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20 Enero 2008

Capítulo 6 – Mery y Nes – 1ª parte (…entre el crepúsculo y el alba…)

Categoría: 6º Capítulo, Memorias, Novela Blog — Nes Oliver @ 21:06



Recepción, buenos días, son las ocho de la mañana. Vaya puta voz de alegría y de buen humor, ¿cómo se puede estar alegre y de buen humor a las ocho de la mañana, después de madrugar y quedando aún un turno que trabajar? Aquella puta voz me enfureció y violentó. Ni siquiera agradecí. Y eso que de normal suelo ser exquisitamente amable. Tampoco la mandé a la mierda, que hubiese sido mi pura y dura intención inconsciente. Colgué con mala hostia. Programé el despertador del móvil a las ocho y siete y me dispuse a dormir los típicos y clásicos, famosísimos y por cualquiera conocidos, cinco minutos más, que en mi caso, debido a mi neurosis obsesivo-compulsiva, me obliga sólo a despertarme en minutos acabados en 2 o en 7. Trescientos y pico segundos que, ¡diana!, no me supieron a nada. Martes 18 de enero de 2000. Malhumor debido al sueño. Una ducha rápida rápida, tengo el tiempo en el culo, dos cafés y dos zumos, uno de naranja y uno de piña (manías vitamínicas de la época) y estómago fastidiado durante toda la mañana. Nunca suelo padecer resaca pero se unían dos noches de borrachera con una falta de descanso indeseable para mi organismo. Y cómo no, éste se quejaba atormentándome, chuleándome, como en un ultimátum de rebelión: como me trates mal otra vez te vas a enterar, Nes. Aspirina y olvídame, organismo.

Salí a hacer unas visitas. A la una y media ya guardaba en el portafolios el segundo o tercer contrato, todos más o menos decentes. Me permitirían tomarme la tarde libre. Una corta y rentable jornada laboral. Hablé con Myriam y tuve que inventar la cena de la noche anterior para contarle. Nada, una cena en un restaurante muy bonito, que los compañeros eran muy majos y que hablamos mucho sobre ventas. No entendía que siempre fuesen tan aburridas la mayoría de cenas de empresa y que fuese a tantas. Por obligación, cariño, por obligación. El eco de mi mente hacía, sin embargo, rebotar la frase: Hombre, no querrás que te cuente lo genial que lo pasé de ligoteo, ¿no?, tonta del culo. Me notó cansado, pero lo encontró normal. Sabía cuánto me costaba dormir en la cama de los hoteles, más desde que me quedé dormido conduciendo un Nissan que dejé siniestro total y resultas del cual me destrocé de por vida las cervicales. Por eso me levantaba a veces muy agotado. Quedé en llamarla más tarde, como siempre…

Comí por ahí con David y Alfonso, dada la costumbre que teníamos con nuestro grupo de ventas de comer juntitos, siempre dentro de la posibilidad.

Sonia, la jefa, me llamó. Primero se interesó por cómo iba el día. La estaban apretando desde Dirección Comercial con los objetivos de ventas y la alegré diciéndole que llevaba un contrato muy decente. Como apunté antes, llevaba más, pero los guardaba en la recámara por si acaso. Siempre hay que cubrirse las espaldas. Sonia quería verme en el hotel a eso de las seis y media por algún tema relacionado con los clientes de cartera (los que el año anterior habían contratado publicidad). No especificó más y colgó.

Mierda, pensé, me rompiste la tarde, hay que joderse, pues tenía que ir por narices. David me preguntó qué haríamos por la noche, a lo que le contesté que había quedado con Mery. Pues yo paso de ser cómplice de tus infidelidades, cabronazo. Me dejó tocado y desapareció para hacer visitas ya que aún no había firmado ningún contrato. Alfonso también se fue, vete tú a saber dónde, llevando todos los síntomas de un gran catarrazo. Abrígate, que ya estás mayor, nene.

