lo que hacía tan lejos de ella. Para ello utilizaba el que si yo la quería no querría preocuparla, por lo tanto llegaría pronto y le sería fiel, además de llamarla para avisarla de que ya no tenía nada que temer, que estaba sano y salvo, y sexualmente limpio. Si en aquella época hubiesen existido teléfonos con videoconferencia me las hubiese hecho pasar canutas. Menos mal que nunca se le ocurrió hacerme llamarla desde ningún hotel para asegurarse. Supongo que se imaginaría mi negativa ante tan vil y ruin desconfianza. Si no se pasaba exigiendo, su entendimiento le decía que lo que me pidiese podía pasar por eso, por preocupación, y no por celos o desconfianza…

- Pero te despertaré, y tú también tienes que madrugar. Te despiertas antes que yo y estás el puñetero día de arriba para abajo -. Trabajaba entonces para el Santander, en calidad de Responsable de Financiaciones. Visitaba a clientes profesionales que financiaban a sus propios clientes mediante dicho banco. Se financiaban tratamientos de estética, cursos de idiomas, motocicletas, electrodomésticos, etc… Y ello exigía reunirse cada día con dos docenas de clientes, casi nada. Y ella no tenía las posibilidades de escaqueo mías.

- Ya, pero si me despierto de madrugada y no sé de ti me entrará un ataque de ansiedad y ya no podré dormir más -. Myriam y sus horripilantes nervios, ansiedades e histerismos -. Si me llamas me despertarás, pero volveré a dormir enseguida después de oír tu voz. Anda, dime que me quieres, por favor.

- No te quiero, te amo, ya lo sabes - me tocaba los cojones con esas tonterías, pero las decía por no hacerle daño -. Bueno, te dejo, que estoy en el coche. Muchos besos, cariñín. Luego te llamo. Sueña conmigo, pequeñaja.

¡A la mierda! Me tocaba llamarla luego. Y lo que más me jodía no era mentirle, que también, sino el hecho de tener que hacer esperar a la gente que fuese conmigo, el buscar una atmósfera acústica que simulase el silencio de la habitación del hotel, el que cualquiera pudiera darse cuenta de lo que le hacía a mi novia y me recriminase. ¡Qué sé yo! Todo ello me alteraba en demasía…

2 Comentarios Estupefacientes »

  1. Bueno. Al principio parecía algo interesante, pero luego se empieza a notar demasiado una Egolatría excesiva. Macho, un poco de humildad, te crees un Dios y por tus ideas, gramática, conceptos … Me parece que es mas querer y no poder. Demasiados tópicos banales, clásicos anticuados , en fin … Es sólo una opinión respecto a la historia, pero si como parece, es autobiográfica, pues háztelo mirar chaval …

    Comentario por Jimmy jason — 17 Agosto 2009 @ 11:58

  2. ¿Tópicos banales, anticuados, egolatría excesiva? ¿Por qué? No has acabado de leer, no sabes por qué periplos pasará el personaje, no sabes las miserias que vivirá precisamente por su carácter. ¿En qué te parece que el personaje es ególatra?

    Un saludo!

    Comentario por Nes Oliver — 17 Agosto 2009 @ 12:04

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