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23 Enero 2008

Capítulo 10 – Jueves sangriento – 2ª parte (…hay muchas pérdidas, pero dime, ¿quién ha ganado…?)

Categoría: Capítulo 10, Memorias, Novela Blog — Nes Oliver @ 20:33


Llamó Mery. Hice lo que hacía con mi novia. Colgué y llamé yo. Cuando descolgó, ¿qué haces?, y le expliqué que así a ella no le costaría nada la llamada, ni a mí tampoco. Vale. ¿Dónde comes hoy? Ya he comido. Bueno, he picoteado, pero estoy lleno a reventar. Le conté que Alfonso estaba en el hospital. No se lo podía creer. Ella, como estudiante de enfermería, tenía prácticas en el hospital. De cuatro a diez. Las casualidades nos iban rondando, acechando a los dos.

- ¿Estás vestida ya? - le pregunté.

- Sí, claro, ¿por qué?

- Para ir volando a desnudarte, juá, juá… No, hombre, no. Para pasarte a buscar y llevarte al hospital. ¿Vamos a la cafetería del hospital a que comas algo rapidito? Tenía todo muy buena pinta esta mañana.

- ¡Vale! ¡Muá…! - Me había lanzado un enorme y sonoro beso.

- En diez minutos estoy allí. Cambio y corto. Hasta ahora, preciosa. Muá -. Le devolví el beso y colgué.

Hacía un día bonito. El único día de sol calefactante del crudo invierno compostelano. Decidí descapotar el coche. En cuanto no hay un día de frío de grajos volando en rasante decido abrirle el techo, aunque la gente me mire mal, como diciendo mira el imbécil vacilón ese. Me suda la polla. Soy propietario de un vehículo así para poder disfrutarlo. En Inglaterra los abren durante todo el año y hace mucho más frío que en la Península. Y a nadie se le ocurre decir nada. La calefacción de este tipo de coches es, además, incomparablemente más potente que la de un coche normal y la estructura arquitectónica del vehículo impide que la mayor parte del aire frío entre dentro del habitáculo. Chaqueta de piel y calefacción, gafas de sol azules y música a tope. Dover, el diablo siempre sabe lo que uno busca, lo que uno necesita, y si eres bueno con él. Y si te portas bien con él te lo da. Aceleración animal de casi doscientos caballos (retoques de taller) en menos de mil kilos de peso, tracción trasera y cambio de marchas corto. Listos para volar, si no en velocidad (no rebasa los 220 km/h), sí en aceleración bruta, pura y dura. Como una guitarra distorsionando y con un efecto de wah wah. Revólver, me pasaba el día sentado viendo pájaros volar. No servía para padre. No servía para amar.

Y sin casi enterarme ya estaba en casa de Mery. Algunos vecinos, incluidos los del bar de enfrente, salivaban ante el coche. Ya estoy acostumbrado, pero realmente es un coñazo que en cuanto esté descapotado o con los faros levantados la gente te observe curiosa. Bajó la preciosidad de Albión, contenta de ver a Pimientito abierto.

Un beso cálido pero mimoso. Mucha más expectación entre el vecindario. La cultura del marujeo. Arrancamos con decenas de pupilas fijadas en nosotros. Mach 1, velocidad del sonido. Nosotros y la música que llevábamos enlatada creábamos un remolino de aire a nuestro alrededor. O lo quemábamos. No corta el… aire, sino vuela, un pimientito bergantín. Totalmente olvidadas, por lo menos en esos momentos, todas mis comeduras de olla. Estar con Mery arrasaba las negatividades del vivir. Y me hacía sonreír. Me hacía sonreír continuamente.

Al llegar cerca del hospital bajé la música. Ya os he dicho en alguna ocasión que soy de educación exquisita: en zonas cercanas a hospitales o centros de salud se ha de respetar el descanso de los enfermos.