Me quedaban unas horas muertas, por lo que me dirigí, plano en mano, hasta casa de las muchachas, a sorprenderlas (cosa que conseguí), y a ser invitado a un par de cafés. ¿Antes dije que fueron posiblemente esas las dos semanas de menos dormir de toda mi vida? Añado que también debieron ser las dos semanas en las que ingerí más café, madre de dios bendito. No recuerdo haber meado de color negro, pero hasta podría ser. Me mantuve despierto a base de cafés. Sobreviví a base de cafés. Tercer día desde que había salido de Barcelona y sumadas había dormido dos horas a lo sumo. Cafés porque aún no conocía la cocaína como experiencia personal para evitar el sueño. Sólo quedaban días para ello.

Tonteé con Mery. La encontré vestida con un pantalón de chandal rojo, una camiseta blanca sin sujetador, marcando aquellos dos exquisitos pechos, y unas enormes zapatillas de andar por casa, de esas que simulan píes de monstruo. La cara limpia, sin maquillar, sin pintar, y el pelo recogido. Los labios rosados. A la luz del día la vi de piel blanca, como más me gusta a mí normalmente una mujer. Rubia y blanquita.

Aunque siempre ha habido excepciones, la mayor parte de las mujeres de mi vida han sido de piel y cabellos claros. Una de las cosas que más odiaba de Myriam era la enfermiza obsesión por tostarse la piel, por ennegrecerse. Era insufrible. Aún así, sin maquillaje, Mery seguía siendo preciosísima. Si una mujer está guapa de recién levantada, ¿cuánto más puede estarlo si sabe maquillarse y vestirse?

Hablamos de tontadas y le recordé nuestra cena a solas, términos en los que insistí hábilmente. Se lo pensaría. Tenía hasta la noche para decidirse. Comentó que no se encontraba demasiado bien, que estaba muy chafada, que cuando yo volviera (quería que volviese, umh) ya lo decidiría. Las otras tres, que ofrecían pintas caseras muy del estilo de Mery, nos dejaron charlar a solas. ¿Por qué sería?

Me piré por la cita con la boss. Quería que la ayudase a preparar unas fichas de clientes de cartera que no habían renovado (que no habían querido comprar nada) para que yo los revisitase, para que los recuperase. Le recordé que tenía poco tiempo para quedar con ellos. Con menos de dos semanas disponibles era muy forzado conseguirles citas. Preparando una irrebatible argumentación, porque tenía claro que la situación personal que me había tocado en suerte no era como para matarse trabajando, y ella pretendía sobrecargarme de faena. No estaba dispuesto a dejarme los cuernos currando.
- Da igual. En teoría están perdidos. Si sacas algo de ellos, cojonudo. Tu misión importante son los potenciales, no obstante. Pero al menos inténtalo.- Menos mal. Si caía la breva de alguno, estupendo, pero yo iba a hacer lo mínimo.

Otra cosa no, pero carácter lo tenía. Casi que incluso demasiado. Me daba morbo esa Sonia de los cojones. Si no hubiese tenido ya a Mery en la cabeza otro gallo hubiera cacareado. Tiempo después, cuando a mi me ascendieron a jefe, tuvimos oportunidad de vernos en muchas reuniones y convenciones, e incluso de intimar más. Siempre me supuso el mismo morbo. Al igual que Mery y que alguna otra gallega de las muy guapas que he conocido, tenía una chispa animal en su belleza. La diferencia era que esa belleza, aunque salvaje, era muy simple comparándola con la de Mery. Simple, una belleza sucia, una belleza para practicar el sexo más bizarro, más cerdo. No era una belleza para amar. Esa belleza moría cuando se traspasaban los límites del morbo o de la pasión en tanto que sexual. Pero estaba muy buena, de veras. Es que las pelirojas también tienen su puntito.

En poco más de media hora ya lo teníamos todo listo. Le reporté sólo uno de los contratos, el más gordo, que ya excedía con creces el objetivo de un día, y me fui a dormir media horita. La merecía. Sabe Dios que la necesitaba. Se me fue la mano y dormí algo más de lo previsto. Que chungas son las cosas, desperté peor que cuando me había echado.

