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21 Enero 2008

Capítulo 8 – Mery y el sexo – Parte 1ª (…casi que a la fuerza recorro las horas…)

Categoría: 8º Capítulo, Memorias, Novela Blog — Nes Oliver @ 20:48



Miércoles 19 de enero de 2000, otra maldita mañana, otra vez el puto teléfono de la puta habitación sonando con malévola insistencia. Otra puta vez la puta voz que me informa de la puñetera hora y me invita a despertar intentando contagiarme de su podrida y fingida alegría. Otra vez tan jodidamente agotado como Cristo durante la Pasión. Otra vez mi puto eterno retorno cotidiano a la vida, puta rutina de despertar cada día igual o peor. Lo sucedido la noche anterior estaba escondido en algún lugar oculto de mi disco duro mental, pero a esas asquerosas horas, y habiendo dormido (¡otra vez!) algo así como una hora y media, no era de esperar que mis neuronas fluyesen vitalmente. Estaban en los atascos de las rondas de Barcelona o en las emes madrileñas, o lo parecía por lo lento de movimientos y por los pitidos que martilleaban mi presionada cabeza dolorida. El café se debería poder inocular por vía intravenosa, joder. Estaba harto del sabor. Amargor en la garganta, saliva con regusto acre, náuseas. Y no sólo mi estómago y mi cabeza se ensañarían vengativamente conmigo ese día, ya sabía que no. Tenía plena convicción en que la diarrea diabólica haría mella en mí. Durante segundos que igual fueron minutos (lo digo por lo ralentizado de mis reacciones) pensé en dormir aquella noche entera, pero la aparición de Mery en la imaginación condenó a muerte dicha idea por insultante y pagana. Nos debíamos miles de besos y caricias y no pensaba perderme mi parte correspondiente.

Con dos mil cafés, dos aspirinas, un Redoxón Complex y Codeína contra los síntomas del gripazo terrorífico que me acechaba, cociné un intragable consomé que cercenó y abatió vilmente mi lapidado aparato digestivo, resultas de lo cual tuve que huir corriendo a dejar que mi ano fuese la Fontana di Trevi, con el posterior malestar que ello me suele conllevar. Me pongo malísimo cuando padezco diarrea. Aunque la ataje con Coca-Cola y limón (¿Y dónde está el limón?). Tantos años de borracheras cocainizadas vividos pueden dar buena cuenta de ello. A veces las juergas se miden por el rasero del estado físico del día posterior; del otro si la juerga es de las que duran más de un día (y de esas tengo muchas en mi haber). Cuánto peor estoy, más me divertí. Aritmética pura. Claro y evidente, como las verdades de Descartes. Pero no por ello me agrada estar físicamente derrumbado…

Sí, reconozco que no estaba de exquisito humor, para nada. Al contrario. Odiaba por odiar. Vibró el móvil dentro del bolsillo de mis pantalones bajados y ¡sorpresa!, mensaje de buenos días de… de Myriam, uf. Comenzaba la operación estrés del día en curso durante uno de mis íntimos momentos de ridiculez privada. Leí dicho mensaje de texto aún sentado en la blanca loza y ya lo imagináis, me agrió aún más el estupendo malhumor de perros de entonces. Supongo que me cagaría en Dios, la Virgen María y el Espíritu Santo, amén, en voz alta. En disposición de defecar ya me encontraba. Cuando estoy sólo a veces hablo en voz alta para mí mismo y sobre todo para blasfemar utilizo la viva voz. Dentro de todas las acciones que a nivel ritual efectúo a diario, ducharme, lavarme los dientes tres veces, escuchar música, fumar, respirar, etc., también está el blasfemar en voz alta. Probadlo. Relaja.

Los insultos iban dedicados a Myriam con natural odio telepático. Y no es que la pobre me dijese nada del otro mundo en su SMS. No, que va. Lo que pasa es que la falta de sueño me estaba colocando en un altísimo nivel de indignidad, apto para ganar el Récord Guinness a la Irascibilidad Transitoria. Sencillamente. El contenido del mensaje era tal que me quería y amaba por encima de todas las cosas, que me añoraba horriblemente y que cada día tenía más claro lo que significaba para ella. A pesar de ser consciente de lo irracional de mi actuación seguí intensamente enfadado. Igual que un crío pequeño de pataleta. Le mandé rápidamente, dentro de las posibilidades velocísticas de mi mente a cámara lenta, un mensaje, únicamente para que no llamase. No tenía ni pizca de ganas de escucharla. Estaba agotado. Redacté que estaba reunido, que tenía un día liadísimo y que, evidentemente (¿?), la quería a morir. Libre por unas horas. Las necesarias para recordar cómo se sonreía.