Directos a la habitación de Alfonso. David y él proseguían el solaz roncador. En la cama de al lado, la que fue desocupada por óbito súbito, un señor con las piernas escayoladas también andaba en brazos de Morfeo. Nos largamos con suma cautela de no despertar a ninguno.

En la cafetería comió Mery, y yo, no podía ser de otra manera, fui gran maestro cafetero. Hablamos largo y tendido. De mi trabajo, de sus estudios y sus prácticas. Ese día le tocaba la sección donde estaba Alfonso. Como el resto de enfermeras en prácticas, debía acudir al timbrazo de cualquier enfermo y a las horas correspondientes darles las medicinas.

De ahí pasamos al asunto de las respectivas parejas y la ineficaz situación afectiva en la que estábamos sumidos. Con total convicción afirmó que ese mismo fin de semana dejaría a Luis, que ya no aguantaba más y que quería estar conmigo. Yo a Myriam no podía hacerle semejante daño por teléfono y medio inventé una historia de tratamiento psicológico por depresión cada vez que había intentado dejarla. Me adelanté explicándole lo ocurrido la noche anterior y la cantidad de llamadas al hotel. Mery alucinaba. En estas, quizás por hablar de ella, por llamar al mal tiempo, llamó por teléfono. Consabida colgada y llamada. Ni puta gracia. Estaba muy cómodo de hablador con Mery. Pero los poderes predictivos de Myriam debían estorbar, en la medida que pudiesen, toda posibilidad de que yo llegase a enamorarme de la chica que me miraba en aquel justo instante con los ojos más verdes y hermosos que se puedan recrear en la imaginación. ¿Qué me decía? Lo de siempre. Por supuesto que teniendo a Mery a mi lado, estuve bastante más seco. Y bastante más escueto. Me alejé un poco para que no oyese nada. Le conté a Myriam que, además de lo del hospital y de no dormir, la jefa se había pirado a una reunión dejándome como responsable del grupo y no imaginaba la de trabajo que me estaban dando. Que le sumase el broncazo inmerecido de la mañana. Así la hacía sentir culpable, esperando con ello que me dejase un poquito más tranquilo, vivir en paz mi historia de amor. Con tanto intervencionismo no descubriría si podría ser amor o no. Con un

- Vale, cariño. Te dejo. Luego hablamos, y así tenemos un ratito más calmado. Te quiero, nene. Hasta luego - colgó.

Luego, luego, luego… Siempre luego. Yo no quería, ni en ese momento, ni después, ni nunca. No quería volver a hablar con ella hasta regresar a casa. Pero me pareció que no podía ser. Si se me hubiera ocurrido sólo el hecho de comentárselo, no dejaría mi teléfono tranquilo hasta que le diese explicaciones y volviese con ella. Idea descartada, a la papelera de reciclaje, hale…

Después de abortar la llamada, la chica de mis sueños dalinianos y yo nos besamos, y poco a poco noté cómo el deseo me absorbía nuevamente, arañándome con sus zarpas de fiera. Mi mente perversa tuvo que actuar. Debía que haber en un hospital alguna habitación vacía, vestuario, o algo donde poder hacer el amor. Realmente lo había. Cerca de urgencias. Los médicos, al tener turnos largos y estresantes, gozan de salas de descanso para echar siestas. Y para pegar polvetes. Que no todo es mito de los hospitales, no. Mery me estuvo contando grandes cosas en relación a esos temas. Se supone que el trabajar en el límite de la vida y la muerte a diario con la vida de otros une de manera especial. Así aparecen docenas de relaciones de médicos y enfermeras. Además de que muchos de los médicos de urgencias van drogados hasta las cejas, más veces de las que imaginamos, para poder aguantar turnos imposibles. ¡Ei, cómo te enamores de un médico yonki te mato, eh!, bromeé. Ambos reíamos mientras íbamos en busca de la llave escondida de una habitación escondida con camillas donde poder escondernos. Previamente, Mery se había colocado una bata y su identificación, Enfermera en prácticas. Srta. Mery C., Universidad de Santiago de Compostela (¿o era en galego?). Normalmente los uniformes suelen invocar cierto morbo. Para mí, en concreto el de enfermera, en la Escala Fetichista es el primero por excelencia. Factor inhumano que ayudaba a soliviantar aún más si cabe el atenazante y cruel deseo sexual.

