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21 Enero 2008

Capítulo 8 – Mery y el sexo – Parte 3ª (…diciendo ¡venga, venga, qué me vuelvo loca!.…)

Categoría: 8º Capítulo, Memorias, Novela Blog — Nes Oliver @ 23:22


Sin comentarios. Su sonrisa me lo dijo. Repetimos vueltas por varias calles hasta conseguir un abrevadero de zona azul a Pimientito. Os parecerá muy cutre pero, debido a que conocía pocos restaurantes en la ciudad, la llevé donde había comido con mi cliente, que me pareció más que digno.

Al entrar en el restaurante todo el mundo se giró. Realmente, la manera de ir vestidos de los dos era cantona, estrafalaria para un restaurante tan chic. No era tan ilógico que se volvieran para ver a dos personajes dignos de aparecer como protagonistas de cualquiera de los films de la saga Matrix. No nos avergonzó, al contrario, nos sonrosó la sonrisa. Lo que si nos molestaba ligeramente era el camarero, demasiado pendiente de nosotros. Era su trabajo, manifestó. Con altas dosis de educación le pedí que no estuviera tan encima de nuestra mesa. Le conté una historia verosímil y creíble. Mery se descoyuntaba de la risa al ver que el camarero marchaba después del rollo. Más rió cuando vimos que contaba algo al oído de otro camarero, mirando hacia nosotros, narrando mi magnífica invención.

La historia improvisada era que yo, hijo de padres españoles, vivía en Taiwán; me dedicaba a dar clases de castellano en la Universidad del Librepensamiento de Taiwán City. Una noche, conectándome a Internet, a un chat, ella y yo nos conocimos. Poco a poco nos fuimos enamorando. Después de dos años y medio ahorrando para el viaje, por fin nos conocíamos en persona. Que desde el otro lado de la tierra yo soñaba con poder verla al fin. Por ello le rogábamos intimidad; cuando le necesitásemos le llamaríamos. Y para darle otro giro más, y añadir más risas para luego, forzando ligeramente la rosca de la trola, fingí tanto como pude ingenuidad y pregunté si estaba prohibido besarse en un restaurante. Sorprendido, el camarero me contestó que para nada. Y le solté un moco de prohibiciones y de amigos que habían estado meses en prisión por besar a una chica en público. El pobre señor alucinaba. Probablemente no tenía ni la más remota idea de dónde estaba situado Taiwán. Pero le sonaba a lejos, muy lejos, más aún con la historia de impedimentos socioculturales de meter a alguien en el talego por besar en público…

En verdad la broma no era para burlarme del camarero. Al contrario. Él fue feliz al dejarnos solos. Y eso y el vino nos mantuvo el gesto de felicidad de la cara para casi la eternidad. Sólo casi. Felicidad que aún resiste al rememorar esos momentos. Permanecen grabados a fuego en mis retinas, a través del córtex cerebral, tatuado. Cientos de recuerdos tuyos que me enseñaron, que me ayudan a caminar, a seguir, a querer aprender más cada día y a coger a la vida de la mano para ir a pasear con ella. Fuiste y serás de lo más importante en mi vida. ¡Fuiste tan especial para mí! Quizás con Alexandra… No sé, no sé…

Acabada la cena, por supuesto café. Sin litros de cafeína por las venas mis glóbulos rojos no oxigenaban las articulaciones y era incapaz de moverme. Marchamos dejando propina a nuestro amigo camarero, que se despidió con una amplia sonrisa de apoyo, de confidencia, de hermanamiento, de complicidad.

- ¡Qué seáis felices!
- Por lo menos que lo seamos como tú mereces serlo - añadí, y su alegría aumentó -. Chao -. Y salimos. Aquel camarero, es de suponer que si estaba casado, llegaría a casa y le contaría a su esposa una historia de programa de las tardes de Tele 5, de las de llorar. Al menos esa noche sería muy feliz. Amoroso. Eso siempre se contagia.