Subí a la cafetería con la sencilla intención de tomar, cómo no, otro café, y cuál fue mi ingrata sorpresa cuando la encontré con las luces apagadas. Alucinante. Sólo servían desayunos, comidas y cenas. Nada de meriendas, que no les interesaban porque los clientes aprovechaban la tarde para visitar el centro comercial. Vacío por vacío, mejor no pagar personal. Como no habían abierto para las cenas, piensa, Nes, a grandes males, grandes remedios, me colé en el interior para hacerme yo mismo el café que anhelaba y necesitaba para no llegar al encefalograma plano. Sí, con todo mi morro y mi poca vergüenza entré y robé un café. ¿Qué pasa? En todos los hoteles donde paramos a vivir una temporada, David y yo liábamos alguna trastada. Por casa aún hoy hay toallas y albornoces del Husa Fornells de la Selva. ¿Y cuándo meábamos para rellenar los botellines del mueble bar en el Hotel Comte Borrell de Olot? ¡Jejejé!

Volví a la room a ducharme de nuevo y a cambiarme de ropa, y ya con el itinerario sabido y requeteaprendido, llamé a Mery y le dije que iba a por ella. De camino aproveché para quitarme de encima la llamada pertinente a Myriam. Otra excusa, otra de tantas. Acababa de trabajar y la jefa quería que le ayudase a preparar toda la cartera perdida para volver a visitarla, un duro, pesado, largo y concienzudo trabajo de chinos que me llevaría hasta las tantísimas de la madrugada, claro. Si es que me matan con tanto curro. No hay derecho.

- Esa jefa gallega, ¿no querrá follar contigo, cariño? Que se quiera quedar contigo tan a solas… No sé, no sé… - Estaba obsesionada con que todas las mujeres buscaban fornicio conmigo -. Cuando te vayas a dormir me llamas para darme las buenas noches. ¿Sabes lo enamorada que estoy de ti, nene?

- No más que yo de ti, preciosa. Y no digas tonterías, ¿cómo va a querer rollo conmigo la jefa? Además, es gorda, fea y vieja - pedazo de trola - y habla todo el día de su marido y de sus hijos - continuando la mentira - . Si no para de enseñarme la foto de la comunión de sus gemelos… Luego te llamo. Te amo hasta el infinito - le encantaba sentir esas tonterías. Toqué mi nariz, por si crecía a lo Pinocho.

- Y yo hasta el infinito ida y vuelta. Te quiero tanto…- suspiro de melancolía -. Y ya te echo mucho mucho mucho de menos. Ven ya, joder…- Ligera rabia asomaba a su voz.

- Te amo con todas mis fuerzas. Besos, vida. Hasta luego. Cuelga tú - típica y tópica despedida penosa de enamorados por no hacerla sentir mal, porque yo hubiese colgado dejándola con la palabra en la boca.

- No, cuelga tú…

- No, tú, sabes que no podría colgarte nunca - cuelga ya, maldita hija de puta, no puedo estar constantemente intentando hacerte feliz con todas estas gilipolleces sólo porque tengo remordimientos.

- Vale, amor. No te olvides de llamarme luego o pensaré que me estás poniendo los cuernos y no podré dormir y me pondré histérica y sufriré y - para ya, loca, que me desquicias la cabeza -, y… Y yo que sé. ¡Te quiero!

- Y yo, nena - Histérico me pones tú a mí, joder, cabrona, resonó en mi cráneo. Conté hasta diez para ir relajándome. Un, dos, tres, yo no me enfadaré… Cuatro, cinco, seis…

- Hasta luego.

Por fin colgó y acabó el dialogante martirio que para nada tenía ganas de volver a repetir en unas horas. Sin embargo, la mentirijilla me daba margen de unas cuantas horas para olvidarme de pensar en ella. Luego ya inventaría otra bola. Qué pedazo de gilipollas estaba hecho entonces, ¿a qué sí?

Es curioso como escribiendo sobre todo esto, los recuerdos aparecen a mi mente más nítidos que nunca; por momentos creo estar reviviendo aquella historia, todas aquellas vivencias. Inaudito, pero cierto. Me estoy remontando a casi cinco años atrás con mayor claridad de hechos que, no sé, por ejemplo medio año atrás. Veo flashes de todo aquello que viví, recuerdo la música de fondo, hasta ciertos olores. Es curioso el funcionamiento de la mente, muy curioso… Al menos el de mi mente y su capacidad de selección retentiva…

Nadie ha dejado sus estupefacientes »

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