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5 Febrero 2008

Capítulo 20 – Myriam (…miro para adelante, miro para atrás y siempre me encuentro fuera de lugar…)

Categoría: Capítulo 20, Memorias, Novela Blog — Nes Oliver @ 21:07



Myriam. Mi pobre Myriam. Lo que llegué a hacerle pasar hasta aquel momento. Y lo que todavía le quedaba, que lo peor estaba por venir. Le restaba un año y pico de grandes amargores. Una vez finiquitada la pareja, incluso contamos algún que otro escarceo sexual en el que ella aún buscó algo más que yo. Mi pobre Myriam. Me matará cuando lea esto. Le parecerá que la dejo como una pelele, y qué lejos de eso estaba mi intención. Yo quería mostrar a una chica cruelmente enamorada de un patán, el cual, por unos errores que ella tuvo, ya no la quiere tanto, pasa de ella. La chica se reprocha y culpa, dándose cuenta de lo que el chico le significa. Ve que lo pierde, siendo él increíble y maravilloso (no porque el chico sea yo) y además, no sabiendo cómo actuar, se crea una obsesión enfermiza por el chico ese que ama. El chaval, que de vergüenza nada pero de intrepidez menos, es el gran culpable de las escenas compulsivas por no ser ni sincero ni consecuente. A ella no le era agradable ver como desaparecía el novio querido que tanto había dado por ella. No asimilaba bien que la abandonasen. Y menos tan vejatoriamente.

Es un ligero resumen. Desearía poder quitarle a Myriam ese aire de tarada mental con el que parece que he ido dando masa a su personaje, porque realmente, hay que decirlo, en muchos aspectos era una mujer ideal. Debería intentar humanizarla un poco, explicaros más de ella para que no veáis en su preciosidad la de un monstruo psicópata, sino a una hembra ferozmente aferrada al amor que se esfumaba…

Myriam era una chica bellísima. En la universidad se daban de hostias por ella. Pero eligió y decidió venir conmigo. Perfecta la elección, ¿no? Para mí sí. Me convertí en la envidia del grupo de anormales adictos a los primeros chats que surgieron como champiñones en de las universidades de Barcelona a mediados de los 90. Mi fama aumentó de repente. Quiero decir mi mala fama. Los perros culebreros que se enamoraban de ella le contaban sandeces de mí en intentos desesperados de conquista vana. En la facultad yo había tenido deslices con bastantes chicas, es lo que tiene estudiar una carrera de mayoría femenina. Y le explicaban rollos de mí con otras. ¡Qué imbéciles, utilizando mi pasado para intentar ligar con ella! No obstante entonces ella era la más independiente de los dos, claro, maravillosa como se sabía, ya que raro era el día que alguien no le tirase los trastos. Pero nos queríamos y confiábamos el uno en el otro por artículo de fe. Así sea…

Os hablo de una chica inteligente, muy mucho, pero con demasiados problemas familiares. Una familia coaccionada por un padre malévolo y egocéntrico que, por ejemplo, a Myriam ni le hablaba. Sr. Feroz llamaba yo al demente cabronazo, tuneando su apellido original. Luego de siglos de infierno, los padres se separaron y ella colgó los estudios de Derecho para trabajar para apoyar a la madre, que se había hecho cargo de los tres hijos habidos del destartalado matrimonio. Un factor que honra a Myriam, ya que además siempre ha sido la mejor en cada trabajo que había desempeñado. La fichaban de otras empresas de buena que era. Y siempre la acababan ascendiendo.

Hablando del trabajo. Sí, es cierto, tenéis razón: parece mentira que dos profesionales de éxito experimentasen la patética situación emocional que nosotros arrastrábamos en conjunto. Pero es que ser bueno en algo concreto no implica perfección para con todo.

La relación fue creciendo y ella fue planteando nuevos retos a nuestra comunidad de dos, como el ir a vivir juntos. Ella fue quien lo diseñó, no yo. Para mí era ciertamente pronto y por muchos motivos eso me creó cierto desbarajuste en el barómetro interno. Pero lo peor es que ella, la planteadora, la causante de las coacciones que yo superaba por estar a su lado y amarla, ella, continúo, fue quien más sintió la presión por sus propias aventuras de evolución madura. Lo que habéis oído. Ella era la que más carga porteaba con sus geniales ocurrencias. Y a partir de eso la historia de los cuernos que ya conocéis. Supongo que fue una válvula de escape, la membrana de la disolución para volver a sentirse tan libre como antes de crear las nuevas necesidades comprometedoras que pasaban por su intelecto. Libre.

