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23 Enero 2008

Capítulo 10 – Jueves sangriento – 1ª parte (…y la batalla acababa de empezar…)

Categoría: Capítulo 10, Memorias, Novela Blog — Nes Oliver @ 16:09



Jueves 20 de enero de 2000. Abrí un ojo. Un poco de claridad asomaba por las ventanas. ¿Dónde estoy? ¿En un colchón en el suelo? ¿Qué coño hago yo tirado en un puto colchón en el suelo? ¿Qué bebí anoche? Desorientación. Mucha. Hasta que fui consciente de estar totalmente desnudo y abrazado a Mery. Me calmé. Encendí la luz para buscar el móvil. Era urgente saber la hora, y no suelo llevar reloj. Una vez localizado, lo conecté. Las 08:15. Lo apagué corriendo. ¡Uf! Por si acaso. No tenía ganas de ponerme a leer mensajitos llorones de Myriam. ¡Joder, joder, joder…! ¡Mierda, mierda, mierda…! ¡Qué tarde! No había caído en la cuenta de programar algún puñetero despertador. Y aún tuve suerte y esa especie de alarma mental que en ocasiones tenemos, digamos que funcionó de aquella manera, pero funcionó.

Mery también despertó. Bueno, sólo a medias. Me vestí corriendo, la besé dulce y cariñosamente y le susurré, para no desvelarla, me encantas, pero tengo que marchar a trabajar. Que siguiese durmiendo, que más tarde la llamaría. La volví a besar y salí volando. Desvergonzadamente tarde.

Mientras conducía, un horrible presentimiento se adueñó de mí. Nada concreto, pero sabía que aquel iba a ser un día de pesares. Algo desastroso sucedería. Normalmente, cuando me veo arrollado por uno de estos terribles presentimientos no suelo equivocarme y alguna desgracia pasa por encima de mí…

Cerca del hotel ese presentimiento se agudizó. La Lolita recepcionista me dio varias notas de recados después de preguntarme si yo era el ocupante de la habitación trescientas nosécuantos. Se inició en ese preciso instante mi particular bloody thursday.

Al recoger las notas temblé. No era de lo más normal que me dejasen mensajes en recepción. ¡Ay, madre del Señor! Sudor frío bajando por el espinazo, por la frente, por las manos. Más que frío, congelación. Cero grados Kelvin. Cero absoluto. Tuve grandes dificultades para desentumecer mis rígidas extremidades. Esperando el ascensor ya iba leyendo.

Primer mensaje, en catalán. Señor David P. 01:25: Alfonso está muy jodido. Te hemos estado llamando y tenías el móvil apagado. Lo llevo a urgencias. La nota estaba escrita de su puño y letra.

Segundo mensaje. Srta. Myriam. Me estremecí. 02:20. Llame en cuanto pueda.

¿Cómo coño había conseguido el teléfono del hotel? ¿En Páginas Amarillas, en mi competencia? Porque yo ni siquiera le había comentado el nombre del hotel. ¿Tanto pellizcaba el ansia que fue llamando hotel por hotel hasta dar con el hotel en el que dormía? Estaba flipando. Santiago está plagado de hoteles.

Tercer mensaje. Srta. Myriam. 03:10. Urgente. Llame en cuanto pueda.

Cuarto mensaje. Señor David P. 03:35. Por si llegas al hotel antes de encender el móvil. Muy posiblemente Alfonso tenga una gran pulmonía o neumonía. Lo van a internar para hacerle unas pruebas. Yo sigo aquí con él. Llama.

Quinto mensaje. Srta. Myriam. 04:25. Muy urgente. Llame en cuanto pueda.

Los siguientes también eran de Myriam, uno a uno iguales. Se me venía el mundo encima. Sólo cambiaba la hora. 04:55, 05:20, 05:55, 06:30, 07:10, 07:50… Una verdadera histeria. Suerte tengo de mi mente ágil y resolutiva. Encendí el móvil y antes de que nadie pudiese llamarme, antes incluso de recibir algún SMS, llamé a David. Aún estaba en el hospital. El pronóstico de la salud de Alfonso era muy grave. En cuanto me duchase y me cambiase iría para el hospital.

