Novela Blog, Blog Novela, novelablog, blognovela

2 Febrero 2008

Capítulo 19 – Regreso a mi realidad – 1ª parte (…nada es siempre toda la verdad, nada significa nada…)

Categoría: Capítulo 19, Memorias, Novela Blog — Nes Oliver @ 22:13


Dejemos al pobre Narcisito ya, que tendrá cosas que hacer. Ya dispondremos de más oportunidades para volver a cebarnos con él. Yo sigo haciéndolo, incluso con un músico vasco que conocí a través de unos amigos, otro gran pianista que, casualidades de la vida, estudió en las américas con él y que lo que lo conoce a la perfección.

Vámonos hacia las últimas horas de estancia en Galicia. Pasamos de las noches de pasión y cachondeo a las noches de apatía y lagrimones. La cuenta atrás iba llegando a su fin y era como si todos los campanarios del mundo tocasen a muerto anunciándolo: la última noche. La última noche. Llorando abrazados. El abogado defensor alegó y se nos concedió un bis a bis de donde sobrevino el coito más dulce, incluso malévolamente el más extraño, gracioso y divertido de mi historia. ¿Qué pasó? David y la loca de la Srta. X. decidieron conjurar una especie de ritual de energías positivas para que volviéramos a vernos pronto. La gran mayoría de rituales pseudoesotéricos siempre tienen un componente de fuego y otro de agua. Y este no iba a ser menos. La manera de que las energías fuesen catapultadas del Nirvana celestial a nuestras auras era llenando el suelo del cuarto con unas velas perfumadas especiales (elemento fuego) que ellos mismos nos entregaron. Al encenderlas debíamos ir a la bañera a hacer unas conjuntas abluciones (elemento agua) para finalizar haciendo el amor en la cama. Primero purificación de agua y luego unión carnal con purificación mediante fuego. El perfume y la llama de las velas servirían para ahuyentar a los malos espíritus, y la “limpieza” acuosa para liberarnos de las malas energías que cargásemos…

Así, tal como nos lo dijeron, actuamos. Pero a ninguno de los cuatro, con las funciones de raciocinio pausadas debido a la escasez de horas a compartir, nos dio por pensar en los acontecimientos que seguirían al encender tantas velas en dos dormitorios contiguos. Pasó lo lógico, evidente y necesario a la vez. Los detectores antiincendios, advirtieron un exceso de humo y activaron una estrepitosa alarma. Ensordecedora. En segundos, los teléfonos de todas las habitaciones saltaron al unísono con el mensaje: Evacúen las habitaciones; conato de incendio. Los pasillos se plagaron de ruidos, de voces, de chillidos y de pisotadas. Llamó David, la risa del can del averno. Comprendimos que el follón y la evacuación eran culpa de nuestras velas. Todavía más cuando del techo manó, por cuestión de segundos, una fina lluvia empapante de millones de partículas de acuosa seda que extinguieron las velas. Muerto el perro se acabó la rabia. Apagadas las velas cesó de llover en nuestra cama, se apagaron todas las alarmas y las gentes volvieron a sus rooms. Programé la calefacción a tope para que se fuese secando nuestro habitáculo mojado.

Nos daba vergüenza salir como si nada después de lo sucedido y, por si acaso, nos fugamos los cuatro por la puerta secreta. Salimos al propio centro comercial. En un restaurante de pasta franquiciada nos hicieron una buena cena y un par de litros de exquisita sangría, que hizo durar un rato de más las risas de la cafrada incendiaria. Nos producía muy buen humor el cachondo hecho que había sucedido por nuestra purificación. Sí, sí, nosotros purificados, pero nuestros vecinos asustadísimos… Es que la historia esta tiene un toquecito surrealista que aún hoy me hace partirme.

Volvimos al hotel. Nuevamente encerrados, ya sin velas, acabamos el denostado y abortado encuentro sexual. Claro que después del orgasmo y las risas, otra vez lágrimas y suspiros. Y mucha pena. En ambos. La pena de separarnos lo borraba, lo empañaba, lo manchaba, lo embrutecía todo. Una pena malvada, angustiosa, sangrante, substanciosamente hiriente, la rabia del cambio de situación de los hechos que continuarían a partir de la primera despedida. Ya no nos veríamos cada día. Más aún, no sabíamos cuándo nos volveríamos a ver ni durante cuánto tiempo. Lo que era totalmente improvisado, debería, a partir de ahí, estar concienzudamente estudiado y preparado.

