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20 Enero 2008

Capítulo 6 – Mery y Nes – 3ª parte (…y refulgiendo cual luciérnagas…)

Categoría: 6º Capítulo, Memorias, Novela Blog — Nes Oliver @ 21:32


- Hola, cariño, ¿qué tal? - procurando ser lo más disimulado posible, mientras, del susto, mis latidos cardiacos resonaban como las percusiones de Carlinhos Brown.

- ¿Qué tal? ¡Fatal! ¿No viste qué hora es? Y ni te acuerdas de mí - actitud machacante del sufridor que no se da cuenta que sufre por sí mismo y achaca la culpa a su pareja -. ¡Son las doce de la noche!

¡Coño, coño, coño! Se me había ido el santo al cielo por culpa de mi Grial particular. ¡Bueno! Atentos todos los escuadrones. Les habla el General Oliver. Es la hora H de la Operación Mentira contra Myriam. Sincronicen relojes, ralenticen un poco esa taquicardia y a por todas. Suerte en la batalla de la mentira, mis soldados. Corto y cierro. ¡Adelante!

- ¡Joder! Me he abstraído totalmente. Son tantas las ganas de acabar que tengo… Menos mal que me queda muy poco para finalizar ya la preparación de todas estas malditas fichas. Sólo tengo posibilidades de ascender si me lo curro muchísimo, que soy de los más jóvenes -. En ese momento por mi mente voló la imagen del Uannai hablando con ella por teléfono y contándole todas mis escapadas. Pero rápidamente evité dejarme llevar por esas burdas hipótesis, ¿de dónde podía sacar El Loco el número de Myriam si yo ni se lo di ni se lo daría jamás? Bien había conseguido el de Mery. Descarté mi anterior pensamiento y dejé los miedos volar alto y desaparecer muy lejos, que ya tenía suficientes cruces en las que desangrarme…

- ¿Y no cenaste, cariñín? - el tono era ahora conciliador y amoroso, arrepentido, una mezcla entre preocupación por la falta de alimentación, de sentimiento de culpabilidad por haber dudado de mí y de vergüenza por lo mismo.

- No, no cené. Estoy trabajando en mi cuarto - despejándole sutilmente dudas de desconfianza -; a la hora que es ya no salgo. Mañana me levantaré media horita antes y acabaré. Estoy muerto, me voy a soñar contigo. Y tú - era una orden pero en coña, con el tono más juguetón que supe fingir -, a dormir. Te añoro mucho. Ya queda menos para vernos, bicho.

- ¡Sí! - Sonrió, pero me pareció, por la modulación de su voz, que estaba medio gimoteando. Y me mataba verla llorar, me mataba hacerle daño. En el fondo yo la quería muchísimo, pero me había defraudado en una ocasión y todo había cambiado. Ya no podía quererla como antes. Sin embargo, su amor hacia mí se multiplicaba, se elevaba a la eNESima potencia. Aún permanecíamos unidos, pero agobiaban sus podridos celos, sus malditas presiones, la puta tensión en la que me hacía vivir. Y mira que la quería.- Yo también me voy a dormir, que estoy rotita, Bacalao - a veces nos llamábamos el uno al otro Bacalao, porque nos conocíamos muy bien, y claro, por lo de que te conozco, bacalao -. Dime que me quieres.

- No te quiero, te amo - otro de nuestros tópicos -. Descansa.

- No te olvides de llamarme mañana y darme miles de besos y decirme que me quieres - se le animaba la voz. Creyó realmente que me iba a dormir. Por lo menos, que ella estuviera más tranquila me tranquilizaba a mí. Y esa paz se vería reflejada y recompensada con Mery.

- No me olvidaré.

- Hasta mañana, amor. ¡Muá!

- Chao…

- ¡Adéu! - despedida en catalán y colgó. Menos mal. Más de cinco minutos, y Mery esperando en el comedor mientras yo hablaba con mi novia en su dormitorio. Tenía cojones el asunto.

De repente sentí algo que hizo que me sobresaltase. Noté un gélido aliento en la nuca y la sensación de no estar solo allá, en aquel cuarto. Como si hubiese una presencia. Cosas de esas que pegan los críos en los techos y que si les da la luz brillan de noche, vagamente asomaban sus pequeñas partículas luminiscentes, pero no me permitían ver nada en las tinieblas. A lo mejor tenía algún animal durmiendo por allí. He de reconocer que si bien mientras hablaba con mi pareja por teléfono nada me molestaba, o por lo menos no fui consciente de ello, al colgar rocé el miedo. Por si acaso salí y volví al sofá, sin dar mayor importancia a mi subjetividad. Pero coño, es que había algo, seguro. Pregunté pues a Mery si tenía algún animal escondido en la habitación. Se rió y me llevó para allá. Rozó sus labios en los míos.