Como se aferró a su recientemente destilada nueva libertad de alambique infiel y a que el culpable presionante era yo, no quiso solucionar nuestros primeros problemas como deshecho de pareja. Mi dolor cangrenante fue cicatrizando dolorosamente hasta que las heridas mal cerradas me dieron fuerzas para poder eliminarla de mis totales necesidades. ¡Cuánto me costó, ay, Señor! Ahí adquirió la chica de ojos lindos consciencia de la posibilidad de perderme. Estando acostumbrada a que yo caminase siempre detrás de ella, a que estuviese encima, a que viviese para y por ella, no se adaptó excesivamente bien a las nuevas épocas de tener que ir tras de mí. Se sumaba el hecho de que había ciertas cosas que ella no sabía hacer sin mí. Rendida, sin apenas batalla y desarmada, me cedió el mango de la sartén, el silbato de mandamás y las esposas sin llaves. Y en su interior el sentimiento de autoinculpación le obligó a admirar la realidad en su crudeza, a admitir que la había cagado y que eso le iba a costar luchar noche y día para que Nes no se evaporase de su firmamento.

A pesar de ello, quedaban aviones por aterrizar en una pista tan diminuta, más incongruencias incompartibles. Porque cuando las cosas ya están tan muertas como para nosotros estaban, el que uno de los dos se encabronase en hacer flotar la pareja a toda costa es igual a que de todos los granos de arena de las playas del Mediterráneo intente recrear yo himalayas. Utopía llamó Tomás Moro a lo que podría ser ideal pero es imposible.

No acaban aquí los motivos, aún hay más. Ella, que tenía un cuerpo perfecto, bonito, sexy, erótico, decidió pasar por quirófano para practicarse una lipoescultura debido a su demente (por mí odiada) obsesión por el físico. Ni por sentirse guapa para mí o para ella misma, no. Para los demás. De esta forma empecé a pillarle manía, a tenerle mucho asco. Un asco atroz, escatológico, irreverente, un asco sin parangón. Asco. Una cosa era aguantar estúpidos motivos sobre su inexplicable y neurótica necesidad de tostarse la piel de todas las maneras posibles. Otra la de dejarse agujerear, dejarse revolver las interioridades y tener que estar un mes sin apenas moverse, curándose asquerosas heridas supurantes y purulentas, llevando una faja durante ese mes para que la piel volviera a pegarse y no quedase descolgada de por vida. ¡Qué puto asco! ¡Qué repugnante! Y no es que yo sea un retrógrado en temas de estética, ni mucho menos. Pero joder, para quien pueda necesitarlo. No para una niña de veinticuatro añitos que por donde pasaba mojaba sus zapatitos o sus botitas de babas masculinas. Y lo más importante, lo más: yo adoraba su cuerpo. Amaba su cuerpo desnudo. Lo idolatraba en toda su perfección de formas. Y no quiso escucharme, no quiso mantener su cuerpo a mi gusto. ¿No era yo quién debía gozar de él y hacerla gozar a ella? Además me tocó curar sus asquerosas heridas. Añadimos al maremágnum de reproches en mis enfados la palabra liposucción. Y un odio fiero al cuerpo de heridas, pus y sangre que ella misma había creado con ayuda de carniceros profesionales. El principio del final. Y un gran golpe a la salud mental de los dos.

Ei, por hoy lo dejo. Son casi las siete, está haciéndose de día y me duelen los dedos de tanto escribir y rectificar. Mañana más. Mestizo de Revólver, Carlos Goñi en mis tímpanos… Umh, creo que me haré un buen pajote antes de sobar. ¡Joder, me he pringado!!! Hale, y ahora procedo a dormir. Tengo el presentimiento de que hoy soñaré con Alexandra. Soñaré con ella… Soñaré

Nadie ha dejado sus estupefacientes »

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