Salí disimuladamente del hotel, que no me vea nadie, la hora prudencial de estar aún allí ya hacía rato que había pasado. Anónimamente desaparecí en el torrente de gentes sin nombre. Monté en mi coche y, después de conducir un cuarto de hora más o menos, aparqué cerca de la dirección de una visita. Antes, no obstante, tomé otro café (Juan Valdés me estaba envenenando) y Coca-Cola en un bar, utilicé el lavabo para dar rienda suelta a mis líquidos residuos y me comí literalmente otro ácido acetilsalicílico. Me encomendé con excelsa devoción a San Pancracio del Perejil y la Monedita Agujereada para no defecarme encima durante la cita y me dirigí a la reunión. Una empresa de reformas. Facilísimo. Formalizamos unos contratos publicitarios para todas las guías gallegas, un pastón. No me puso trabas. El tipo lo había visto interesante. Buen trabajo, Nes. Más me alegró que volviese a citarme para el día siguiente, ya que el tío tenía otras empresas y sus socios otras. En la próxima cita tendría los datos necesarios, direcciones, actividades, números de teléfono, números de cuenta (¡vital!), logotipos, etc… Y yo le aconsejaría la información a insertar y los tamaños de anuncio. Más pasta aún. ¡Genial! El malhumor murió enterrado en dinero. Y de aquella muerte nació la contagiosa felicidad. El ya cliente estaba tan contento como yo por el empujón publicitario que acababa de dar a sus negocios y por haber conocido a tan entregado asesor. Tan contento que me invitó a comer.

Llamé a Sonia para contarle lo que me pareció oportuno de la movida que tenía entre manos y para que me autorizase los descuentos que me saliesen de las narices. Aproveché hábilmente para decirle que posiblemente tendría que estar toda la tarde con el cliente.
- Ningún problema. Tú sabrás lo que tienes que hacer. Realmente, eres de los mejores comerciales de la empresa. Me llamas para lo que necesites.

Con un chao le colgué. Todo estaba ya más que atado y manipulado y ya tenía mi excusa, mi merecido descanso del guerrero a cargo de la empresa. Por las comisuras de los labios se me escapaban toneladas de carcajadas que yo intentaba detener para no ir salpicando con risas a los inocentes, ¡jejejejejé!

El cliente era la bomba. Tuve incluso que declinarle una docena de veces la invitación a irnos juntos de putas. Comimos estupendamente en un muy buen restaurante cerca del Melià Araguaney.
- Nada de menú, a la carta, a la carta. Y tráenos un Protos Crianza volando que arrastramos mucha sed -. El tipo era un crack -. A mí me da sed de vino la sed de dinero, Nes -, se me confesaba.

Después de comernos unos fabulosos carpaccios, unos chuletones de buey exquisitos, de tragarnos dos botellas de vino mano a mano, café, copa y puro, pagó y se fue a echar una siesta. Nos citamos a las doce del día siguiente para ultimar lo del resto de negocios y comer juntos otra vez.
- Sincronicemos los relojes, juá, juá. Mira que me has hecho reír, condenado catalán -. Ya eran más de las cinco.

Aún no se había quemado media hora de mi despedida con el cliente cuando, nuevamente de incógnito, casi camuflándome entre los enormes maceteros, me deslicé por la recepción del hotel,
- No quiero que nadie sepa que estoy en mi habitación, ¿de acuerdo?
- ¡Por supuesto, caballero!

Una chica monísima de unos veinte añitos, muy atrayente: ojos claros y mejillas coloraditas. Realmente bonita. Una belleza muy al estilo Lolita, la de Nabokov, que no la Flores. Fantaseé con ella: vestía faldita de cuadros escoceses y calcetines hasta las rodillas; coletas; comía un Chupa-Chups, pero algo malo habría hecho, porque me pedía perdón, pero yo decidí castigarla azotando su culo adolescente mientras la tumbaba a cuatro patas en mis rodillas. ¡Umh! Muy Lolita. Tuve que pensar en Mery para no saltar el mostrador y besarla. Me pueden las bellezas adolescentes.

