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28 Enero 2008

Capítulo 15 – Cerdos, cubatas y farlopa – 1ª parte (…salir, beber, el rollo de siempre…)

Categoría: Capítulo 15, Memorias, Novela Blog — Nes Oliver @ 4:33



Ahora sí que sí. Viernes 21 de enero de 2000. El sonido del jodido teléfono del cuarto me sobresaltó despertándome. Me cago en la puta, nuevamente el enfermo mental este llamando y molestando, elucubré sin ayuda de ningún tipo de axioma deductivo. Pues no, error, te equivocaste, por chulo. Recepción, buenos días. Son las… Hasta luego. Colgué impúdicamente. No pude tener miramientos con el susto que me habían dado. Justo en el instante en que me di cuenta de la escasez momentánea de educación y decoro, sonó mi móvil. Era Sonia. Que no vendría finalmente, que andaba muy liada en la oficina de Vigo y que, además de quedarme nuevamente de responsable, quería que llamase a los compañeros para darles una charla e intentar animar las escuetas venta y, como fuese, hacer que no se escaqueasen justo después de comer… o incluso antes. Yo estaba convencidísimo de que Sonia no tenía ni putas ganas de trabajar ese día y pasaba de bajar hasta Santiago. Ni estaba en la oficina ni pollas en vinagre. Seguro que estaba tirada en la cama recién llegada de una juerga gorda, apestando a alcohol y con la nariz tiznada de blanco. Con su pinta de golfa viciosa a mí no me la daba. Y también por la voz cansada y rasgada.

La única luz que alumbraba la alcoba era el brillo de sus ojos que se abrían como preguntando qué pasa. Nada, cariño, sigue durmiendo… La dejé abrazando una almohada y llamé a los curritos. Qué bonita estaba, ay… En vez de quedar en el sucedáneo de oficina lo hice en la cafetería del hotel. Un ambiente más distendido. David actuó como si dos horas y pico antes no hubiera sucedido nada. Probablemente ni lo recordase. Eso sí, era impresionante la puta capacidad de recuperación que tenía su organismo, porque estaba tan fresco el muy cabrón…

Hasta aquel momento nunca había dirigido un, llamémosle así, morning meeting, pero lo recuerdo de forma positiva. Les comenté que nos (el nos no iba por mí, iba por ellos) teníamos (se tenían) que esforzar mucho, y ya que la semana había sido penosa (excepto para mí), que achuchásemos (achuchasen) un poquito más ese día. Si alguien firmaba algún contrato potable y quería marchar a casa (al hotel en caso de David), que lo hiciese. Pero el que no, que trabajase hasta poder marchar con la cabeza bien alta. Sería muy triste tomarse parte del día libre sin merecerlo. Acabado el rollazo, salieron a trabajar sin excepción, con muchos ánimos. Yo volví con la nena.

Como ya había tomado tres cafés y media docena de cigarrillos, me hallaba completamente desvelado y vi francamente imposible volver a conciliar el sueño. No tenía ganas, no obstante, de salir hasta la cita para comer. O hasta que tuviese que llevar a la desnuda dormilona a su casa. Mandé un mensaje de texto a Myriam para explicarle que volvía a estar de jefe y que tenía trabajo de sobra como para desfallecer. Era mi manera educada de decirle: tía, hoy déjame, no me toques los huevos y no me molestes mucho demasiado con tus tontadas.