No soy capaz de entretejer el orden correcto de ciertos tapices de recuerdos bordados. ¿Fuimos al Taraska, al Modus Vivendi, o al Rock’in’Blues a tomar copas? Demasiadas noches naufragando en alcohol durante nuestra relación como para enfocar con nitidez algunas imágenes borrosas. Falla el obturador del zoom. Al Dado-Dadá sé que no fuimos. Pero estuvimos de copas, lo tengo claro. Me viene al coco que las niñas andaban por ahí de fiesta y que decidimos ir solos. Bebimos, bailamos, nos besamos, nos abrazamos, nos quisimos cuando todavía no sabíamos a ciencia cierta que nos queríamos. Como después siempre fue. Desprendíamos puros rayos de jovialidad. Cualquiera pensaría que llevábamos juntos toda una vida. Bueno, dependiendo de Nietzsche, igual tuvimos miles de vidas para amarnos.

Fue ella quien dijo de ir a su casa. En el corto viaje reímos, cantamos, chillamos… No me importaría vender un año entero de la vida que me quede por revivir aquella noche. Tacharía minutos, como aquel en que encendí el teléfono, no sé para qué, y llegó un aluvión de mensajes. Myriam, que me tenía de maestro, sabía lo del acuse de recibo. Y al recibir los de los mensajes que me había enviado, tuvo clarísimo que, o había encendido el móvil, o había recuperado la cobertura. ¡Qué horror! Me llamó rápidamente, no tuve ni tiempo de volver a apagar el móvil. Descolgué y sólo dije que estaba de muy mala leche y que ya hablaríamos al día siguiente. Ella lloraba y repetía que la estaba engañando.

- Te equivocas radicalmente, joder. Intentas culparme para que se me pase el enfado -. No sabía qué decir.
- Nes, NUNCA te comportaste así -, y era cierto. El “nunca” me partió el alma. No supe decir más que
- Estoy cansado. Y tú flipando. Hasta mañana -. Y colgué. Era la segunda vez que le colgaba. Cuando hablábamos yo siempre esperaba a que fuese ella quien colgase. Que lista, que hábil, que intuición… Y yo que débil, que cobarde, que miserable, que intrascendente… Intenté borrar en aquellos labios mágicos y fenomenales que Galicia tan orgullosamente me regalaba todo lo que me reconcomía. Qué más da cómo olvidarse de lo que escuece. La importancia la adquiere deshacerse de los recuerdos asfixiantes, no el modo de hacerlo. Y Mery, para desgracia de Myriam, para desgracia de una relación de más de tres años, conseguía mi escisión del universo, hasta de mí mismo.

Entramos en su hogar. Oscuridad. Silencio. Todas las puertas abiertas. Signos inequívocos de que éramos los primeros en llegar. Elemental, querido Watson. Nadie para estorbarnos, por lo tanto. Directos a la habitación.

A medida que los latidos cardiacos se aceleraban para alcanzar velocidades cercanas a las de la luz, manipulamos el ADN de la ternura del principio con los genes de una inconmensurable pasión animal. No encendimos las luces. Sí una vela enorme, de esas que se autoeyaculan por el amplio tronco formando caprichosas figuras. Una luz mucho más sensual. Una llama sumada a las nuestras. Nos tumbamos en el colchón del suelo, sin despegar las bocas. Palpé, un pecho, firme, duro, el pezón enervado, la carne caliente, el perfume se desprendía radiante con el aumento de grados centígrados de los cuerpos. El culo ya lo tenía grabado en mis huellas dactilares. Tan firme como se mostraba a través de los tejanos. Redondo. Carnoso. Apetecible, muy apetecible. Tanteé la vulva sobre el pantalón. Ella hizo lo propio con mi paquete. Mi erección era dura, inmensa, noblemente diamantina. Por entre la ropa abrí el cierre del sujetador y con ambas manos liberé lo que pude sus pechos. Los toqué, los acaricié, los amé. Fuera mi camiseta, la suya, y el tirano sujetador. Desnudos de cintura para arriba, pecho contra pecho, la presión, la temperatura, la suavidad de dos suaves pieles, los pelos de punta, cómo nos gustó desde aquel momento abrazarnos así. Besos, mordiscos, lamí los pechos, mordí los pezones, tiré suavemente de ellos, un poco más fuerte, tampoco le haré daño, mi mano sobre su entrepierna. ¿Me esperaría el paraíso entre aquellas largas piernas? Un augurio de que sí. Saliva. Respiraciones entrecortadas. Umh… Ahhhh… El cuello, allí clavé los dientes. Chupé, lamí, salivé. Le quité los tejanos. Braguita negra. Pubis bien arreglado. Poquito vello, muy poquito. De color castaño clarito. Más morbo. Mi mano derecha sobre el escaso vello. Un espasmo, seguido de otro, de otro… Mi pene con intenciones y fuerzas suficientes como para reventar el pantalón. Acariciándome lo comprobó y me libró de tamaña tortura. Labios vaginales, calientes, húmedos, clítoris, mojado, mojado, no demasiado grande, duro, erecto. Vas a ser mía, pensé. Casi arranqué la braguita del ímpetu dionisíaco y pasé mis labios, mi lengua, chupé, devoré, comí, succioné, bebí, mientras uno de mis dedos hurgaba en la gruta que mi pene deseaba visitar. Noté la violencia de su orgasmo, sus grititos, el cómo apretaba mi polla en su mano, ya libre del slip. Se giró y se la tragó casi entera, volviéndola a hacer aparecer mientras la masturbaba con la mano. Merece la pena vivir aunque sólo sea por momentos así. Mordiscos suaves en el glande, lo empapaba de saliva caliente, dios, qué placer, que no se acabe nunca… Perdí mi identidad como ser deseándola, muriendo de gusto. ¡Qué bien me lo estaba haciendo!