Mientras hablaba con David, al oído derecho iban llegando los pitidos de los mensajes que se recibían, unos cuantos. Los de David eran de información sobre Alfonso e insultos por tener el celular desconectado. Los de Myriam eran patéticamente deprimentes. Una mezcla entre ansiedad, esquizofrenia, histeria, psicosis… No había dormido pensando en el enfado, en lo poco que la quería, en lo mal que nos iba, pero que ella me amaba más que a su vida, que sin mí preferiría morir. ¡Ay, la hostia puta! La llamé corriendo. Ya tenía mi alegato.

Descolgó enseguida. La voz cansada y nasal, signo indiscutible de haber llorado.

- ¿Qué pasa, nena? - le dije en un tono amable y conciliador, como si no fuese consciente del mal que le había ocasionado. La dejaría hablar. Si se desahogaba antes era mucho más fácil que creyese mi invención.

- No puedes seguir así conmigo. Me estás matando, y eso no lo merezco. Creo que he pagado de sobras el daño que te hice en verano -, tomó aire y prosiguió -. Sé, porque te conozco, que no es voluntario nada de lo que me causas, más aún, sé que no actúas vengativamente, pero me matas. No he dormido en absoluto esperando poder hablar contigo, pero claro, el señor vete tú a saber que haría -. Me estaba poniendo a huevo que la dejase, pero el ser tan sobradamente pusilánime y sí, también indeciso, me lo impidió. Cuando llegue a Barcelona, acabaremos de plantearlo. Pero no por teléfono. No así, no. No podía.

Con la calma del cansancio de tanto llorar y no dormir, mi pareja continuó.

- Ya llamé para no ir a trabajar. He dicho que estoy enferma -. Otra pausa que se me hizo eterna. Doy por sentado que estaría buscando las palabras exactas para atacar de una vez por todas - ¿A quién mierda te estás follando, Nes? ¿Con quién has dormido hoy? ¿Dónde has dormido hoy, cabrón hijo de puta? Si es que se puede saber, claro.

Mucha mala hostia. Correcto. Myriam había desplegado todas sus fichas, pero tenía la reina y el rey en una posición defensiva muy desfavorable. Iba a darle jaque mate en tan solo unas pocas jugadas. Nes Kasparov.

- Tú y tus resquemores, cuando fuiste tú la que se fue de fiesta con amiguitos. No he dormido nada… -, y dejé silencio para darle la oportunidad de que moviese la dama más a mi terreno.

- ¿Y lo dices así de tranquilo? -. Mordió el anzuelo y perdió la dama. A por el rey.

- No he dormido nada porque David y yo hemos pasado la noche en el hospital. A Alfonso le dio un ataque y casi se nos muere, coño. Acabo de llegar ahora al hotel para ducharme y cambiarme. Con los nervios no pude ni pensar en llevarme el móvil, que se me quedó aquí. Y eso es lo que ha pasado. No puedes pensar siempre tan en negativo, joder. Siempre igual con la puta manía de que te meto cuernos. Recuerda que fuiste tú quien lo hizo… -. Bordado. Jaque mate. Vence Kasparov. No se atrevió casi ni a replicar. Pidió perdón, clemencia por la excesiva paranoia de desconfianza, lloró lágrimas de culpabilidad y repitió cuánto me quería no menos de cinco veces. Me dejó para ir a dormir y que yo volviese (fuese por primera vez) al hospital. Quedamos en hablar más tarde. Menos mal. Solucionado, pero ya se me había quedado mal cuerpo. Después de eso ya no podría hacerle la judiada de la desconectada de móvil. Si había conseguido el número de teléfono del hotel por pura ausencia de confianza, en cualquier otro momento podría volver a llamar. No era demasiado conveniente ir a dormir a casa de Mery. Eso sí, podía traerla a Área Central. Supuse que a ella no le importaría dormir en mi hotel si le apetecía estar conmigo. Sobre la marcha.