No encendí ni música ni la tele para no soliviantar el descanso de Mery, y en el escritorio me puse a preparar contratos, reportes escritos y bocetos de anuncios. Acertáis de sobras afirmando que de los reportes, salvo las cifras de ventas y el nombre de los clientes a los que había vendido, el resto era más falso que Judas. Clientes inexistentes, pendientes, o bien falsas negativas de vistas que no hice ni haría. Tampoco había hecho más que lo firmado. En poco más de una hora, con la tranquilidad de la vagancia, adelanté la faena. Una vez solucionado, me tumbé a intentar dormir, pero Mery se despertó. Y el sexo inacabado y truncado del día anterior tuvo su obligada culminación de armonía y pasión. Ella encima de mí, cabalgándome, mostrándome todas las posibilidades de movimientos de unas caderas sobrehumanas. Ligera me montaba, introduciéndose mi polla enterita para, acto seguido, botar hasta casi hacerla salir de su cuerpo. Yo notaba uno a uno sus pliegues, sus paredes, su útero al golpear, porque cuando ella bajaba devorando mi pene al completo, yo hacía gala de todas las fuerzas disponibles para dar potencia a la penetración. Mientras, con la mano izquierda vuelta hacia arriba, tocaba como bien podía su Clítoris del Placer y con la palma de la mano derecha azotaba su trasero o tanteaba su ano. Mi pene sellaba su vagina tornándola hermética. El orgasmo abrasivo no se nos hizo esperar, un alarido húmedo y tenso, un alienante castigo de placer, y nos liberamos de fluidos y de las tensiones de la noche desastrosa. Nos besamos para celebrar una magnífica corrida.

Así, sudaditos, en pelotas y en la cama, fumamos y conversamos hasta el mediodía, con la televisión de banda sonora: por el hilo musical sonaba pura bazofia. Recreamos mentalmente la agenda del día en curso. Ella tenía que pasar por casa a buscar cuatro cosas e ir a la Estación de Autobuses. Marchaba a Lugo, a ver a sus padres y a abandonar a su novio. No regresaría hasta el domingo por la noche. Yo utilizaría el fin de semana para poco más que emborracharme con El Loco. Para suerte mía, el finde casi había comenzado. Me quedaba como única obligación el ir a comer con mi cliente y parte de su familia y san se acabó. Si no sucedía nada extraño, a dormir toda la tarde, que buena falta me hacía.

Nos bañamos juntos. La bañera llena de agua caliente y de espuma era un lugar formidable para juguetear. Sabiendo que no volveríamos a vernos hasta el domingo, si ella no llegaba muy tarde o muy cansada, sino el lunes, volvimos a hacer el amor con recargada pasión hedonista. El líquido acuoso que llenaba la bañera quedó repartido después de nuestro nuevo encuentro: la mitad dentro y la mitad fuera. Maldita la gracia que le iba a hacer a la pobre señora de la limpieza, hosti tú, encontrarse un cuarto inundado, literalmente inundado.

Saltando el enorme lago transparente del baño conseguimos secarnos y arreglarnos. Camisa blanca, Levi’s azules desgastados, botas Martin’s marrones (las mismas que llevo ahora mientras escribo… si estas botas hablasen…) y chaqueta entallada de ante, marrón también. Ya había confianza con mi macrocliente como para no llevar traje. No me apetecía. Así como tampoco recogí ni engominé mi cabello, que llegaba ya a los hombros.

Para escapar del hotel volvimos a utilizar nuestra puerta secreta. En el maremágnum humano nadie se percató de nuestra fuga.
Llamó David. A través del satélite me comentó que necesitaba mi ayuda por la tarde, después de comer. Un cliente que iba a hacer un contrato bastante majo. Pero le faltaba mi vital apoyo para apretarlo. Hoy por ti, mañana por mí. Siempre hacíamos igual. No podía negarme. ¡A la mierda mi gran siesta! Ingenuo de mí, pensar que si acababa pronto aún se me permitiría dormir.

Pasamos, antes de nada, por el hospital. La mujer de Alfonso ya había llegado. Sin avisar a nadie para que la ayudase, había dejado incluso todas sus cosas en la habitación de hotel de su marido; hasta había pillado el coche. Bueno, si necesitaba cualquier cosa ya tenía mi número. Me quedé mucho más tranquilo.