¡Oh, oh! Mierda, entre el sueño que arrastraba y la tontería en que me mecía la presencia de Mery, se me hizo patente el despiste y la poca capacidad de concentración, debido a la absoluta carencia de condones, cosa que nunca me sucedía. Le pregunté a ella. Menos mal, tenía. A mí no me hubiera importado hacerlo a pelo, pero pensé que sin profiláctico al igual se me hubiera fastidiado el asunto. Lo sacó de un cajón. Rasgué el envoltorio, me coloqué el puto condón insensibilizador y la penetré, poco a poco, sintiendo los dos como nos fusionábamos, a pesar del perverso látex, cara a cara, mirándonos, besándonos. Los ojos se habían acostumbrado ya a las penumbras hacía rato. La primera vez que lo hacíamos y era alucinante la manera de congeniar, la complicidad, el feeling. Cómo la sentí. Estábamos unidos rítmicamente en un frenético coito. ¡Geniaaal! Decidió colocarse arriba. Mientras cabalgaba una polla ruda y loca por eyacular, yo la masturbaba y apretaba uno de sus pechos, o pellizcaba los pezones, o abofeteaba su trasero. Movimientos en aceleración constante, relacionados con el placer que sentíamos. Si no se salió entonces mi corazón ya no lo hará jamás; desde aquel día estoy inmunizado contra la embolia por exceso de latidos, segurísimo. El orgasmo avisó con tiempo, hiperespacio, aún más acelerado, más rápido, entrando y saliendo, clavándonos, gemidos, jadeos, movimientos, espasmos… Hasta unirnos en un alarido que traspasó las paredes y que se cuenta como leyenda urbana desde entonces que se pudo oír hasta en Monforte. Orgasmo al unísono. Luego un beso húmedo como ninguno otro en mi vida, teniéndome aún en su interior. Su mirada me fundía. La quería, la amaba. Me separé para liberar mi miembro del yugo del preservativo. Encontró toallitas, como esas que se utilizan para limpiar los culos de bebé y con ellas nos limpiamos. Encendí dos cigarros y casi sin palabras (¿para qué romper un momento tan inolvidable con palabras?) nos abrazamos. Apagados los pitillos, sin separarnos del abrazo, la vida se nos fue nublando y dormimos juntos, compartiendo los sueños, sin recordar nada de Dalí, ni de Matisse, ni de Pepe Calavera, ni de alientos gélidos, ni de prismáticos de dedos, ni de nada. No pensamos en nada. Dormimos plácida y dulcemente. Como hacía siglos que no dormía. Seguro que con felicidad esculpida en la boca; estoy convencido de ello. Cuerpo a cuerpo con una preciosa lince de ojos atlánticos que me había proporcionado uno de los mejores coitos, hasta entonces, de mi vida. No sé si soñé, pero no me separé de su abrazo. No podría haberlo hecho…

1 Comentario Estupefaciente »

  1. XX

    Comentario por Sux — 14 Febrero 2008 @ 16:00

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