Pasamos por miles de pasillos y llegamos a la zona de vestuarios. Me asomé un momento al de hombres, por curiosidad, y encontré una bata que alguien había dejado olvidada. Estaba limpia y llevaba identificativo. La tomé prestada. Prestada para siempre, claro. Me abriría puertas en algún momento, seguro. Dr. Sánchez. Apellido más común imposible. Mucho mejor. Desde ese instante, si alguien me viese por la zona de personal del centro, no se cuestionaría si era o no médico. Camuflaje perfecto.

Jugamos a tocarnos, a besarnos, a escaparnos, aumentando así la tensión sexual que creaba el que nos pudieran enganchar recorriendo el hospital a nuestras anchas. Por fin hallamos el tesoro de la llave y el cuarto y allí nos encerramos. Estamos locos. Sí, pero me fascina ser tu loco. Fue sorprendente ver un pequeño armario de cristal repleto de productos anfetamínicos, pero entonces las drogas no me interesaban, por lo que ni me planteé saquearlo.

Nos desvestimos rápidamente y, no sabiendo dónde encontrar un condón, lo hicimos a pelo, casi sin ni siquiera preliminares. El aguijón lascivo era demasiado incontrolable, combustible, ardíamos, nos quemábamos. Quemaba nuestra alma y nuestra piel… Se tumbó sobre la camilla mirando hacia mí. Quemaba toda nuestra carne. La mía entraba y salía de Mery, rígida y orgullosa, hasta que, en pocos minutos, notando su orgasmo, tuve que salirme de ella y eyacular sobre su barriga y sobre su pecho. A esto se le suele llamar normalmente, un polvo de aquí te pillo, aquí te mato… ¡Fantástico!

Acabado el acto nos secamos de fluidos, nos vestimos y nos volatilizamos de la zona restringida. Al salir me quité la bata y la doblé, llevándola en la mano. Casi era la hora de entrada de Mery. A punto estuve de dejar escapar de mi garganta un te quiero que ahogué y reprimí aún no sé cómo. Me acompañó para volver a la zona pública, más besos, y quedamos en que la esperaría en la habitación de Alfonso hasta su salida. Guiñó un ojo y desapareció por otro pasillo, moviendo el culito, pizpireta ella, sabiendo que yo la miraba indefenso ante su alejamiento. Me tenía totalmente sorbido el cerebro. Su cuerpo y el mío parecían hechos el uno para el otro. El uno para el otro. Demasiado bestia, ¿no? ¡Qué brutal certeza! Y ese tipo de certezas son más fuertes en el frío enero que en julio o agosto, meses de vacaciones, propicios para enamorarse porque sí. En enero, con temperaturas esquimales perseverantes, los amores son radicales, de verdad, son ciertos. Con estas cavilaciones me dirigí a guardar la bata robada al maletero, y hacia la habitación del enfermo posteriormente.

David había marchado no hacía demasiado rato a comer. Si Mery y yo hubiéramos salido segundos más tarde para buscar el cuarto del folleteo nos hubiéramos cruzado por los pasillos con mi loco colega. Charlé con Alfonso; habló poco, jadeante y ojeroso, con la respiración de perro agotado que se entrecortaba de tanto en tanto. Le conté que su mujer estaba informada, lo que le pareció bien… Le encendí el televisor. El vecino de cuarto se añadió a una conversación estúpida que manteníamos por no recuerdo qué historias de Jesulín de Ubrique. Era un chaval poco mayor que yo que había sido arrollado por un camión mientras circulaba en moto. Por lo menos ese no daba miedo por estar cerca de la muerte como el anterior vecino. Este sólo estaba inmovilizado, magullado y aburrido. De improvisto apareció Mery con una bandeja llena de medicamentos. Sonreí. Alfonso, a pesar del malestar que sufría, la reconoció del Mc. Donald´s y, sin haber perdido un ápice de su compostura de caballero y conquistador, la piropeó con total elegancia.