Agenda mental. A las doce había quedado con el macroempresario súpercliente. Tenía que pasar por el hospital. Y ya está. No tenía nada más preparado, ni lo quería tener, ni lo tendría. No pensaba hacer nada más en absoluto.

Subí a la cafetería, tenía un poco de hambre. Un par de donuts, consabido litro y medio de café y algo de zumo. Ducha exprés, traje de Caramelo de pana negra, camisa negra, botas negras, corbata de rayas rojas y negras, y gabardina de piel. Negra, por supuesto. Busqué en la guía la dirección del hospital y la forma de llegar.

Dirigiéndome hacía allá llamé a la jefa. Ya estaba al tanto del estado de mi compañero, David había informado para poderse quedar toda la mañana durmiendo y cuidando un poco de Alfonso. Comenté que iba un ratito al hospital para posteriormente ir a trabajar. Ella me advirtió que no estaría durante el día, que ni siquiera dormiría en Santiago. Ya estaba en Vigo para una reunión y se quedaría. En teoría volvería por la mañana. Estupendo. Eso me dejaba totalmente libre en cuanto saliese de la firma de contratos y de comer con mi cliente. Regresaría al hospital, dependiendo del estado de salud de mi compañero, y luego a tocarme las pelotas. Me subió el ego que en su ausencia me nombrase responsable del grupo. Si los comerciales tenían algún problema era posible que me llamasen a mí. Me daba cancha para que autorizase los descuentos que fuesen lógicos. ¡O.K., Sonia! Después de haber solucionado el entuerto con Myriam la cosa no pintaba tan mal. A la postre responsable del grupo in ausentiam, justo el día que iba a conseguir otro pastón de miedo en contratos. Un paso para mi ascenso. La suerte me sonreía. Salía nuevamente el sol a pesar del tormentoso inicio de la jornada. Ya daría tiempo de sobras para que volvieran las brumas.

Ni me molesté en preguntar en Información por la habitación de Alfonso. Llamé a David, para no perder tiempo, y él me lo dijo. Subí directamente. Hay que ver la poca seguridad que hay en un hospital. Nadie me pidió un pase, nadie me preguntó nada. Podría entrar con cualquier tipo de arma homicida, matar a quién me saliese de las narices y nadie se enteraría. El crimen perfecto.

En la habitación (compartida, claro está), estaba Alfonso, demacrado, pálido, envejecido de golpe y porrazo veinte años. Débil y frágil. Él, que siempre mostraba una fuerza vital, una gallardía y una alegría inconmensurables, estaba atado a una máquina de oxígeno, con la mascarilla puesta y la respiración jadeante, asmática. Me dio pena. No más que su compañero de cuarto, un pobre señor canceroso que se agarraba a la vida por pura y obstinada obcecación. Un muerto en vida. No era el vecino que uno espera para poder animarse, no. Se sufría por él. Recuerdo a David girándose cada dos por tres que escuchaba algún quejido para comprobar si había sido el último suspiro del pobre fulano. Dramático, creedme.

Alfonso dormía y no quise despertarlo. David, que lo había estado velando, no tenía mucha mejor cara que él, a pesar de estar sano. Dijo de ir a tomar café.

En la cafetería me lo contó detalladamente. Alfonso estaba muy enfermo, tirado en su cama en el hotel. Eso ya me lo sabía de la tarde anterior. David se fue a cenar con el resto. Alfonso lo llamó porque se ahogaba, y David, mientras llegaba al hotel se anticipó a la crisis respiratoria llamando a una ambulancia. Al poco de llegar, intentando calmar el creciente nerviosismo de Alfonso, llegaron los médicos de urgencias y se lo llevaron al hospital, y al Uannai con ellos. Alfonso padecía muchos problemas cardiorespiratorios en los últimos tiempos y decidieron hacerle mil pruebas. Así estaban las cosas. Internado hasta mejoría.

