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3 Febrero 2008

Capítulo 19 – Regreso a mi realidad – 2ª parte (…palabras que no dicen nada en estas cuatro paredes…)

Categoría: Capítulo 19, Memorias, Novela Blog — Nes Oliver @ 13:59


Pasamos por el hospital a ver cómo evolucionaba el enfermo y cómo lo llevaba su mujer. Mery aún los vería alguna tarde de prácticas. Yo nunca más vi a Alfonso ni a su señora. Nunca más. ¿Murió? No, no lo hizo. Escrito así lo parecía, ¿verdad? Qué hijoputa soy a veces, jejejé… Pues no, no palmó el cabrón. Utilizando la excusa de la enfermedad se pasó unos meses de baja. Falsificó algunos justificantes conforme volvía a estar ingresado, pero un día Albert, nuestro jefe barcelonés, lo encontró en el Camp Nou dispuesto a ver un partido de fútbol, un Barça-Madrid. No estaba internado el muy tahúr. Albert, ofendido por la falsedad del que consideraba hasta ese momento un amigo, lo despidió ipso facto. Y nunca más supimos de él.

Decidimos caminar por el Casco Viejo de la ciudad, cogidos de la mano, afligidos y cansados, casi sin hablar. La pesadumbre amarraba y retorcía las cuerdas vocales, las presionaba, y los cerebros embotados tampoco sabían muy bien qué pensar, menos aún qué decir. Vagamos sin destino, luego de pasar por la Catedral. Nos parábamos para besarnos, para mirarnos, para secarnos alguna gota decidida y resbaladiza. Y cada paso, cada minuto consumido, cada beso, era un paso menos, un minuto menos, un beso menos en nuestra cuenta de resultados y explotación propia…

Myriam no molestó esa mañana. Se suponía que yo tenía que trabajar y que si perdía el tiempo en llamadas y tonterías me retrasaría en salir. Confiaba en que fuese a dormir con ella aquella misma noche. La congoja por verme y el egoísmo necesario para ello me libraron ansiolíticamente de su presencia en el móvil, para así poder despedirme decentemente de mi nórdica preciosa. No sabía qué le explicaría cuando me viese aparecer con los ojos hinchados de tanto llorar. Ni siquiera sabía si tendría valor, ganas o fuerzas físicas para ir a verla nada más llegar del agotador viaje. Eso no era lo importante, lo pensaría sobre la marcha. Lo importante de veras es que se agotaba el tiempo, e inversamente proporcional a ello, las lágrimas se tornaban llanto. Por momentos… Muy duro aquel viernes 28 de enero de 2000. Han llovido unos cuantos años y aún veo esa mirada húmeda y triste de color verde grisáceo. Más triste aún que todas las posteriores despedidas, más todavía que el mediodía de la postrera mirada con que nos obsequiamos, casi dos años y medio después. El día que la dejé marchar en Bilbao estuvo más jodida, me lo contó meses más tarde por teléfono, pero aguantó el tirón y no demostró su dolor con la expresividad de su reflexiva mirada.

Pero aquel desastroso día para mis aurículas y ventrículos, para mi roto sistema coronario, me mostró todo su dolor, todo su pesar y todo su amor.

- Nes, no quiero que digas nada más que sí o no cuando acabe lo que tengo que decirte.

>> Te aseguro que estoy brutalmente jodida. Estoy rompiéndome por dentro por instantes>>. Era cierto. Esto lo iba diciendo mientras se secaba los lagrimales y se sonaba. Respiró, contuvo un poco el aire en sus pulmones sobrecargados y soltó el aire. Nuevamente tomó aire y se dispuso a seguir con el discurso.

>> La cohesión que ha surgido entre nosotros no es tan normal. A mí por lo menos no me pasó con nadie antes de conocerte a ti.

>> No queda aquí la cosa, cariño. Lo del sueño… ¿Qué me dices tú del sueño? Hasta ahora no volvimos a mencionarlo.

Intenté ir a hablar, pero poniendo su índice sobre mis labios quiso indicarme que aguardase, tal como le había prometido. El vello de mi cuerpo se creció de puntillas. Hasta la chaqueta se tornó de piel de pollo. Si no habíamos hablado sobre el sueño y las sensaciones del más allá de su casa era por pavor hacia lo desconocido. Reconozco que un hecho de semejante actitud, explicable sólo en términos supersticiosos, no era mi tema de conversación preferido.