Mery recogió sus cosas, la llevé a la Estación, esperé a que llegase el bus y nos despedimos, tristes por la plena consciencia de saber cuánto nos sentiríamos en falta esos dos días. Son cosas lógicas cuando un amor está en su gestación. Me dolió verla agitando su mano a través del cristal semiempañado del autobús mientras dibujaba algo parecido a un corazón. Hasta pronto…

Mascando la amargura del distanciamiento fui a recoger a mi cliente, pero debido a su voluminoso tamaño, apenas entraba en el coche. Reímos de la cómica situación. Guiándome alabó la belleza del coche y criticó la música que en un volumen mínimo sonaba, ¿qué mierda escuchas, catalán?, mientras los Dalton hablaban de la soledad, sólo otra noche más. Seguimos riendo hasta llegar a la oficina del hermano.

Idénticos. Gemelos, mellizos por lo menos. Igual de gordos. La vestimenta y la voz eran las únicas diferencias apreciables a simple vista. Económicamente su hermano era aún mejor, por lo menos para mí, por la más alta potencialidad de sus negocios para ser incluidos en guías telefónicas. Las dos portadas (los anuncios de mayor precio) que quedaban libres de la guía se las quedó sin apenas rechistar después de que su hermano le convenciese, y eso que el precio de ambas eran el de un coche medio de la época.

Yo apenas hablé. Tuve que hacer un ligero descuento y regalarle bastantes inserciones publicitarias en el interior, más para el restaurante que acababa de abrir, que era donde comíamos. Llamé a Sonia y a los comerciales para decirles que ya no se podían vender esas portadas. A Sonia le solté el rollo de que las tenía reservadas, pero posteriormente teníamos que mirar, el lunes o martes, un par de cosillas para que fuesen definitivas. Así seguía teniendo juego durante la semana siguiente. La alegría de Sonia era tan palpable como la mía. Esa semana ya iba superando el ochocientos por ciento del objetivo. Y sin cantar todas las ventas.

La comida excelente, el vino de lo mejorcito, y la compañía muy humorística, como unos Faemino y Cansado de talla XXXL. Quedé con el clon en que el lunes recogería toda la información de los anuncios en unos CDs y nos largamos, que estaba liado. A mi cliente lo dejé en la puerta de su casa, casi tan borracho como yo, cosas que trae el vino, y dispuesto a echarse su obligada siesta. Sin siesta no soy nadie… Bueno, y sin vino tampoco, jejejé… y se despidió de mí, no sin antes hacerme prometer que le llamaría el lunes, que era posible que me consiguiera algún otro cliente entre amigos suyos o clientes. Y para comer juntos, que se reía mucho conmigo. No me encontré nunca antes con alguien así, de veras.

Llamé a David y fui a tomar mil cafés con él. El negocio con el que iba a cerrar el contrato era una enorme cervecería de reciente obertura, un Gambrinus a la galega. Después de presentarme como jefe y tener que disculparme por el atuendo tan sport, nos inventamos unos descuentos y unas promociones que no eran más que las reales (paripé se llama esa técnica) y cerramos la venta de unos cupones de descuento a insertar dentro de nuestra guía. También era un pico, en términos monetarios. Brindamos con sidra para celebrarlo. Y allí nos quedamos toda la tarde, bebiendo sidra y más sidra. Tenían un escanciador automático que nos hizo gracia, en mala hora, o quizás en buena, porque entre eso y la tragaperras (a David le apasionaban) se nos hizo de noche profunda con el resultado de una mona de órdago y + 20000 pesetas, 120 € favorables. Por una vez el hombre había vencido a la maquina. Es nuestro finde de suerte, reía David. En estas, yo ya había hablado con Myriam, sin poder para nada ni disimular ni minimizar la borrachera. Y por raro que suene, estaba tranquila. Puede ser que al notarme borracho recuperaba la confianza en mi sinceridad, o porque sus poderes telepático-intuitivos le avisaban de mar en calma durante el fin de semana. No sé. El hecho es que estuvo graciosa en la conversación, ingeniosa, cariñosa, y entendió que David y yo aprovechásemos viernes, sábado y domingo pagados en una ciudad como Santiago para divertirnos. Además no iba a agobiarme. No entendía absolutamente nada, me sentí perdido, en serio. O la sidra me había vuelto loco o yo que sé. Era todo irreal. Decidí asimilarlo sin más y a tomar por culo. Era eso o buscar un médico que me recetase litio.