- Y tú, fill de puta, a ver si la próxima vez que te necesite con urgencia tienes el teléfono encendido. Tanto follar con la rubia… Y éste muriéndose. ¡Me cago en la puta! -. Me sentí culpable. Y le dije que lo sentía, pero que Myriam me había estado agobiando, por lo que prescindí del móvil - ¡Te lo mereces, por ser tan cabrón de mierda, hale! ¡Te jodes! -. Imposible ser más explícito.

En cuanto acabase la cita de las doce le relevaría. Le pareció bien. No me quedaría a comer con el cliente, no iba a dejar que David se ocupase de todo él sólo. No era justo. Ni ético. Albert, nuestro jefe de Barcelona, había conseguido crear un grupo con un muy alto nivel de compañerismo y compromiso. Y en momentos así se tenía que notar. Le llamamos, por cierto, para que se pusiera en contacto con la mujer del enfermo y le explicase. Era necesario. Al rato, después de que Albert le diese nuestros números, la señora nos llamó tremendamente preocupada. La pusimos al corriente. Miraría horarios de aviones, trenes y autobuses y en cuanto pudiese vendría para allá. Alfonso estaba muy fastidiado, y aunque ambos pensábamos que era una cabronada de viaje para la señora, era mucho mejor que estuviera en Santiago al lado de su marido. Sería imperdonable que le pasase algo malo y su mujer no estuviese. Mientras nos haríamos cargo nosotros.

Regresamos a la habitación. Habríamos estado fuera no más de media hora. Alfonso seguía durmiendo. El cansancio por la dificultosa respiración y la cantidad de calmantes que seguramente le habrían administrado lo tendrían dormido durante horas. El otro enfermo había desaparecido. Al rato entró una chica para llevarse la ropa de la cama vacía para desinfección, y volvió a hacerla con sábanas limpias. Preguntamos por el señor, era muy extraño, y nos dijo que había muerto y que traerían a otro enfermo. ¡Joder! ¡El tío había palmado en el tiempo de un café! Y por lo que parecía, ni Alfonso se había percatado. La fugacidad de la vida, oye. Y el poco respeto que tiene la Seguridad Social por la muerte, corre, corre, a toda prisa, a reutilizar esa cama, que hay pocas. ¡Vaya putada es la muerte, y más en un hospital público!

Por suerte no lo vimos morir, que es bastante penoso y desagradable. La primera vez que vi morir a alguien, me impactó desmesuradamente. Incluso me marcó. No sé por qué, pero le tenía cogida la mano a mi bisabuela, abuela de mi padre. Esta mujer ya tenía una edad avanzada, ochenta y pico o noventa años. De pronto emitió un sonido gutural, un repugnante ruido como el de un eructo alargado… Y su mano quedó rígida agarrando la mía. ¡Qué impresión! No podía abrirle la mano, estaba atrapado por una anciana que no tardaría en enfriarse, recién muerta. Chillé cuanto pude y mi pobre madre tuvo que sacar fuerzas, antes de llorar, para librarme de la garra rígida. Yo no lloré, que va. Suspiré por volver a sentirme libre nuevamente. ¡Qué yuyu me da el simple hecho de rememorarlo!

Primer plano, cuarto de hospital. David, sentado en un enorme butacón con pinta de ser bastante cómodo, quedó profundamente dormido. Yo resté en silencio, sin moverme, sin crear el mínimo ruido. Así hallé unos pocos minutos de intimidad mental en solitario para pensar en Mery… y en Myriam.

Me encontré con el bellísimo cuerpo desnudo que hacía pocas horas había tenido oportunidad de saborear, el tacto de su piel, su olor, su sabor, sus labios carnosos, su vagina acogedora… Me soliviantó una inoportuna erección y una no menos inoportuna necesidad sexual cuando restaban todavía unas horas para solucionar mis apetitos. Ohmmm… Mantras sublimadores de instintos sexuales desaforados. Ohmmm…

La hora de la cita se acercaba, así que dejé a los dos dormilones y marché en dirección a la zona nueva de Santiago.