- Con qué disimulo lo has hecho. Si no me importa que nos vean besarnos - decía mientras encendía la luz. Entramos. Lo primero que vi de la habitación fue la cama, un colchón en el suelo a la izquierda y una mesita de noche al lado; enfrente un armario repletísimo de ropa, una gran ventana de cristal en el centro, una mesita bajo el ventanuco y un escritorio a mi derecha. Sería mi imaginación. La besé, recogiéndole el pelo y acariciándole la carita hasta que noté otra vez aquel misterioso aliento en mi espalda. Dos veces ya no es fantasía mía. Absolutamente toda la piel de gallina. La de Mery también. Me miró a los ojos.

- ¿Lo has sentido? El escalofrío… - Temí lo inesperado -. En esta casa pasan cosas muy extrañas. Y a veces se encienden las luces solas, y…

- ¡Paaaaara!, no me cuentes más, que soy muy aprensivo -. Fue entonces cuando casi me da el infarto de miocardio. Enfrente de mí avisté un cráneo humano, mientras a mi derecha colgaba una lámina de una fotografía de Salvador Dalí haciendo dos círculos con los dedos índice y pulgar de ambas manos, colocados sobre sus ojos a modo de improvisados prismáticos. No puede ser, no puede ser. Mirase desde donde mirase, un efecto óptico conseguía que la fotografía enfocase los ojos hacia mí, con una mirada que me generaba pánico, mirada de loco loquísimo. No puede ser, no puede ser. Me pareció, en un momento determinado, que la foto miraba al escritorio e instintivamente miré hacia allí, hallando el boceto de un Matisse. No puede ser, no puede ser, todo como en mi sueño. Aceleración taquicárdica. Mi corazón parecía la máquina de un tren de vapor de una película del oeste. Mi cara cambió el color a un blanco mortecino, o verde, o azul, o naranja fosforito, no sé porque no me vi en aquel momento, pero Mery miraba con preocupación, supongo que por el repentino cambio cromático. Un denso sudor frío me recorrió la espina dorsal y la frente y me sentí desfallecer. Mi caja torácica no era suficiente para albergar un motor tan acelerado y unos pulmones tan oxigenantes. Creo que ha sido una de las dos o tres ocasiones en toda mi vida en que me he mareado sin estar borracho. Quise salir de aquel dormitorio satánico, ir a beber un trago, mil tragos, y fumarme un cigarro, mil cigarros.

- ¿Qué te ha pasado? ¿No te habrás asustado por la calavera, no? Es Pepe. La conseguí en la Facultad de Medicina. Me hacía mucha gracia tener una humana de verdad. Me siento un poco Hamlet cuando la cojo. Ser o no ser… A veces hablo con él. Digo él porque fue un hombre. Por la forma del maxilar, más que nada. En cuanto al aliento, ya te digo que son cosas raras de este piso… Bueno, mejor dicho de Santiago, que tiene mucho magnetismo y mucha magia.

- ¿Y lo de la foto de Dalí y el boceto de Matisse, Mery? - Desencajado como estaba, mi voz señalaba la ausencia de calma. No me expresé con claridad suficiente como para que ella llegase a entenderme. Ella qué iba a saber.

- Coño, dos pintores que me gustan mucho.

Entonces, consciente de que sólo me entendería siendo más explícito, le conté mi sueño, y cómo Dalí hablaba de mi mujer, rubia de pelo largo y guapa y que pintaba un Matisse, que yo lo vi. Cómo el genio me hacía fotografiarle en la misma posición en la que estaba en el póster de la pared, con una cámara fotográfica que era un cráneo humano reducido que captaba las imágenes por las cuencas de los ojos… Dios, va a pensar que estoy tocado de la chaveta. La mirada se le perdía. Y se puso muy pálida ella también. En ese momento le tocaba a ella estar a punto de perder el conocimiento.

- Es increíble, Nes… Es una señal, ¿no lo ves? ¿Se te olvida decir que estabais los dos de parranda y que cuando le dijiste que recordase que tú no tenías mujer él te obligó a pensar en Nietzsche, qué todas las vidas siempre son iguales en relación a la primera, y que tenías que recordar que sí tuviste mujer? ¿Más o menos, no? Relacionado con la teoría del eterno retorno, ¿no? - Yo estaba acojonado, asombrado, patidifuso, alucinado, con la sangre aguada… o peor, coagulada. Era verdad y yo no le había contado esos detalles. Tampoco qué día lo había soñado. Se lo pregunté. Prosiguió con tono más alegre que fatídico -. Tiene que tener un significado que soñásemos lo mismo el sábado por la noche, ¿no?-. Rotunda. ¡Me cago en Dios, qué miedo!

No salía de mi asombro. ¿Qué pollas significaba todo eso? No podía ser. Mis piernas por sí solas adquirieron vida temblorosa propia y no paraban de tiritar. Pero no de frío, no. De acobardamiento. Siempre me sorprendió misteriosamente la cultura gallega por sus mitos, leyendas y supersticiones. Que si las meigas, que si la Santa Compaña, que si las ninfas, que si los hombres lobo… Consecuencia de la incultura y el analfabetismo de la cerrazón rural. Pero el esoterismo de aquellos instantes superaba con creces todas mis expectativas de sorpresa y destruía toda razón y toda forma de empirismo contrastable. Si alguien hubiera tenido la idea (después de lo visto y sentido, todo lo ilógico podía ser igualmente asimilado por mi desconcertado cerebro) de pincharme con una aguja, con una de hacer calceta que son más gordas, no hubiera salido ni sangre, ni horchata, ni nada. En ese instante no. Seguro. Quizás hubiera manado miedo a borbotones, a grandes chorros.

