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18 Febrero 2008

Capítulo 26 – Sonia – 4ª parte (…déjame que te cierre esta noche los ojos…)

Categoría: Capítulo 26, Memorias, Novela Blog — Nes Oliver @ 0:51


Como Mery estaría hasta septiembre de veraneo, comencé el mes acompañado de mi jovencita. Y lo de siempre con ella. Risas, noches de alcohol, polvo blanco adulterado con analgésico, laxante y anestesia odontológica, tour de locales y el mejor sexo. Se decidió, a instancias mías, a rasurarse el pubis para poderme ofrecer su joya más íntima en su máximo esplendor. Pensad que por el 2.000 no era algo tan habitual. Ahora todo son chochos depilados, afeitados, y se añora un poco de pelo, pero antes queríamos conchas imberbes para degustar, zamparlas, beberlas, sorberlas. Queríamos ostras y no erizos de mar. Volvamos al tremendo coño de Sonia, ¡coño!, que es donde tendríamos ahora que estar, en aquel oasis salado, todos dentro, disfrutando de la experiencia. No gano para erecciones estos últimos días, Satán, que tengo la goma de todos los calzoncillos dadas ya de sí.

¡Qué imagen libidinosa, qué maravilla vaginal! Me apasionaba mirarlo, afeitadito, delicioso, esperando que lo trepanase. Cada vez que iba a mear la seguía yo detrás para excitarme viéndola verter al exterior sus orines, a admirar esos pecaminosos pétalos rosados abiertos por la postura miccionadora, aquel clítoris que asomaba y me invitaba a desayunar su deseo. Hambre de su coño me entraba siempre en momentos así. En una ocasión, esto viene a mi mente sedienta de lujuria, en un hotel cerca de su casa (y de la mía) y después de una gran juerga, jugamos en la bañera. Quiso mearse sobre mi polla, que me da mucho morbo, Nes, y mientras se me meaba encima se masturbaba. Se corrió, así, de esa guisa, ella solita. Después de ducharnos debimos pegar uno de los polvos más salvajes que ninguno de los clientes haya pegado en ninguna de aquellas habitaciones con vistas a polígono industrial, sus uñas clavadas en mi espalda, mi dedo tentando su esfínter para introducirse dentro y hacer que estallase, corriéndose como sólo ella podía correrse, con su dulce voz perforando de apasionamiento mi tímpano y todo mi cerebro, pulsando un resorte que sólo ella sabía dónde estaba para decidir el momento en que yo debía correrme, su gemido rompiendo el silencio de forma voluptuosa. Polvo violento. Al día siguiente los morados y cardenales adornaban nuestras blancas pieles. Y la chica de recepción, Kety, amiga mía, se reía mientras nos despedíamos y devolvíamos la llave…

Pasaban los días, y quizá porque Myriam había desaparecido, también soplé los miedos para con mi pequeña y me dejé llevar muy mucho. Tanto que decidí llamar a Mery para decirle que no iría con ella. Me temblaban las piernas simplemente de pensar lo que iba a anunciarle.

- Mery, soy yo. Quiero que me escuches atentamente. He conocido a alguien. Alguien que me recuerda mucho a ti, que se parece a ti. Voy a sacrificarlo todo por estar con ella. Ella está aquí, no hay mil y pico kilómetros entre nosotros. Lo siento, preciosa. Espero que llegues a perdonarme y que consigas ser feliz…

Desconecté el malévolo aparato con premura. No dijo nada. Sólo pude advertir el inicio de un enorme llanto que podía haberme hundido en los fangos de la miseria de no haber colgado. Pagaría un alto precio por esas palabras en el futuro. Pero ya estaba hecho. Ya no había vuelta atrás. Ya había renunciado a Mery. Eliminada. Equis. Tachón. Raya, y no de las de la nariz. Si comenzaba a echarla de menos tendría que joderme y aguantarme. Póker de Sonia. Pierde el trío. Todo al dieciocho rojo. Todo a Sonia. Jackpot. Recojo el premio y sonrío. Foto de rigor, banda en el costado, entrega de cheque híper-mega-enorme y baño con cava a la multitud.

En sí eran muy ciertas las palabras dañinas que emití. Sonia siempre me recordó mucho a Mery. Aunque con los condicionantes negativos diferenciados. Los de la catalana me eran menos pesados. Por lo menos podía tenerla cada día, contar con ella en el preciso momento en que pudiese necesitarla, buscarla en un plis y penetrarla cuando tuviese ganas. Ya que la existencia es fugaz, apostaba por la que estaba inmediatamente más cercana. Una clon más joven y más cercana no era mala cosa.