Recuerdo recibir mensajes desde Lugo que, con el máximo criterio que la destilación de la manzana permitió, fui contestando. Ambos nos echábamos de menos a reventar y deseábamos volver a estar juntos. Escribía que me quería. Yo babeaba. Con el valor ignífugo del cuasimareo de El Gaitero, le respondía que posiblemente yo la quería más. Qué puta manía más desagradable la de casi todos los homos sapiens de siempre pretender ser el que más quiere. ¡Repugnante! Pero entonces yo pertenecía a ese grupo.

Fuimos en busca de pubs o discotecas que no hubiéramos pisado en los días anteriores, por ver cosas nuevas. Votamos la moción de censura de ir en mi coche, pues David andaba visiblemente más perjudicado que yo y con pérdida inconsecuente de reflejos conductores. Aparcando en la puerta de una discoteca y debido al coche que llevábamos, supongo que nos confundieron, nos apartaron las vallas de una Zona Vip y sin preguntarnos, nos dejaron entrar gratis, regalándonos una pulserita. Mostrándolas no debíamos pagar ni una consumición. Así claro que todas las tías nos miraban. Es absurdo, pero la sola posesión de un coche de nivel a veces da ciertos privilegios. No era la primera vez, ni sería la última, que nos pasaba algo similar. O que se ligaba sólo por el coche. O por dar una tarjeta de publicista a una chica, y no éramos más que meros vendedores de publicidad. Así es la vida. A nosotros ya nos venía bien. Es nuestro finde de suerte, repetía David.

Bailamos y bebimos, nos divertimos llevándonos con la música y por las frases banales que intercambiamos con algunas chavalas. Yo, con mis tonterías, pendiente del móvil. Llamada de mi gallega. Casi imposible entenderla con el ruidazo de la música, así que como pude, entre la marabunta de seres danzantes, salí a la calle. Aún no había encontrado el momento oportuno para hablar con Luís de la finiquitación de la relación. Me llamaba escondida desde el lavabo de una disco. Andaba casi tan bebida como yo. ¡Te quiero! Qué bonito escucharlo de su voz. ¡Joder, y yo más! ¡Qué llegue de una puta vez el domingo! Quiero estrecharte entre mis brazos, quiero acostarme contigo, quiero volver a poseerte… Vuelve ya, mi niña…. Con sendos ¡Chao! nos despedimos. Y volví hacia dentro, a proseguir en una espiral incesante de baile, alcohol, nicotina y conocer a gente… Hasta que, muy pedos y cansados, fuimos a buscar el coche de David y dirección al hotel.

Estaba convencido que el hotel no lo habían movido de sitio en nuestra ausencia, pero como si lo hubieran hecho. Nos costó un año sabático y bisiesto encontrarlo. Felices de al fin llegar a él, corrimos cada uno a nuestras respectivas camas. Al día siguiente, mejor dicho, al despertar, nos veríamos. Vive Dios que mi intención era dormir muy mucho.

Llamé a Myriam, pero no contestó. Estaría con sus amigas de festival y tendría el móvil dentro del bolso, guardado en cualquier guardarropa. No me preocupaba. Le mandé un mensaje a Mery, aguantando mis pesados párpados, pesados, muy pesados… Acerté a pulsar el Botón de OK y lo último que vi fue Mensaje Enviado. En unos pocos segundos ya libertaba Escocia de la ocupación inglesa cuando Dalí pintaba a Gala con la desnudez de un pecho, y una esposa que no había muerto al no habernos sometido al derecho de pernada me afilaba las espadas gritando ¡Libertad! Y tierra, nuestra tierra, que no de los cerdos ingleses. ¿Era Escocia, Gibraltar o mi Pirineo? Era un sueño…

1 Comentario Estupefaciente »

  1. XXXX

    Comentario por Sus — 4 Marzo 2008 @ 16:41

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