Entré en mi habitación casi sin hacer ruido, de puntillas, que estaba de escaqueo. Llamé a Mery, reprimiendo varios bostezos. Por fin esa noche cenaría conmigo a solas. Sobre las nueve la pasaría a recoger.
- Tengo muchas ganas de verte -, le dije.
- Yo también, tonto… Y de volverte a besar… Hasta luego.

¡Ay! Con la felicidad y la sonrisa de capullo que sólo consigue dar el cariño de una mujer, salté con ropa y zapatos a la mullida cama recién hecha. Creo que ya en el aire entré en sueños. Sueños horribles, pesadillas, por cierto, en que Myriam aparecía para asesinarme con un enorme cuchillo albaceteño sacado de Psicosis. Yo huía escondiéndome en habitaciones de otras mujeres, pero éstas, aprovechando la situación me chantajeaban: si no me acostaba con ellas amenazaban con llamar a Myriam para que me matase. A partir del cuarto polvo ya sufría follando. Mi polla ya no daba más de sí, era un pingajo inanimado. Ya no se levantaba, hostia, hostia, hostia… Me despertó de mi primer gatillazo el teléfono. Primer gatillazo literalmente.

Telefonía. Odio a Amena, a Movistar y a Vodafone (entonces la malograda Airtel, a quien se pagaba mi línea de empresa)… ¡Les odio! Siempre despertándome por un maldito teléfono. ¿Quién coño sería? La pantalla rezaba Myriam. ¡Rediós, qué pesadilla de novia enamorada! No debía decirle que estaba durmiendo. Si lo hacía me tocaría los huevos por la noche. Si has dormido es para salir de marcha, de pendoneo, me diría. Resolví colgarle, como siempre. Pero esta vez no la llamaría. Si le colgaba y no la llamaba enseguida era señal de que estaba reunido. Miré la hora. Las siete. Quería y necesitaba dormir una horita más.

Pero que yo quisiese y lo necesitase no era significativo ni importante. Si algo superior a ti no cree que tengas la razón, hace todo lo posible por joderte. Si no cree que merezcas dormir una horita, sólo una más, pues te jorobas, pues no te dejará dormir, pierdes tus derechos civiles. Se supone que yo no lo merecía, porque en el instante aquel en que mis párpados volvieron a entornarse, tocaron con los nudillos a mi puerta. No tocaron a la puerta únicamente, no, me tocaban la polla a más no poder. No puede ser, mascullé. Ya no eran golpes de nudillo, eran puñetazos. ¡Ya vaaaaaaa…!
- ¿Sí? ¿Quién es? - mastiqué y destrocé el ¿quién coño es? que casi se me escapa. Hay que pensar antes de hablar. Lo dice siempre mi mamá. No es plan de contestar con mi sucia boca a una llamada en la puerta de un cuarto de hotel. ¿Qué mierdosa educación demostraba?
- Soy yo -. Aquella voz en catalán cerrado mascullado, no dejaba opción a las dudas de quién podría ser. Tuve que abrir -. ¿Qué, fugado de tus obligaciones laborales? Claro, toda la noche con la zorrita esa. Ay, el día que me dé por llamar a Myriam y contarle a lo que te dedicas por las noches -. Yo sabía también toda la vida sexual de David y su que si sí que si no con la novia de toda la vida, Sonia (otra Sonia más para la lista de nombres femeninos de la novela), una pija hija de un reconocido fisioterapeuta y que también le colocaba cuernos dignos de un Mihura.
- Anda que si yo le contase a Sonia…- Ya me tenía hasta los cojones con sus viles ansias de chivatismo.
- ¡Te mataría, FILL DE PUTA! - Pongo el insulto en mayúsculas y en catalán porque hijo de puta, en ciertos momentos, ese era uno, adquiría una fuerza y consistencia en David dignas de dar mucho miedo. Evitó entrar más en la disputa. El enfado que quiso crear en mí ya lo veía, disfrutaba de ello, pero no quería incrementarlo más -. Supongo que has quedado con tu zorrita luego - . El retintín que le ponía a zorrita me crispaba -. Yo me voy a cenar con estos, a ver si me tiro a la venezolana, a la Srta. X.; es pureta pero me pone. Alfonso está muy enfermo en su habitación. Si no mejora, mañana lo llevamos al hospital. Si salimos de copas te llamo y te vienes con tu zorrita. Si quieres. Y a ver si mañana comemos juntos, mamón.
- No vuelvas a insultar a Mery, me cago en la puta - le encantaba ver mi mirada de cabreo - . Respétame, jodido loco, o pasaré de ti… ¡Oh, oh! - hice memoria -. ¡Pues va a ser que no comeremos juntos! Mañana he quedado con un cliente para comer. Ya me buscaré la vida para vernos más tarde si eso, Uannai, bastardo de mierda -. Aprovechando que salía el tema del cliente, antes de pirarse me dijo:
- ¡Qué cabrón! Ya me he enterado de lo de tu súpercliente. ¿Se la chupaste, no? ¡Juá juá!