Las pesadumbres se fueron evaporando con los calores que exhalaba sobre mi carne aquel bello y lozano enjambre de curvas. Me abstraje a un nuevo mundo que se abría a mí, un mundo de carne turgente y concupisciente, un mundo de erotismo conciliador a base de piel suave, un mundo de líquidos derramados en cualquier nube que rociaba gota a gota de arco iris mi mundo tras la evaporacion, un mundo de ahogos por esfuerzos y faltas de oxígenos post-coitales, un mundo de contorsionismo en un dos plazas, un mundo con dos tetas y un culo y un coño inigualables. Un mundo feliz, ciertamente…

Pero si bien la estancia en León supuso un paso hacia delante en mi relación con la droga, la relación con Sonia fue mi fustigamiento y mi salto definitivo sin paracaídas a ese mundo de tan sumamente fácil entrada como es el mundo del vicio. De todos los vicios. Y no porque ella estuviera enganchada, no, ni mucho menos. A ella le gustaba de tanto en tanto, como a mí de primeras, pero era yo el que siempre llevaba encima algún pollo de drogaína para intentar complacerla. Tengo claro que esa era mi excusa mental. Difícilmente llevando caramelos en el bolsillo no los comeríamos. Y a partir de la primera rayita ya no había quien nos parase, claro que no. Aunque no tuviéramos planeado salir de copas, acabábamos todas las noches cerrando baretos. Y follando en los sitios más insospechados. Por mucho que lo intento, no consigo recordar un único día de estar con ella y no hacer el amor. No creo que hubiese existido la mínima posibilidad de que a uno de los dos no le hubiese apetecido follar.

En cualquier lugar significa en cualquier lugar. En la playa, comenzando a oscurecer, aún con gente paseando, no era muy difícil encontrarnos. O en el coche, en la puerta del cementerio (¿puede existir lugar más tranquilo?), donde una noche incluso me detuvieron (sólo a mí, eso sí) por escándalo público, y es que el maldito urbano que me encerró era el padre de su anterior novio despechado. Actualmente me río a mandíbula batiente de tal aventurilla, entonces ni puta gracia. No es muy divertido permanecer 72 horas encerrado porque a un puto madero se le antoje. Más por los celos de un hijo gilipollas. Abuso de poderes.

Gracioso fue cuando analizamos los horarios de paseos del vigilante del camping para evitar que nos atrapase a media faena en una de las piscinas. Con los rayos del sol llegaron las carcajadas al ver que nadie se bañaba en dicha piscina porque flotaba un enorme grumo de esperma señalando que alguien osó descargarse de placeres físicos dentro de aquella enorme taza de agua clorada y, seguro, llena de meos. Tanto nos había excitado el peligro de ser atrapados en la piscina que al llegar a la tienda de campaña volvimos a hacerlo. La coca insensibilizó mucosas y pude sodomizarla a mi agrado, desvirgarla analmente sin causarle dolores, mientras se retorcía en oleadas de continuos orgasmos, con una verga templaria dentro de su culo y unos ojos que se me salían al ver la belleza supraterrenal del espectáculo. ¡Dios, qué culito tenía, Dios, que me pongo todo palote! Me tengo que pajear ahora mismo, no puedo evitarlo, aquella estrechez… ¡Me cago en la puta! Dadme quince minutos que me la casco y regreso, ¿eh?

Mis amigos, hasta mis hermanos, estaban locos por Sonia. Mi hermano Willy incluso quiso raptarla una noche, coche incluido. Se nos envidiaba. La primera vez que me destrozaron a navajazos la capota de vinilo del MX-5 fue por la doble envidia coche-chica. Algún energúmeno nos vería aparcar mientras ella, ligeramente alcoholizada, brincaba en el interior circulando descapotados por la entrada del parking de una disco, cantando al límite de su voz y riendo. En menos de diez minutos volví al coche a buscar la bolsa de farla, refugiada en la guantera, y me encontré el destrozo. Hasta amenazas había recibido de algún retrasado.

Acabó el summer time para mí, sin Janis en un campo de algodón esclavista, y vuelta a las torturas del Ku-Klux-Klan laboral. Al día siguiente del retorno me notificaron mi envío por dos semanas a Tenerife, preparando todo a la carrera. Temperatura ideal, gastos pagados, coche de alquiler, nuevamente a triunfar. Pero Sonia no podía venir esta vez conmigo, tenía que dejarla en casa. Uiuiui, celillos irracionales que me atrapan, me atan y me castigan, que me quieren aniquilar. No quiero, no quiero… Pero no lo podía evitar.

Y un martes 29 de agosto de ese año primero de milenio, aterrizaba en el aeropuerto de Tenerife Norte, con tres cubatas y cuatro rayas ya en el cuerpo (para aliviar el pánico incontenible que tengo a volar). Recogí el Citroën de alquiler y perdí más de dos malditas horas buscando la dirección de la oficina, situada en una urbanización perdida de un pueblo perdido de una colina volcánica perdida (tampoco teníamos gepeeses en aquella época). Acabé de preparar mi faena con el Jefe de la oficina y conocí a los compañeros insulares mientras comía con ellos. Carlos y Núria los que merecieron la pena.