Aún hoy día, tras el largo tiempo que ha pasado, se me eriza el vello del cuerpo al rememorar, y a mi mente vienen sucesivas las imágenes, tan transparentes que si además sintiese aquel aliento demoníaco, creería volver al pasado. La foto, el cuadro, el cráneo… ¡Ay, Satanás, qué espeluzno!

Las neuronas se me agolparon todas entre ellas refugiándose, arrasando millones de bytes en descargas eléctricas, buscando en todas las bibliotecas mentales sin encontrar respuesta certera, por lo que, cuestión práctica, decidieron que había que pasar del asunto. Si no sabes por qué ha sucedido cualquier hecho tangible y las únicas respuestas existentes no son adecuadas, no interesan, es mejor olvidar el hecho hasta tener mayores conocimientos. Cuando se adquieran tales conocimientos deberá volver a ser estudiado el suceso. O sea, que como me daba miedo pensar en aquello que me daba miedo, mi mente, con cualquiera de sus formas defensivas, le restaría importancia y me haría olvidar.

Tuvimos la enorme suerte de la entrada de Carol en la cocina, que iba buscar nosequé. Nos vio pelín descompuestos. Elvira y Ara ya duermen. Su voz tranquila y sedante nos devolvió al mundo de los entes vivos y racionales. Menos mal. Además de hacernos olvidar temporalmente lo sucedido, lo cual era lo necesario en aquellos momentos de incertidumbre, nos ayudó a apartar el terror apoyando al esfuerzo amnesiante de nuestro ello, porque cualquier hecho, por dramático que sea, sacado de su inmediatez pierde intensidad sensible. No obstante, ni siquiera Mery entró más en su habitación durante esa noche. Comentó con Carol la posibilidad de dormir juntas, a lo que Carol asintió, muy contenta inclusive. Hay que ver las diferencias entre géneros: sería casi imposible encontrar un hombre al que otro hombre le diga de dormir juntos y se alegre así. Con la excepción de amantes gays, claro.

Carol rebuscó por los armarios de la cocina y encontró lo que buscaba, una botella de oruxo de avellanas. Mery dispuso tres vasos con hielo e iniciamos una batalla contra la botella. Estaba muy bueno, realmente. De antemano, la botella tenía la batalla perdida. Aún no se hizo la botella que puda vencerme a mí.

Carol, muy seria, con cara de circunstancia, nos pidió permiso para ser indiscreta. Se lo dimos. ¿Os habéis enrollado ya por fin?, y rompió a reír, casi casi escandalosamente. Nosotros, debido al impacto en nuestras atrofiadas mentes, aún tardamos unas fracciones de segundo más de lo esperado en reaccionar, pero también rompimos a reír. Le contamos la verdad, que sí, y delante de ella, con un gesto romanticón, mi ninfa me besó. Luego cogió mi mano y la acarició largo rato. La pregunta era señal indiscutible de cuánto se notaba nuestra atracción paralela.

Liquidado el licor, nos cuestionamos la hora. La sorpresa fue de talla XXL cuando recapacité al levantarme.

- No veas como pega el orujo este, madre mía. Vaya castaña llevo. O mejor dicho: vaya avellana llevo. A ver el reloj: la aguja pequeña y gorda, las horas; la grande y finita, los minutos; la más delgada de todas, esa que se mueve tan deprisa, esa no vale pa ná -. Demostradas mis habilidades en cronometrología, menores que en alcoholismo, fijándome sobremanera en el reloj de pared de la cocina con los ojos entrecerrados para no ver doble, descubrí que eran las seis y media de la mañana. Obligatoriamente tenía que volar a mi nido dormitador.

Me puse la chaqueta, me despedí de Carol, besé a Mery durante unos minutos y bajé a la calle, apareciendo ante el frío que seguro debe hacer en el Ártico, o peor, en la Antártida, y que, ya directamente atacando a mis sienes, me obsequió con un formidable maldito dolor de cabeza. Monté en un coche de hielo que no iba a calentarse nunca aquella madrugada y en lo que me pareció una eternidad llegué al hotel. Ni me desnudé: me lancé directamente a la cama a dormir. ¿A dormir? No. A tan poco tiempo no se le puede considerar dormir. Otra vez más a cerrar un ratito los ojos. No tardé en dejar de ser materia consciente para entrar en un coma poco profundo…

3 Comentarios Estupefacientes »

  1. X, no es necesario que contestes. Hago la marca por que soy muy despistada y luego me pierdooo.

    Saludos

    Comentario por Sux — 13 Febrero 2008 @ 16:12

  2. Jajajaja, lo que me he reido con el pricipio. Qué crápula.

    Comentario por Robert D. Paz — 21 Julio 2008 @ 18:18

  3. ¿Quién no ha improvisado nunca una mentirijilla a su pareja?

    Comentario por Nes Oliver — 21 Julio 2008 @ 21:36

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