Pero lo peor era que, como un buitre carroñero al acecho del animal herido, sobre nosotros planeaba en círculos la incógnita suma de no saber a ciencia cierta si nos volveríamos a ver. De los dos dependía, en principio, el volver a vernos. Pero en mí recaían mayores responsabilidades sobre esa cuestión, ya que en mí se auguraban las dudas y las incertidumbres. Supongo que Mery no acababa de estar convencida cien por cien de mis capacidades de lealtad. Y estando como ya estaba, literalmente enamorada de mí, eso le suponía una cierta tensión que, aún sin quererlo, me contagiaba y acentuaba más aún mi propia situación mental tensa.
Es decir, no era una mera despedida. Era nuestra despedida, una agónica despedida de exponente angustioso elevado a la más alta potencia. Vacilaciones, soledad, angustia y añoranza, eso era lo que sentíamos que se nos venía encima. Con cierto resquemor por el tema Myriam. Pero lo más importante, titubeos, soledad, angustia y añoranza. Y la clarividencia de saber que lo íbamos a pasar mal por ello. Si los ánimos no eran de tirar cohetes durante la semana, menos aún las últimas horas de aquel pérfido jueves noche.

La cosa no mejoró al despertar. Más que al despertar al sonar el teléfono con la consabida retahíla de palabras encadenadas a falsas sonrisas: Buenos días, recepción; son las… Porque lo que se dice dormir, no dormimos, o lo hicimos muy poco. Quedé con Sonia hacia las tres de la tarde para darle los contratos que restaban, hojas de anuncios y reportes de actividad. David se los daría más tarde, ya que se quedaba una noche más, pagándose el hotel de su bolsillo, por lo que mi maleta y la mayor parte de mi ropa se quedaban en su habitación. Recordad que en mi coche no cabía la maleta y quien me la trajo era quien me la devolvía a casa, o sea, Uannai. Alfonso aún no podía dejar de depender de los cuidados sanitarios y se quedaba indefinidamente hospitalizado hasta mejoría.

Interrumpo esta narración para avisaros de una mala noticia: me he quedado sin tabaco. En realidad me quedan unos pocos cigarrillos en un paquete de marca Montecarlo, fabricados en República Dominicana, que además de llevar dos años o más abierto y tener manchas de humedad oxidada, no me gustan para nada. Pero no tengo ganas de salir. Tampoco hay ya bares abiertos por aquí cerca. De tripas corazón y a por los montecarlos, hale. ¡Uf, qué malos!

Salimos del hotel y devolví el mando a distancia del aparcamiento. La tarjeta de la puerta me la quedé, según Uannai iban de puta madre para hacer rayas, por si acaso las necesitaba en la próxima repetición. Un chao a la Lolita recepcionista (pudiste haber sido mía si no hubiese aparecido Mery) y hasta pronto. No me gusta el término adiós. Denota y connota un fin. Es un hasta nunca. Prefiero el hasta pronto o el hasta luego, que adquieren significancia de despedida momentánea, finita, de volvernos a ver. Porque aún me quedan muchos años de vida. Espero…

Nadie ha dejado sus estupefacientes »

Aún no hay comentarios.

Suscripción RSS a los comentarios de la entrada. | TrackBack URI

Deje un comentario

Me encantaría saber qué opinas, pero no te flipes con insultos, spam, contenidos promocionales o ilegales, o me veré obligado a borrar tu comentario, darte un par de collejas, placa, placa y eructar en tu oído canciones de Camilo Sesto... Además, está explícitamente prohibido hablar mal de cualquier madre (incluso de la mía), mentir exclamando que la tienes más grande que yo, y/o utilizar este espacio para hacer "trapis", discernir sobre los errores ontológicos de la Biblia o la sífilis de Nietzsche y/o anunciar tus servicios sexuales. Y por supuesto, escribir en lenguaje de SMS, ¡que esto es un blog, no un Nokia, hostias!

XHTML (Utiliza algo de html si te sale de las narices):
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <code> <em> <i> <strike> <strong> .