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1 Febrero 2008

Capítulo 18 – Últimos días en Santiago – 3ª parte (…soma e cinza do teu mar, Santiago lonxe do sol…)

Categoría: Capítulo 18, Memorias, Novela Blog — Nes Oliver @ 11:01


Empalmo ahora hablando de cretinos e imbéciles. Porque en aquellas noches fue cuando conocí al idiota de Narciso, que creyó ver a Eloisa en Mery. Y en mí a su más acérrimo enemigo. Es que el que tiene nombre de ególatra.

Me envidiaba por estar con Mery, por haber estudiado Filosofía (su gran ilusión frustrada) y por llevar pelo largo (cuando él padecía una temible y antiestética alopecia galopante, quedándose más calvo cada día). Un músico formidable, eso sí, oigan. Algo bueno debía tener el chaval. Pero una persona mediocre en sus demás valores. ¿Dije mediocre? Sobrevaloré. Un ser tristemente patético. Yo entonces tampoco sabía casi nada de él. Dirigía jam sessions, como músico de fama internacional que era y amigo de la casa. Supongo que su bulbo raquídeo estaba dirigiendo al tropel de neuronas única y exclusivamente hacia la parte nerviosa que controla las aptitudes pianísticas. He de reconocer que el tipejo me hacía vibrar tocando, era capaz de transmitirme sensaciones con su música. Más incluso que la mala leche que metía en mi sangre cuando ya nos conocíamos personalmente.

Aquella noche nos miraba embobado. Rectifico: miraba a Mery, la devoraba con carita de perro bonachón hambriento. Babeaba. Y hablamos. Al ser reconocido dentro de un ámbito, aunque tan reducido como el del Jazz, Narcisito se creyó lo suficientemente importante como para creer que nosotros éramos los que teníamos suerte de que quisiese sentarse a nuestro lado, que nos debíamos sentir por ello privilegiados. Privilegiado él, que sí quería conocernos. Nosotros ni queríamos conocerlo, ni teníamos ni puta idea de quién era, ni nada. Y vamos, porque vino el dueño, si no lo hubiéramos echado de nuestra mesa. Empezamos mal y él que creía que aquello era un buen plan. Sería ciertamente lógico que nos maldijese por tanto como lo ignoramos, abiertamente incluso…

Soy capaz de creer, con lo devoto de visitar brujas y videntes que era, que me tenga maldecido realmente desde aquel día. Muñecos vudú, velas negras… cosas de esas. Pero no sabe que Nosferatu, el No-muerto, el Hijo de Caín, el Vampiro del Vallés, no puede ser castigado por un vivo. Al morir la noche duermo en mi ataúd protector… Y nunca muero, aunque no me pueda reflejar en los espejos y al oler el dulzor de la sangre se me haga la boca agua y me crezcan los colmillos. Al ajo ya me acostumbré comiendo all-i-oli, coño, que soy un vampiro, pero catalán, ¿eh?

No sólo quedó dolido desde ese mismo instante, no. Se enamoró de la mujer de mis noches y mis días con tanta fuerza como yo, o incluso más. La gran diferencia era que él vivía en aquella ciudad magnética y húmeda. Y no tenía prisa por ir sembrando, abonando su camino y pisoteando con sus excrementos el mío.

Él recuerda perfectamente aquella noche. Yo la puedo contar por la cantidad de veces que para mi desgracia he oído hablar de ella, gracias a las miles de veces que después el señorito se la repitió a ella. Y Mery a mí. Le impactamos nosotros más al artista que a nosotros el idiotilla. Total, no ganó ningún nuevo admirador, pero se afilió al Mery’s Fan Club como un quinceañero con los de Operación Triunfo. Y en breve daría muestras de tener estudios de Mosca Cojonera. A partir de aquí Narcisito, fan incondicional, se quedaría tatuado en mi vida como un sortilegio de bruja de cuento.

Volverá a aparecer en el relato, lógicamente, mala suerte para el que sienta que esta marionetilla de tres al cuarto le cae mal. Coño, pobrete, ¡cómo sois! A estos secundarios también hay que cederles cierto espacio, su minutito de fama. ¡Jejejé!

Ahora le dejaremos solito un rato. Que a los genios artistas de su raza se les sube enseguida a la cabeza el que hablen de ellos. Más si se escribe de ellos. Porque no son capaces de analizar si se habla bien o mal, no; ellos no entienden de lo que no es artístico, no. ¡Son genios! Sólo se emocionan con su música y su persona, y si alguien habla de ellos, de lo que ellos son capaces de crear. Eternamente, Narciso, como persona me serás indigno de todo menos de lástima. Lástima pura y dura es lo que me das. Yo sé que siempre me odiarás. Y ello me halaga, claro. Decía Nietzsche que sólo es digno de odio un igual o un superior; al inferior no se le odia, se le desprecia. Tú me odias, yo te desprecio, tu sola presencia me enferma y me vacía. Es la escala alimenticia de la naturaleza. Ley natural.

Con ciertas diferencias hemos sido importantes en la vida del otro, ¿eh?, cabroncete… Espero que leas esto y te sientas totalmente identificado. Me imagino tu cara, tío. La misma que cuando te enteraste que se casaba conmigo. La misma que cuando te dieron carnavales sin volver, al vernos después de la boda, semanas después. O cuando nos veías deslumbrando de rutilante amor a los dos. O lo intranquilo que te ponías en las pocas conversaciones serias que hemos tenido. Las serias y las no serias, que han sido por suerte escasas… y no te vi nunca como un humorista. ¿Quieres que interprete para ti un buen monólogo? Lo más gracioso es que nos volveremos a ver, porque cuando vuelva a vivir en Galicia da por descontado que pasaré a tomar copas por el viejo jazz-club. Y sé que estarás allí. Tú también lo sabes, canalla. Ve pidiendo una copa para mí, que llego… Brugal Añejo con cola. Muy largo, por favor… Largo, coño…

Nadie ha dejado sus estupefacientes »

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