- No puedes dejar de reconocer que ese sueño debe tener un significado. Soñamos lo mismo el mismo día. Nos vimos aún sin conocernos, pero nos vimos en el sueño. El sueño estaba centrado irremisiblemente en nosotros. Yo te vi. ¿Y Pepe?, ¿y la foto de Dalí?, ¿y el cuadro que estoy pintando? Nes, en el sueño éramos el uno para el otro. ¿Por qué? Pues a lo mejor porque somos el uno para el otro. Quizá ya esté escrito, marcado, decidido, predestinado, qué sé yo. Las premisas me llevan a esa conclusión.

>> Claro que, mi niño, esa es mi idea. Tu euforia y alegría de la semana pasada ha ido decayendo supongo que por… - buscó palabras más acertadas -, mejor dicho, me gustaría que fuese por el fin de esta grata situación para nosotros. Y porque te cuesta tener que ir a enfrentarte con Myriam, lo sé, lo tengo claro. Me sabe fatal por ti… y hasta por ella.

>> Pero yo quiero saber si tienes serias intenciones de querer volver a verme. Yo quiero saber si los sentimientos hacia mí, los sentimientos de los que me has hablado, son reales. Yo quiero saber si significo tanto como tú en mi mente. Quiero saber si crees de verdad que el sueño tiene algún tipo de significado bueno y relacionado con un futuro tuyo y mío, nuestro. Quiero saber si vas a tener narices para dejar a Myriam o si vas a continuar encadenado a tu infelicidad. Quiero saber si vas a luchar por poder vernos de nuevo, por estar conmigo. Quiero saber

Calló y rompió a llorar nuevamente. La abracé y lloré con ella, cara a cara, mezclando lágrimas, babas, hasta mocos. Fui humano, esto es, no fui sincero del todo. La quería, lo tenía claro. La amaba, coño, para qué engañarnos… Lo del sueño significaba algo, sí, ¿pero qué? En lo demás no hubiese sido capaz de dar una respuesta fidedigna. La situación era superior a mí, ya no sabía nada. Myriam acudió clonando mi bloqueo mental. Pero el llanto, la apatía y el no querer causarle a Mery mayores preocupaciones, unido al miedo a perderla irremisiblemente, me impidieron ser totalmente justo y sincero. Me parecía tremendamente complicado, difícil, imposible, el simple hecho de decirle que necesitaba recapacitar. Así le prometí de todo aún antes de tenerlo sopesado y validado. Creando ilusiones para no herirla más no arreglaba nada, ahora lo sé. Si después yo me desdecía de las promesas ella sufriría de manera intensificada. Cobarde y ciego. Resumiendo: no fui capaz de verlo. Que Santa Lucía me conserve la vista durante mucho tiempo.

Se hacía tarde. No apareció el hambre en nuestros pequeños y encogidos estómagos. No comimos. Los ojos tan inflamados que dábamos miedo. La nariz pelada, colorada y congestionada. Los labios rosados y secos. Vaya, nuestra imagen era ciertamente un poco lastimosa. Mery quería acompañarme a ver a Sonia. Así agonizaba los últimos minutos conmigo. Muy bien, como quieras. Nos miraremos cara a cara cuando tenga que marchar y veremos nuestra muerte, veremos el peso de la rabia y la melancolía, su esencia, nadaremos en hiel, y nos tragaremos juntos ese cáliz de amargura. Soliloquios mentales.

A Sonia no le extrañó para nada que apareciese en el improvisado despacho de la sala del hotel con una chica. Ya adivinó hacía días que mis ausencias en las cenas y comidas con el resto del grupo eran debidas a una mujer. Meses después, en una reunión, me lo confesó, así como que le pareció guapísima. Yo también había supuesto que mi jefa sabía de mis andanzas amatorias pero, por el mismo motivo, a ninguno de los dos nos preocupaba. Justificándome con cifras y resultados de sobras a Sonia le importaban tres pollas a qué dedicaba yo mi tiempo libre. Y las cifras valían, sumando contratos, por ocho personas, los resultados de ocho comerciales buenos juntos. Hasta el final seguí teniendo suerte, buen olfato y calidad laboral. Hay que decir, y no por tirarme flores, pero si no le haríamos un feo a la verdad y a mi valía, que gracias a mis ventas remontaron sus escuálidas cifras y no corrió riesgos su cabeza. Sin mí hubiese tenido ciertos problemillas. Así es el mundo de las ventas y así se lo hemos contado.

Me despedí de Sonia. Con una terrible opresión alveolar, como si me estrujasen el pecho, llevé a mi trisquel, al amuleto del querer, a su casa, sin poder parar de hipar, de sollozar, de llorar. Pesaban los párpados de tanto plomo acumulado para no cauterizar las heridas del fin simbiótico. La peor despedida de mi vida, vive Dios que es cierto. La peor con diferencia. Y no podíamos separarnos…

Nadie ha dejado sus estupefacientes »

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