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11 Febrero 2008

Capítulo 23 – Mery y Bilbao – 2ª parte (…con sus tanques y sus bombas…)

Categoría: Capítulo 23, Memorias, Novela Blog — Nes Oliver @ 0:27


A las tantas, las siete por lo menos, borrachos como cubas los dos, nos arrastramos como pudimos hasta nuestro cuarto, en el segundo piso, ¿dónde coño estaba el ascensor? Quise morir cuando mi estómago y mi cabeza comenzaron a girar concéntricamente y a la inversa uno y otro. Cada vuelta era un poco como debe ser una muerte dramática y dolorosa, como una alienación de Dragon Khan acelerando hasta 140 por hora en milésimas de segundo. Vomité. Al principio ella me cuidaba, me mojaba la cara y el pelo, pero le dije que estuviera tranquila, que se tumbase en la cama a esperar, que enseguida me recuperaría. Rápidamente se durmió. Yo también, con la cabeza metida en la taza del váter. Cuando de recepción nos llamaron a las doce para que abandonásemos el dormitorio, me desperté cansado, destrozado, con tortícolis y dolor de espalda asesino, sonó crash al intentar levantarme. La cabeza con una batería en su interior y Phil Collins golpeándola sin miramientos. No sería su día de estar en el paraíso. ¡Qué dolor! Para postres a huir de allá, vagando por los pueblos de los alrededores a encontrar dónde dormir. Sin aspirinas. Gelocatil y hasta siempre, pobre estómago mío. Te tuve mucho aprecio, te quise mientras te tuve. Ardores y retorcijones…

En Algorta, en Getxo, nos dijeron que podríamos encontrar donde dormitar. ¡Aúpa! Cae por su peso el que fuéramos en aquella dirección después de un desayuno estupendo para las desavenencias gástricas. A pesar de ser todavía invierno se notaba que no faltaba mucho para que entrase la primavera. Con Platero y tú a volumen total, rock de la tierra, pá lo bueno y pá lo malo, esto es R’n'R y no somos americanos, viajamos con el cielo como techo. Le ilusionó montar de nuevo en Pimientito en top-less. Pero nos aguardaba nuestra propia emboscada criminal en aquella bahía.

En el puesto de Información Turística nos dieron direcciones de casas con alguna habitación con baño a alquilar por días. Pero nadie tenía ni un puto plano de la ciudad. Lo que nos costó encontrar una de esas casonas, madre del amor hermoso. Yo hubiera matado por dormir un rato, y venga a dar vueltas con el coche, venga a dar vueltas, venga a dar putas vueltas. Dios debió escuchar mis quejidos y se apiadó llevándonos a la puerta de un hostal. Se nos hizo la luz.

La señora dueña, una joven viuda, era incluso demasiado amable. Otra a la que le hizo gracia nuestra dispar procedencia y que se alegró de asistir a un reencuentro tan especial. ¡Nos obligó a comer con ella! Y por fin pude soñar con dormir. Pudimos, que mi compañera lo necesitaba tanto como yo.

Debido al cansancio, ninguno de los dos había sido ni muy animado ni muy templado en el afecto. Saltamos a la cama dispuestos a asesinar si era necesario con tal de dormir unas horas. Al despertar el cielo había despejado nubarrones y volvimos a darnos el amor que nuestros cuerpos reservaban. No nos importunó el saber que una pobre viuda escuchaba los doscientos treinta y seis muelles de la cama rebotando al contratiempo de cada embestida y unos gemidos parecidos a los del Zombie de The Cranberries (joder, qué cachondo me ponía la Dolores O´Riordan cuando apalizaba la guitarra en el video-clip mientras gemía, ufff, después de escribir el capítulo le voy a dedicar una buena gayufla… ¿o mejor me la casco pensando en la Murfila cantando Loko?). No hicimos caso al casto Zaratustra, quien advirtió a los hombres que era necesaria la inocencia de los sentidos. Nuestros sentidos eran sucios, salvajes, pervertidos. Nos tocamos, nos lamimos enteros, nos mordimos, nos arañamos. El frescor que rezumaban nuestras pieles al despertar se había tornado calor sofocante y pegajoso. Los líquidos sexuales nos mojaban. Jadeantes recorrimos el camino desde la serenidad hasta la irracionalidad del zenit, explosión aceleradora de latidos. Mi orgasmo no me avisó y se encontró con unas contracciones vaginales que lo forzaron a una derrota en la que ambos ganábamos en placer y perdíamos en agotamiento. Derrengados pero vivos. Que en algún instante creí perder la vida en aquel tremendo coito.

Una duchita y a la calle, para llevarnos una grata y divertida sorpresa. En Algorta se celebran los carnavales la semana posterior al resto del mundo. Para que digan que los vascos no son chulos, ¡ay la hostia! Tendríamos una gran noche de fiesta.

De golpe y porrazo nos vimos inmersos en medio de una marea de gentes, una manifestación a favor de traer a los presos políticos vascos a Euskadi. El miedo casi nos inmovilizó cuando la Ertzaina cargó disparando pelotas de goma a diestro y siniestro. Nos apartamos en un suspiro. Y de golpe, nada, todo acabado, todo desaparecido. Visto y no visto, como por arte de birlibirloque. No nos enteramos de cómo empezó, menos de cuándo acabó. Pero no nos dejó demasiado buen cuerpo.

Como no queríamos perdernos con el coche, y dado que la estación de metro estaba cerca del Hostal, decidimos coger el transporte público. Metro, sí, pero que iba por la superficie en muchos tramos. ¡Coño, que un metro tiene que ir bajo tierra! Underground, joder, underground…

Aparecimos en el centro de aquella gran población. Y fue en el primer local donde alguien nos escuchó y distinguió los indiscutibles acentos. Como ya había aprendido el impacto que causaba a los euskeras nuestras nacionalidades, al preguntarnos, adorné, con mis atributos para la narrativa fantástica, la romántica historia de amor. Me saqué de la manga que nos habíamos conocido durante la Semana Grande de Bilbao dos años antes y que, después de ese tiempo de noviazgo a distancia, habíamos decidido casarnos. Yo había planteado el fin de semana en Bilbao para pedirle matrimonio en la misma ciudad donde nos habíamos conocido. Petición que ella había aceptado, por supuesto. Mentira redonda. ¿Resultado del cuento? Les pareció tan bonito (¿por qué la gente adjetiva como bonitas este tipo de cosas?), que acabamos haciendo nuevos amigos. Nos llevaron a casa de alguien a disfrazarnos. Nes transformado en Rana de Chernóbil y Mery en Princesa Leia punkarra. Al rato, una de las chicas coqueteaba conmigo y uno de ellos con mi Sheena diciéndole al oído que parecía una punk-rocker, y reíamos de ello. Otra noche de noctambulismo, paseando por el camino del exceso del espíritu del vino. Llamando a la tierra. He visto una luz. Se apaga Scorpio. ¿Me copia alguien…?

Claro que no todo podía ser perfecto, estamos hablando de aquella etapa tan imperfecta de mi vida y, en aquellos entonces, la perfección duraba poco si tenía la polla dentro de los Unno. Luego de haber estado una temporada en paz de malestares myrianescos, esa noche, cuando menos debiera haber sido, reapareció con más ímpetu si cabe. En Euskal Herria se rompió la tregua y el terrorismo de mi ex iba a atentar arrasando mis neuronas ciudadanas. Precisamente ese día tenía que entrarle un tremendo ataque de ansiedad agónico y pugnaba por verme…

Nadie ha dejado sus estupefacientes »

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