Con gran sorpresa comprobé que, ciertamente, el cliente me lo tenía bien preparado, muy bien preparado. Profesional lo era el tipo. No nos llevó demasiado rato rellenar y firmar los contratos. El objetivo previsto para aquellos días de trabajo en Galicia ya estaba más que superado en sólo tres ratitos de trabajo. El que vale, vale, jejejé…

Le conté la movida del estado de salud de Alfonso y de lo jodido que estaba. Con ello me excusaba de no poderme quedar a comer con él. Además, aún era pronto para ello. Bueno. Pero vamos a tomar un vino y un poquito de jamón y acabamos de charlar, Nes. No me negué. El vino y el poquito de jamón se materializaron finalmente en algo más de una botella entera, dos platos de jamón y pan con tomate (el famoso pa amb tomàquet de mi tierra), acompañados de una mastodóntica bandeja de diversos tipos de quesos. Hay que reconocer que los quesos gallegos son exquisitos. Bueno, la mayor parte de quesos del mundo. Sin queso en mi vida preferiría morir. Uno de los peores castigos que se me podría infringir, aparte de no poder follar, sería el convertirme en intolerante a la lactosa.

El camarero de la noche anterior me vio sin chica y flipó. Miraba extrañado. ¿Es o no es, es o no es? Y si es, ¿qué coño hace el de Taiwán con el gordo de las reformas y sin su cybernovia?, supongo que se preguntaría. El cambio en el vestuario me resguardaba, por suerte. Claro que no vino a mí para que respondiese sus ocultas dudas. La una y media de la tarde y yo medio borracho e inflado de comida. Mi cliente borracho, inflado no. El tío, con ese buen humor que caracteriza a los gorditos bonachones, en broma se quejaba al camarero de la escasez de jamón y queso de los platos y, divertidísimo, exigía el jamón entero en compensación. Creí que acabaría por partirme en dos de tanto descojone. Después de un café triple, pagué. Esa vez yo. No me gusta quedar como un gorrón. Menos aún ante un cliente económicamente tan fuerte. El colega pidiendo era un gran sibarita. Tanto el vino como el jamón y el queso eran de buenas marcas, porque me soplaron 30.000 pelas (180 €) por el aperitivo. Me daba igual. Soy bastante despegado con el dinero. Y sólo de comisiones de la venta de ese día me llevaba diez veces más. ¿Qué más daba?

Antes de despedirme, para mi gran sorpresa, me citó al día siguiente. Me llevaría a ver a su hermano, el cual tenía negocios de construcción también, de coches de importación, un restaurante y nosequé me contó más. Y así utilizaba esa presentación para comer con él, que hacía tiempo que no lo veía. El tipo se excedía de tanta amabilidad para con mi negocio. En términos monetarios a mí me venía de puta madre: unos ratos más con ese cliente y a batir marcas y listones habidos y por haber de objetivos. La jornada siguiente aún depararía más contratos gracias a ese individuo. Fugazmente, alguna neurona le comentó a otra la posibilidad de la bisexualidad u homosexualidad del cliente. No le di mayor importancia a aquel pensamiento de vuelo rasante. Y si lo era peor para él. No me atraen los tíos.

- Venga, chaval, una mano -, y me acercó su mano de dedos como morcillas para que la estrechase -. Mañana a la una, una y media ven a buscarme. Ya hablarás de negocios con mi hermano después de comer. Si hubiese cambio de planes, nos llamamos. Hasta mañana.

Marchó. El día anterior habíamos intercambiado las tarjetas, por ello ambos teníamos el número móvil del otro. En aquella época de mi vida daba el número a la humanidad entera por si surgía algún contratiempo. Es más, respondía a todas las llamadas. Hoy ni por asomo se me ocurre responder a una llamada de un número desconocido. Menos aún si es número oculto. Sí, hay días que le tengo fobia al teléfono y otros asco y manía…

Nadie ha dejado sus estupefacientes »

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