- Vaya, si ya he muerto. Estoy viendo al ángel más bonito del cielo. Pues tampoco es tan malo entonces esto, oye… - Mery reía.

- Alfonso, no te queda nada a ti aún para irte a los cielos. Mucha guerra vas a dar todavía. Y más cuando venga mañana tu esposa, que me lo ha contado un pajarito - mientras levantaba el respaldo de la cama y lo dejaba fijo. Le quitó la mascarilla y le acercó un vasito de agua y unas pastillas. Le ayudó a ingerir las pastillas y le volvió a colocar la mascarilla de oxígeno, colocando la cama en la primitiva posición. Luego levantó la manga del pijama, buscó el agujero de la vía abierta ya en su vena y le inyectó otra medicina -. Ahora, guapetón, a seguir descansando. Bueno, que estás en muy buena compañía - . Bajándole la manga le guiñó el ojo derecho, regalando aquella sonrisa divina. Alfonso, con esfuerzo, eso sí, devolvió el guiño y la sonrisa.

Le tocaba al motorista de piernas rotas. También quiso piropear a tan linda enfermera. Pero claro, además del impresionante y rudo acento de pueblo y de ser bárbaro y zafio, el pobre infeliz no se planteó hasta qué punto conocíamos a Mery, hasta qué punto conocía yo a Mery.

- Pues yo al verte no me creo ni muerto, ni enterrado, ni en el cielo. Si no fuese porque no me puedo mover, saltaba a morderte. Es que estás muy rica, bonita. Cómo seas tú la que vengas a limpiarme te voy a demostrar lo vivo y coleando que estoy. Que estás muy rica -. Creciéndose, pensando que nos hacía gracia su imbecilidad ordinaria de salido.

Me llené de furia indomable y a punto estuve de saltar a seccionarle la yugular, de arrancarle la piel, el alma, la cabeza entera y las piernas. La lengua también, para no escuchar nunca más sus imbecilidades. Pero mi ética de la no-violencia me obligó a permanecer sentado, callado y mordiéndome los labios. Mi ética y el hecho de que Mery rápidamente le recriminase, claro.

- Yo muy rica y tú muy inmovilizado. Mira, no me faltes al respeto que estoy trabajando -. El pobre enfermo se iba poniendo rojo por momentos -. Lo primero porque te retuerzo las dos piernas y te dejo cojo para siempre. Lo segundo porque en vez de medicarte podría envenenarte. Lo tercero porque a tu compañero de habitación, que es amigo mío, le puedo convencer fácilmente para que sólo ponga en la tele los programas de televisión que más asco te den. Y lo cuarto, y entérate bien, porque a mi novio, ese chico de ahí de pelo largo - señalándome mientras el fulano ya estaba totalmente de color morado -, no creo que le haga excesiva gracia que digas esas tonterías y barbaridades hacia mi persona, bonito… - con retintín -. Que tendrás que verlo durante unos pocos días. Frena un poquito esa mente calenturienta, que esto es un hospital y tú estás muy jorobado del accidente…

Se disculpó una y otra vez, parecía que nunca acabaría. Mery lo había pisoteado con exquisita dignidad, le enseñó lo puto gusano que era, un ser inmundo, reptador. No pocas veces se arrepentiría el idiota por su actitud lerda. ¡Qué grande mi niña quitándose de encima a cretinos…!

Nadie ha dejado sus estupefacientes »

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