Riéndose como un loco (¿no lo era?) y pegando un soberano portazo me dejó solo, totalmente desvelado, todavía de mala leche, y cansado, muy cansado. Con la ropa arrugada y legañas en los ojos subí a la cafetería tal como el día anterior, a prepararme un café by the face, por el morro, ¿por qué no?

Acaecida mi pequeña apropiación indebida de la tarde, y lo mejor, sin ser atrapado, pensé en aprovechar para llamar a Myriam. Ya habría salido de trabajar y colaría que yo acababa de hacerlo también. Estaba un poco harto de la presión que yo mismo me estaba creando por no hacer daño a la pobre. Evitando dañarla era como la estaba reviviendo en duras agonías. En mi defensa alego que yo no era consciente de hacerlo tan mal, de ser tan despiadado.

La culpa de la situación no era en exclusiva suya. Ella estaba enamorada, sencillamente. Bueno, vale, y era demasiado posesiva. Verdad. Pero el culpable real de la patética situación a la que llegamos era mucho más yo que ella; yo por mi falta de sinceridad. El verlo así me hizo enfurecer un mucho más, demasiado más, elevó al cubo mi furia. Porque lo más duro es reconocer los propios errores. Eso toca en demasía el orgullo. Si es alguien quien nos desnuda un defecto, solemos actuar muy a la defensiva. Y yo me defendía de mí mismo con muy malas pulgas. Alguien lo pagaría. Myriam, claro. Ese estrés de intentar no lastimarla me llevaría a hacer daño gratuito porque sí. Porque algo o alguien debía ser el objeto donde proyectar y sublimar toda mi ira ciega para desahogarme, para descargarme, para relajarme. Quien más te quiere te hará sufrir. Myriam, te ha tocado, decretó mi absurda y malvada mente. Pero nada de sutilezas, que si no tendré que estar mil horas contigo al teléfono. Directo y mortal. Mañana ya me disculparé y haremos las paces. Operación Enfado Gordo. En aquel momento hitleriano e irracional lo único que me faltaba era un buen motivo, lo más difícil, vamos. Una vez que ya tenía organizado el complot, faltaba sólo un desencadenante para hacerlo crecer y echarlo a rodar como una bola de nieve, para que, a medida que rodase, fuese engrandeciéndose y arrollando todo a su paso. Rápido, un motivo. Maquiavelo y su Príncipe unos pringados a mi lado. Necesito un motivo antes de llamar, me cago en Dios, que el tiempo va pasando. Llamaré e improvisaré. Mi belicosa mente encontraría el qué con su radar de broncas posibles.

¡Ay…! Recuerdo aquellos momentos de irracionalidad y esquizofrenia temporal y me da pena, bueno, y bastante asco, en lo que llegué a convertirme para con Myriam. Cuánto mal sin más, por la patilla, por no tener huevos a dar la cara, a dejarla y sólo hacerle así daño una vez. No, yo se lo hacía a diario. Si hasta pensé que me tenía que estar agradecida. ¡Qué imbécil! Se ganó el cielo conmigo. Actualmente, pasado olvidado y perdonado, en puntos diferentes de nuestra vida, más maduros (ella por lo menos), mantenemos una sólida relación amistosa. Y vive Dios que removería cielo y tierra ante cualquier problema que ella tuviese. Cómo cambian las cosas. ¡Vamos, seguidme, que ahora le voy a montar el pitote…!

Nadie ha dejado sus estupefacientes »

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