Marché en busca de mi hotel y, posteriormente, de visitas, a cuarenta kilómetros de allá. Aquella noche salí, claro, estaba acostumbrado a salir todas las noches. En el fondo, cualquier adicción es debida a la costumbre. Hacer uso del alcohol y la coca en ciertas ocasiones o con ciertas personas nos crea una costumbre en ocasiones similares o con esas personas. Y las costumbres siempre, cada vez, van a más. Lo peor es el principio. Y lo peor es que el principio no termina. Más cuando Marte y Plutón rigen los infiernos de los Escorpio. Desgraciado de mí, cómo pretendía amar si mi vida era un duelo blanco a vida o muerte… De eso me percataría en Tenerife.

La primera noche ya conocí unos garitos que me encantaron y pasé del ron Havana 7 al ron Brugal Añejo, que ciertamente me gustó mucho más. A la media hora ya había conocido a mi camello tinerfeño. Me aguardaban noches enteras sin dormir en una isla que resiste 365 días al año de vacaciones. Tuve que trabajar un poquito más de lo ya habitual, pero tenía el hotel muy cerca de casi todos los clientes, esta vez clientes de cartera que los comerciales no habían sido capaz de renovar. Mis siestas se tornaron épicas. Dos horas de visitas a última hora de la mañana y dos horitas más por la tarde como mucho, y otra vez a la rueda del alcohol para mi hígado y otra vez a la rueda de los polvos mágicos para mi nariz y otra vez a la rueda de no dormir apenas. Cómo giraban las ruedas y las madrugadas alcoholizadas, y yo como un hámster en su columpio. A excepción de la coca, que costaba igual que en la Península, el resto era vergonzosamente más barato. Creo que en alguna convención de narcos, camellos y trapicheadores regularon los precios para no entrar en injustas competencias desleales. Sea como fuere, nuevamente la vida que merezco, nuevamente a cuerpo de rey.

Una noche en que fui a emborracharme, ya no a tomar copas, sino a emborracharme directamente, el camello, italiano él, fue incapaz de conseguirme el polvo resucitador y me costó imaginarme divertimento sin aditivos. Comencé a darme cuenta del problema que podría atenazarme con los vicios adquiridos. Pronto. Una hora de vueltas y desvergüenza en las preguntas y conseguí que un gitano, a cambio de un tirito se encargase de la transacción y me trajo una bolsa de magia de muy mala calidad. Nes, ¿ya eres yonki?

Sonia y yo tuvimos alguna que otra discusión derivada de su creciente deseo de quedar con nuevos amigos y amigas. Los fantasmas de la posibilidad de perder a la nena por la intromisión de otro volvieron a acecharme como noches de pesadillas infantiles. Ya se la habían jugado antes otras favoritas al sultán. Ella confiaba en todo el mundo, daba el teléfono a todo el mundo, quería quedar con todo el mundo que le cayese mínimamente simpático. No me parecía bien. Yo ya sabía qué quería casi todo el mundo: follársela, en mayúsculas, FOLLÁRSELA. Y nunca me equivoqué, os lo aseguro, cuando le decía que tal o cual buscaba acostarse con ella. Hoy en día hubiese actuado seguro de mí mismo, los celos son una cuenta pendiente que tenemos todos con nosotros mismos y con nuestra propia auto-valoración. Entonces no. Aparecieron los horrores de suponerla fornicando con otros y la desconfianza soez. ¿Por qué no me hace caso una y otra vez, si sabe que yo tengo razón? ¿Me será fiel? Me fallaban los plomos y los fusibles magnetotérmicos de los celos y me encendía de rabia sin compasión. No se sentía comprendida por mí, ni respetada. Ella no hacía más que esforzarse por entender todas mis manías y por tragarse mi maldito trabajo, por culpa del cual me tenía tan lejos. ¿Qué debía hacer ella, quedarse en casa encerrada esperando a que volviese? Y cuando comenzase las clases en la universidad, ¿qué haría? ¿La obligaría a ir con burka? Tenía toda la razón, pero me era intragable. Los miedos de la propia inseguridad son los peores miedos, son los más irracionales…

2 Comentarios Estupefacientes »

  1. Te estoy leyendo.

    Comentario por rooms (muros en la frente) — 5 Marzo 2008 @ 3:06

  2. Me alegro, francamente, Rooms… Un nuevo lector siempre bienvenidos a esta oscura habitación de letras, historias, metáforas y canciones.
    Ya me había pasado yo en alguna ocasión por tu blog (creo que a través de 20 Minutos), y tengo que felicitarte por el estilo.

    Espero que disfrutes de la lectura…

    Comentario por Nes — 5 Marzo 2008 @ 12:03

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